Lo de que se menosprecie el género de terror en la literatura es un injusticia endémica, un mal cargante que persiste desde que se valora la cultura popular en la opinión de un buen número de lectores a los que, por algún motivo incomprensible, les parece que escribir sobre nuestros miedos resulta indigno, una actividad que solo realizan juntaletras de baja estofa. Y en la cúspide de este menosprecio absurdo está el novelista estadounidense Stephen King, cuya trayectoria como superventas añade al mismo una buena cucharada esnob. Una insensatez teniendo en cuenta que, sin embargo, Edgar Allan Poe, Gustavo Adolfo Bécquer o H. P. Lovecraft sí merecen un amor unánime entre el academicismo ortodoxo y los que lucen una bibliofagia de postín.

En el preámbulo a “El perro de la Polaroid”, una de las cuatro novelitas incluidas en el libro recopilatorio Las cuatro después de medianoche (1990), el escritor de Maine plantea el asunto de la siguiente manera: “De vez en cuando, alguien me pregunta: «Steve, ¿cuándo vas a cansarte de esas historias de horror y a escribir algo serio?»”. Porque, desde la aguda perspectiva de las personas decentes a las que nos referíamos antes, “esas historias de horror” no se pueden considerar “algo serio”. Y, al margen de que Stephen King se haya salido del género en varias ocasiones, como con Rita Hayworth y la redención de Shawshank (1982), asegura que “solía creer que el insulto implícito de esta pregunta era accidental” pero, con el transcurso del tiempo, ha llegado a convencerse de que no es así.

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Scribner

“Al mirar la cara de la gente que me hace esa pregunta, veo que la mayoría de ellos parecen bombarderos esperando que la última andanada de bombas no dé en el blanco o caiga sobre la fábrica que desean”, explica el autor, “o que las municiones aterricen sin estallar”. Es decir, resulta obvio para él que desdeñan o infravaloran el género de terror, y sus aportaciones al mismo, y piensan con una sinceridad descabellada que hay que publicar dramones realistas y decimonónicos para que le abran a uno las puertas de la posteridad en la literatura... pero no quisieran ofenderle de ningún modo al sugerírselo. Muy considerado por su parte, dónde va a parar.

“El hecho es que casi todo lo que he escrito —y eso incluye muchas cosas humorísticas— lo escribí con seriedad”, continúa Stephen King. “Recuerdo muy pocas ocasiones en las que me haya sentado ante la máquina de escribir [o, ahora, el ordenador] riéndome incontroladamente de alguna historia absurda que acabo de esbozar”. Pero, “si la definición de algo serio es algo real” para uno, lo que puede ocurrir en el mundo tangible, el novelista avisa de que “no se encuentra usted en el lugar apropiado y debería salir del edificio”. Por la triste incapacidad para asumir que la literatura fantástica, la de horror gótico incluida, puede ser tan merecedora de crédito como la de cualquier otra clase bien considerada.

“Pero, por favor, mientras sale, recuerde que no soy el único que tiene intereses en este lugar específico”, propone Stephen King. Y pasa a nombrar a otros literatos respetables del género: “Franz Kafka tuvo un despacho aquí, y también George Orwell, y Shirley Jackson, y Jorge Luis Borges, y Jonathan Swift, y Lewis Carroll”. Y además menciona a Ray Bradbury, Thomas Pynchon, Kurt Vonnegut o Joyce Carol Oates, que están o estuvieron presentes en “el tablero del vestíbulo”. Y, a continuación, nos confiesa alegremente la sencillez de sus motivaciones íntimas: “Hago lo que hago por razones muy serias: amor, dinero y obsesión”.

Pero luego aborda con más detalle el meollo de su oficio narrativo, por lo que lo ama y le obsesiona: “El relato de lo irracional es el medio más sano del que dispongo para reflejar el mundo en el que vivo”, explica. “Estos cuentos me han servido como instrumentos de metáfora y moralidad; siguen ofreciendo la mejor ventana que conozco para asomarnos a ella y contemplar cómo percibimos las cosas y cómo nos comportamos en base a nuestras percepciones”. Porque no resulta imprescindible en absoluto un realismo estricto para asomarse a los vericuetos más o menos recónditos de la conducta humana.

“He explorado estas cuestiones lo mejor que he podido dentro de los límites de mi talento e inteligencia”, virtudes que uno sabe que le sobran tras la fortuna de haber leído El resplandor (1977), It (1986), Misery (1987) o Un saco de huesos (1998). “No soy un ganador del Premio Nacional [pero sí de la Medalla por su Distinguida Contribución a las Letras Estadounidenses en 2003] o del Pulitzer, pero soy serio, de eso no cabe duda”. Y remata: “Aunque no crean ninguna otra cosa, no duden nunca de esto: cuando les cojo de la mano, amigos míos, y empiezo a hablar, creo cada una de las palabras que digo”.