Las chicas del cable, primera serie española producida por Netflix con Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema Neira a la cabeza, entraña una clara vocación feminista desde el minuto uno del capítulo “Los sueños” (1x01). Lástima que todo lo que dice la machacona voz en off de la protagonista, Alba Romero (Blanca Suárez), apuntalando las situaciones de insatisfacción femenina y puro machismo que vemos en los años veinte del siglo pasado, sea tan de brocha gorda, además de la filosofía de baratillo y los lugares comunes que se cuelan en sus palabras durante toda la temporada. Y la cosa empeora justo antes de los títulos con una tragedia tan impostada e inverosímil que tira para atrás, y que luego se olvida por completo e importa un comino.

La serie despliega energía y su ritmo se va asentando, pero la falta de verdadero ingenio en los diálogos, poco naturales, y de sutileza, un genuino quiero y no puedo, su cursilería y la grandilocuencia de su banda sonora, en ocasiones extemporánea a lo Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) sin necesidad, no le hacen ningún favor a esta historia de engaños mil veces vista con jovenzuelas y galanes de medio pelo. Además, la cita de Virginia Woolf que repite Carlota Rodríguez (Ana Fernández) sobre cerrojos imposibles ante la libertad de la mente pertenece al ensayo Una habitación propia, que se publicó en 1929, después de los hechos relatados en esta serie indigerible; y eso sin mencionar la poca probabilidad de que este personaje español supiese de la escritora británica, a la que hubo que redescubrir en los últimos años setenta.

las chicas del cable
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A cada rato se lanza sin contemplaciones a los tópicos y a escenas musicalizadas como un culebrón adolescente y discotequero. Porque eso es, por lo visto, Las chicas del cable, una serie que podría servir como culebrón de sobremesa, similar a otros tostones melodramáticos a lo Corín Tellado paridos por Bambú Producciones, como Gran Reserva o Velvet (Campos y Neira, 2010-2013, 2014-2016). Se las da de feminista y de que desea mostrar un ejemplo de sororidad, de ayuda, colaboración y cuidado entre mujeres, y lo cierto es que, pese a sus deseos de emancipación, casi todos los dramas y los anhelos de estas giran en torno a los hombres: el interés romántico, con celos por todas partes, es lo que la preside, como si las posibles espectadoras no quisiesen ver nada más que amoríos y sus enredos, lo cual demuestra qué feminismo de pacotilla es este.

Ello aderezado con la picaresca obvia e irritante de su protagonista, con villanos planos y caricaturescos y un constante y cansino tira y afloja amoroso cuyo rumbo, si lo tiene, se desconoce, durante el que hay ocasiones en que el desagrado por lo empalagoso da ganas de parafrasear una expresión típica: “¡Iros a un motel, y salid de plano ya!”. Y ni la producción lujosa, ni el reparto competente, en el que agradecemos la presencia de Nadia de Santiago como Marga Suárez, ni los detallitos de la lucha feminista histórica de España, con apariciones de mujeres relevantes en ella, ni algún buen cierre como el de “La familia” (1x06) sirven para compensar todos los problemas de base, de concepción y de libreto que encharcan a Las chicas del cable.

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Esta serie no es ni por asomo para el público que disfruta con la gran House of Cards (Beau Willimon, desde 2013), con Orange Is The New Black (Jenji Leslie Kohan, desde 2013), con las series de Marvel o con Stranger Things (Matt y Ross Duffer, desde 2016), que son precisamente el tipo de usuarios tecnológicos de la plataforma. Las chicas del cable es para espectadores poco exigentes que no saben lo cómodo que es ver series y películas a su antojo en Netflix, que quizá nunca sean conscientes de ello o no estén por la labor de modificar sus costumbres y que no se despegan del televisor y sus interminables tandas de anuncios.

Quizá la compañía pretenda buscar a esta clase de televidentes, pero así no va a dar con ellos porque la serie está fuera de lugar. Ni con sus asiduos, sobre todo si se tiene en cuenta que el planteamiento de la productora es hablar, literalmente, “de chicas cañeras que no van a caer en brazos de un hombre pero sí van a ser valientes para entregarse a sus emociones”, y si la cosa va a tener semejante profundidad conceptual, apaga y vámonos. Pero lo que a algunos nos deja perplejos es la incomprensible indulgencia de parte de la crítica con una serie tan precaria como Las chicas del cable. Parece que teman cortarle las alas a la iniciativa española en Netflix, cuando lo que debería importar es que esta plataforma pionera se nutra sólo con lo mejor.