No resulta especialmente fácil dar con una intriga dramática que se aleje lo trillado y lo anodino sin caer en la inverosimilitud, lo histriónico o lo pasado de vueltas, es decir, con un misterio que no nos traiga a la memoria otros tantos por sus ingredientes y su desarrollo mil veces vistos, que no aburra en ningún momento ni se olvide con prontitud y que, sin embargo, no se estrelle contra la tentación de lo excesivo que termina en la falta de credibilidad por pretender huir de lo más corriente. Y eso es la miniserie Heridas abiertas, creada por la californiana Marti Noxon (Unreal, Dietland) para la HBO y dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée (C.R.A.Z.Y., Dallas Buyers Club) según la exitosa novela homónima de Gillian Flynn, un oasis de precisión psicosocial entre las áridas arenas del thriller mediocre en el desierto cinematográfico del género.

Todo lo que construye esta serie mientras nos narra las pesquisas sobre un homicidio y una desaparición en un pueblucho de Misuri, situado entonces en las oscuridades de la llamada América profunda, no es moco de pavo en absoluto. Porque no se limita al trámite común de contar los avances de la investigación mientras se le aplica unas pinceladas aquí y allá al temperamento de los personajes, de modo que esto último sirva buenamente de justificación a la manera en que se comportan y lo que origina en la trama, sino que, durante los días terribles en los que se centran sus ocho episodios, conocemos con hondura a un puñado de personas ficticias muy particulares, cuyas miserias acumuladas casi les desbordan por completo, con el peso inasumible de su pasado a las espaldas, y llenan hasta los topes los abismos de podredumbre de Wind Gap y su amabilidad falsa y destructiva.

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HBO

Por lo tanto, debe quedar clarísimo que los esfuerzos de Noxon, Vallée y sus guionistas con Heridas abiertas no están enfocados tanto en el esclarecimiento de los crímenes como en desenredar la sombría madeja de otros tiempos para la comprensión de la idiosincrasia de los personajes y, así, de la comunidad entera y sus relaciones personales emponzoñadas, lo que no los desvincula ni lo más mínimo del caso investigado. Quizá bastaría resumir la razón de que esta ficción televisiva no se revele como el clásico thriller criminal al que estamos habituados ni por asomo: el drama femenino —porque mujeres son los personajes determinantes de la misma— ha tomado el control frente a lo truculento de costumbre, y no hay resistencia posible de los espectadores ni parece que tengan deseo alguno de rebelarse contra ello. Noxon y Vallée les han ganado para su causa.

No es de extrañar, pues, que el departamento de marketing de la HBO hablase de la serie como una mezcla entre True Detective (Nic Pizzolatto, desde 2014) y Big Little Lies (David E. Kelley, desde 2017), también suyas, una apreciación que no debido a sus intenciones promocionales deja de resultar de lo más acertada por las mujeres con la voz cantante y el estilo de Vallée en la dirección de la una, la desolación sureña de la otra y el embrollo criminal de ambas. Pero nos equivoquemos; esta mezcla sólo es elemental, y no nos puede caber duda alguna de que Heridas abiertas consigue sacar pecho como una entidad narrativa propia, sin deudas de inspiración de las que hacerse cargo y con una esforzadísima Amy Adams (Atrápame si puedes) en la piel de la rota Camille Preaker, una actriz principal de postín que exprime sin contemplaciones todo el jugo que su reportera atormentada da de sí.

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Y no está sola en mérito interpretativo, pues tiene ante ella a una inimaginable Patricia Clarkson (A dos metros bajo tierra) como la ambigua e hiriente Adora Crellin, el descubrimiento de Eliza Scanlen encarnando a la impredecible Amma ídem y la precisión cautivadora de Elizabeth Perkins (The Ring 2) como la incisiva Jackie O'Neill. Luego encontramos a Chris Messina (Argo), Matt Craven (La vida de David Gale), Henry Czerny (Misión imposible), Taylor John Smith (American Crime) o Miguel Sandoval (Medium) dando vida sin una tacha al afable detective Richard Willis, al pragmático sheriff Bill Vickery, al flemático e indolente Alan Crellin, al destruido John Keene y al luminoso y paternal Frank Curry respectivamente.

Lo mismo que con el resto del reparto, a Vallée no pueden afearle de ningún modo aquí su dirección de actores, si bien la mayoría cuentan con suficientes tablas como para que el director no deba estar muy encima. No pueden reprocharle tampoco su planificación audiovisual, desde luego, que se sustenta en unos potentes encuadres cámara en mano, en un muy agradecido montaje impresionista con rápidos flashbacks que hurgan en la angustiosa memoria de Camille, y con secuencias veloces y cortantes que se benefician del empuje dramático de las canciones diversas que constituyen la banda sonora de la serie. Una música escogida sabiamente que se desliza sobre las imágenes del dolor desbocado que recorre los episodios sin piedad, y que contribuye con todo lo demás a que uno desee más dramas tan retorcidos y de final en alto como los de Heridas abiertas.