Que las producciones de cine y televisión de cualquier país sean inferiores a las de Hollywood porque no cuentan con los medios precisos para deslumbrarnos con el aparato visual es comprensible. Ahora bien, que no se apueste por el verdadero talento ni se comprenda que la adopción de la perspectiva cinematográfica en las series televisivas es imprescindible a estas alturas de su edad de oro, al menos para que los espectadores no las sientan de lo más apolilladas, no se entiende tanto; y hay a quien aún le cuesta asumirlo. Pero hoy podemos decir sin lugar a dudas que estamos de enhorabuena: la serie de televisión de habla no inglesa más vista a través de Netflix en todo el mundo es española, y lo cierto es que merece ser reconocida por lo que ha aportado a la industria audiovisual de este país:

Nos referimos, por supuesto, a La casa de papel, thriller que nos ha brindado el ya veterano Álex Pina y su productora Vancouver Media, con una temporada en dos partes hasta el momento y otra en camino a cargo de Netflix, sobre un grupo de atracadores que toman la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y de rehenes a todos cuantos se encuentran allí. A Pina se le conoce por las series anteriores que ha creado y dirigido como showrunner para lo que hoy se llama Atresmedia, es decir, la familiar Los Serrano (2003-2008) y la policíaca Los hombres de Paco (2005-2010), ambas comedias dramáticas con Daniel Écija; el misterio postapocalíptico de El barco (2011-2013), con Iván Escobar, o la cabaretera Bienvenidos al Lolita (2014), con Fernando González Molina, David Barrocal y Esther Martínez Lobato, estos dos últimos, autores de los libretos de la presente aventura.

la casa de papel netflix
Vancouver Media

Las series mencionadas resultaron exitosas, sobre todo las dos primeras y exceptuando la del cabaret, pero por completo fallidas en las pretensiones de arte cinematográfico que pudieran albergar sus responsables. Y esto cambió para Pina con la carcelaria Vis a vis (desde 2015), en la que colabora de nuevo con Écija, Escobar y Martínez Lobato y que, de la misma forma que su serie postapocalíptica seguía la estela de la inconmensurable Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber y Damon Lindelof, 2004-2010), va en pos de la dejada por Orange Is the New Black (Jenji Kohan, desde 2013) en cierto modo. Sin embargo, Pina ha visto el cielo abierto de veras con La casa de papel, la opera prima de su productora, en la que ha podido ejercer un mayor control del concepto, los hilos interesantes de la trama de los que tirar y, en fin, el estupendo fruto que ha caído de su árbol.

Si no se trata de la serie con la mejor planificación audiovisual de cuantas se han parido en la industria televisiva española, le zumba, no se encontrará lejos. Es muy vigorosa, siempre adecuada e indiscutiblemente compleja, a años luz de sus predecesoras o de sus actuales acompañantes de parrilla con idéntica denominación de origen; a lo que, si le sumamos unos guiones inteligentes, que conservan la intriga y el interés en todo momento y nos regalan giros dramáticos que no podrían palidecer nunca ante los thrillers similares que nos llegan desde Estados Unidos, con un apetecible olor a Dexter (James Manos Jr., 2006-2013) en los instantes de angustioso acorralamiento que asombran y estimulan la curiosidad por lo que viene después en este tipo de escenas, ¿qué otra cosa sería posible pedirle a una producción semejante? Tal vez, ahondar más en sus virtudes hasta sublimarla.

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El trabajo de montaje de Luis Miguel González Bedmar (La que se avecina) y compañía se revela soberbio, tanto como la banda sonora de Iván Martínez Lacámara y Manel Santisteban, compositores fetiche de Pina y cuya partitura, sorprendentemente, muestra ciertos ecos de la de Cristóbal Tapia de Veer para la serie británica Utopía (Dennis Kelly, 2013-2014) y muy claros de la de Hans Zimmer para el filme Interestellar (Christopher Nolan, 2014), y la entonada fotografía de Migue Amoedo (La llamada). Además, al reparto no hay quien le ponga una sola tacha, ni a Úrsula Corberó (Isabel) como la difícil Tokio, ni a Álvaro Morte (Cuéntame cómo pasó) en la piel del Profesor más astuto de España, ni a Itziar Ituño (Loreak) como la incombustible inspectora Raquel Murillo ni a Pedro Alonso (Todo lo que tú quieras) interpretando al temible y sugestivo Berlín.

Ni a Paco Tous (Solas) como el sensato Moscú, ni a Alba Flores (El tiempo entre costuras) encarnando a la enérgica Nairobi, ni a Miguel Herrán (1898. Los últimos de Filipinas) como el ingenuo Río, ni a Jaime Lorente (Todos lo saben) dando vida al Denver, ni a Enrique Arce (Periodistas) como el patético e denodado director Arturo Román, ni a Esther Acebo (Los encantados) en la piel de la evolucionada Mónica Gaztambide, ni a Darko Peric (Garantía personal) como el engañoso Helsinki, ni a Fernando Soto (Celda 211) interpretando al fiable subinspector Ángel Rubio, ni el Juan Fernández (La caja 507) como el enojoso coronel Prieto, ni a María Pedraza (Amar) encarnando a la mosquita muerta de Alison Parker, ni a Mario de la Rosa (Conquistadores: Adventvm) como Suárez ni a Clara Alvarado (La llamada) dando vida la aterrorizada Ariadna Cascales.

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Y, para quien esté lo suficientemente familiarizado con el cine español del último medio siglo, siempre supone un incuestionable placer ver en pantalla a Kiti Mánver (La luz prodigiosa, Te doy mis ojos), y aquí ha construido a una impecable Mariví, una anciana a la que sólo a alguien con la empatía de un cardo borriquero o del pedrusco rodante que casi nos plancha a Indiana Jones no le despertaría una absoluta ternura. El caso es que la dirección de actores es espléndida, y ellos se afanan lo suyo durante las intensas vicisitudes de sus personajes, mucho más definidos, particularizados y verosímiles de lo que acostumbra a entregar el género, personas reales con aristas y barullos interiores y no monigotes implacables hechos de una sola pieza. En definitiva, si bien no hay ninguna razón artística para que rueden otra parte de La casa de papel por el remate no originalísimo pero sí satisfactorio de la segunda, uno no se opondría a zampársela si nos seduce tanto como lo que hemos visto hasta ahora.

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