Que una serie de televisión se convierta en un fenómeno de talla mundial, en el que se junta el talento de sus creativos y la conexión con millones de personas, no es algo fácil ni común, desde luego. Tanto The X-Files (Chris Carter, desde 1993) como Lost (J. J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber, 2004-2010) y Juego de tronos (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019) consiguieron ese estatus, ayudadas por el auge de Internet. Y otro tanto le ha ocurrido, aunque sin el mismo nivel estratosférico de repercusión, a La casa de papel (Álex Pina, 2017-2021).

Esta estupenda ficción española, un vivísimo e intrigante thriller de atracos cuyos responsables entendieron por fin que no se podían narrar historias televisivas con la sencillez de costumbre después de que la perspectiva cinematográfica se introdujese en su ámbito al otro lado del océano, saltó del canal estatal Antena 3 a la plataforma de Netflix, y eso fue el bum, hasta el punto de que, por ejemplo, el célebre escritor estadounidense Stephen King, a quien le debemos maravillas como El resplandor (1977), It (1986) o Misery (1987), se declara uno de sus seguidores.

El gran espectáculo audiovisual de ‘La casa de papel’ no pierde fuelle

Netflix

Pero todo llega a su fin, y La casa de papel, que ratos tan buenos nos ha hecho pasar y tantas emociones nos ha brindado en sus cinco temporadas, acaba hoy con el segundo volumen de la quinta. Sin perder el tiempo desde el minuto uno, quede claro. Su intensa secuencia de arranque nos sorprende primero con unas imágenes imprevistas pero indiscutiblemente hermosas y nos mete de lleno en la trágica tesitura con la que acaba el capítulo anterior, reenganchándonos a su suspense de inmediato, con una eficacia que supone una de sus mayores virtudes.

Otra de ellas es su elaborada planificación visual y su complicado montaje, cuyo envidiable ritmo se lo debe Álex Pina (White Lines) en estos tiempos a Luis Miguel González Bedmar (Sky rojo), Raúl Mora (Vis a vis) y Patricia Rubio (ídem), con y sin la voz en off de Tokio (Úrsula Corberó) y apoyada de lujo por la potente banda sonora de Iván Martínez Lacámara y Manel Santisteban (El embarcadero), que no escatima en coros. Y, al pensar que estas son las últimas veces que veremos los títulos con la canción “My Life Is Going On”, de Cecilia Krull, sentimos tristeza y expectación a la vez.

Por si no resultaba ya lo suficientemente obvio, la Alicia Sierra de Najwa Nimri (El método) vuelve a demostrar que es uno de los mejores y más desafiantes personajes que nos hemos encontrado en La casa de papel, y le da la réplica de maravilla al Profesor de Álvaro Morte (Cuéntame cómo pasó) y su ingenio y con una lengua viperina por la que no querríamos que se callara nunca. Y eso teniendo en cuenta que los diálogos de Álex Pina, los habituales Javier Gómez Santander y Esther Martínez Lobato y otros siempre chispean a base de bien.

Un emocionante final que juega al más difícil todavía

Netflix

De los giros imprevisibles también podemos seguir hablando como uno de los méritos manifiestos en los últimos compases de esta serie de Netflix, lo que, junto con todo el aparato audiovisual, asegura la absoluta atención de los espectadores episodio a episodio hasta el cierre definitivo de la trama. Y, si las temporadas previas eran trepidantes, la quinta no da casi ningún respiro; solo, como mucho, durante los flashbacks que aportan contexto a la preparación del plan de los protagonistas, que continúa desgranándose, y en algunas escenas aisladas.

Sin embargo, en cierto momento descubrimos que lo que parecían añadiduras para no desperdiciar al gran Berlín de Pedro Alonso (El desconocido) cuadran a la perfección con la premisa de no incluir ningún elemento superfluo en los guiones, lo que le suma una nueva dimensión a La casa de papel. Por otro lado, la capacidad de esta para que cuanto aparece en pantalla se exponga del modo más vehemente posible, pero sin excesos, y que el público sienta una visceralidad y una tensión de gran firmeza y, así, la pura hipnosis de la narrativa talentosa no la echamos de menos tampoco en los cinco capítulos finales.

Jugar al más difícil todavía para que los personajes salgan de los apuros en los que los guionistas le han metido, a la forma de Dexter (James Manos Jr., 2006-2013) y su secuela, Dexter: New Blood (Clyde Phillips, 2021), es una decisión francamente temeraria, y peligrosa si al volante estuviese otro sin la lucidez de Álex Pina. Y esto es verbalizado incluso por quien menos lo esperaríamos, como la esencia de alguno de estos interesantes y apasionados seres de ficción, a los que les proporcionan para nosotros una salida verosímil y emocionante que nos deja de lo más satisfechos. Bella ciao.