el embarcadero serie crítica
– Mar 7, 2019, 3:33 (CET)

‘El embarcadero’, un misterio poliamoroso de los creadores de ‘La casa de papel’

El último drama de Álex Pina y Esther Martínez Lobato debería servirles (también) de ejemplo a los realizadores de series españolas.

Si algo le debe el público a Álex Pina es haber dejado el pabellón a bastante altura con La casa de papel (desde 2017), la serie televisiva que se convirtió en la de habla no inglesa con más espectadores en su difusión al mundo entero a través de Netflix, y muy en especial, por haber demostrado que también existen cineastas españoles con el talento suficiente como para trasladar la perspectiva cinematográfica a la caja antes tonta, que es precisamente lo que había ocasionado la Edad de Oro de de las ficciones en Estados Unidos con este mismo formato, a partir de The X-Files (Chris Carter, desde 1993). Y su último proyecto, junto con la guionista principal de aquella, Esther Martínez Lobato, lo ha puesto en pie para Movistar Plus, un misterioso drama con el título de El embarcadero (desde 2019).

Pina y Martínez Lobato, en verdad, colaboran desde la comedia policíaca Los hombres de Paco (2005-2010), y han seguido así ininterrumpidamente con la intriga postapocalíptica de El barco (2011-2013), la cancelada miniserie tragicómica Bienvenidos al Lolita (2014) y la penitenciaria Vis a vis (2015-2019), de la que son cocreadores con Daniel Écija e Iván Escobar, responsables también de las dos primeras de forma respectiva. Y lo cierto es que no han perdido su toque para contarnos historias con mucha más inventiva audiovisual que la mayoría de los profesionales de la industria española: en El embarcadero hay una diversidad de encuadres reflexionados, habilidosos e interesantes montajes paralelos y una agilidad narrativa fetén, con numerosos saltos y flashbacks que optimizan el ritmo.

Tanto como la potente banda sonora de Iván Martínez Lacámara y Manel Santisteban, habituales de Álex Pina, y las canciones variadas que jalonan el relato y la distintas voces en off que lo explican en su esencia, si bien no tan elocuentes como se presuponen. Estos mimbres hacen posible que un drama sobre amores confusos y difíciles que podría ser bastante pedorro en manos, por ejemplo, de los realizadores de Las chicas del cable (Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema Neira, desde 2017) se sobreponga a sí mismo y se disfrute con su estructura agradecida y el cierre de algunos episodios. Pensemos en la del tercero, que ocasiona preguntas respondidas en tramo final, y en la conclusión del que inicia la serie; de modo que El embarcadero se construye con unidades dramáticas y no sólo en conjunto.

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Movistar Plus

En el complejísimo montaje, de estilo y significado múltiples, hay unos flashbacks muy particulares y reconocibles, de tipo impresionista, que ahondan en los recuerdos de diferentes personajes y que ineludiblemente traen a la memoria las maneras del director canadiense Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club) y lo que le vimos en la miniserie Heridas abiertas (Marti Noxon, 2018), mucho más retorcida y dolorosa que El embarcadero. Pero ambas comparten el claro propósito de profundizar en el drama de unos seres de ficción heridos con la casi excusa de la intriga sobre un hecho violento, cuyo esclarecimiento paulatino, aún no completado, da señales inequívocas de que no entrañaba mucho intríngulis y de que en la temporada siguiente tendrán que poner toda su carne en el asador.

El desarrollo de la trama sentimental huye del conservadurismo como de la peste, pero utiliza sus ideas y gradaciones para añadir conflicto y verosimilitud y sólo es implacable con ello cuando se transforma en intolerancia. Así camina por la cuerda floja en varias ocasiones y, sin embargo y por fortuna, no acaba precipitándose al vacío, y en todos los episodios resulta coherente con la propuesta, no pocas veces de una libido desatada, que han construido Álex Pina y Esther Martínez Lobato. Y al sostenimiento de su credibilidad contribuye su reparto de una forma digna, sea Verónica Sánchez (Gordos) como la conturbada Alejandra Leyva, Irene Arcos (Vis a vis) en la piel de la libérrima Verónica Alfaro, Álvaro Monte (La casa de papel) como el culpable Óscar León Faus.

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O los secundarios Roberto Enríquez (AzulOscuroCasiNegro) en el rol de Conrado, Paco Manzanedo (El olivo) como Vicent, la internacionalizada Marta Milans (La desaparición de Eleanor Rigby) interpretando a Katia, Antonio Garrido (El caso) como Big Boss, la reputada Cecilia Roth (Kamchatka) en los zapatos de Blanca, Miquel Fernández (Fariña) como Francisco Pacheco, la novata Judit Ampudia encarnando a Ada y la pequeña Luna Fulgencio (Durante la tormenta) como Soledad. Ninguno de sus personajes llega a sobresalir por la fascinación que podrían ocasionar con la elocuencia suficiente, ni siquiera Verónica Alfaro, y uno no supone que esta circunstancia vaya a cambiar en la temporada dos de El embarcadero, serie de la que deberían aprender otros cineastas españoles, pero sí el peso proporcional del misterio frente al puro drama poliamoroso.