Aquellos que se dedican al noble oficio de narrar, sean literatos o directores de cine y como en cualquier actividad humana menos artística, nos entregan unas obras más admirables que otras. Por lo que fuere, les han cuajado mejor en determinadas circunstancias intelectuales de cierta etapa de su vida y con los ingredientes oportunos que se conjugan afortunadamente. Todos sufren altibajos, si bien los hay más regulares a la hora de dar rienda suelta a su talento. El escritor estadounidense Stephen King (n. 1947), en particular, odia una de sus novelas. Y no nos referimos a la única que decidió descatalogar por haberla considerado “una lata de gasolina al alcance de chicos con tendencias incendiarias”.

La novela cocainómana de Stephen King

Cuando fue entrevistado por Andy Greene para la revista Rolling Stone en octubre de 2014, declaró: “Tommyknockers [1987] es un libro horrible. Ese fue el último que escribí antes de limpiar mi cuerpo [de las drogas]. Y últimamente lo he pensado mucho y me he dicho a mí mismo: «Realmente hay un buen libro aquí, debajo de toda la clase de energía espuria que proporciona la cocaína, y debería volver a él». El libro tiene unas 700 páginas, y pienso: «Probablemente hay una buena novela de 350 páginas ahí»”. Aunque tampoco le gusta demasiado El cazador de sueños (2001), fruto del Oxycontin para los dolores por un atropello sufrido en el verano de 1999 al pasear por una carretera de Portland.

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Tal vez los meses en los que escribió Tommyknockers, inspirándose en el relato El color del espacio exterior (H. P. Lovecraft, 1927) y un poema popular infantil, los viviera en la bruma de las drogas. Pero no hay que olvidar que su adicción comenzó en 1978, precedida del alcoholismo, y que durante todo ese tiempo nos brindó novelas extraordinarias. Y, si bien la susodicha no está a la altura de El resplandor (1977), It (1986), Misery (1987) o Un saco de huesos (1998) ni por asomo, a uno se le ocurren otras menos interesantes y logradas que Tommyknockers, como Carretera maldita (1981), El ciclo del hombre lobo (1983), la más insulsa, Maleficio (1984) o Posesión (1996). Así que quizá Stephen King exagera un poco cuando la califica de “horrible”.