La unanimidad en las evaluaciones de la crítica profesional de cine y la opinión de los espectadores acerca de un largometraje o una serie televisiva es una cosa verdaderamente extraña, muy extraña. Pero lo de la primera Mortal Kombat, del nefasto Paul W. S. Anderson (1995), y Aniquilación, su secuela dirigida por John R. Leonetti (1997), casi han logrado que todos se pongan de acuerdo.

A los dos filmes se los considera de las peores adaptaciones a la gran pantalla de un videojuego, el de la franquicia de Midway y ahora Warner Bros. creada por Ed Boon y John Tobias (1992). Codeándose con las horripilantes Doom y Alone in the Dark (Andzrej Bartkowiak, Uwe Boll, 2005), por ejemplo.

Con estos mimbres, el comentario habitual sobre la nueva Mortal Kombat (2021), debut en el largo de Simon McQuoid, era que lo tenían muy fácil para que resultase mejor que sus predecesoras, dos catástrofes cinematográficas sin paliativos. Porque realizar una película tan desastrosa sería un triunfo alucinante de la incompetencia.

Los ‘fatalities’ de rigor en ‘Mortal Kombat’

Warner Bros.

Por fortuna, se ha cumplido el pronóstico, y tanto los amantes de la saga de videojuegos y de su lucha sangrienta, con más de veinte capítulos y expansiones, como el público en general no parece probable que se arrepientan después de haberla visto. Si los filmes de Paul W. S. Anderson y John R. Leonetti se sienten ridículos por lo grotescos que son, el cineasta australiano, al que solo se le conocía el anuncio The Night-time Economy (2014), le ha proporcionado cierta dignidad a su propuesta.

Su Mortal Kombat es, por encima de todo, bastante entretenida. Quizá se nos antoje algo risible en ocasiones por su tonito solemne y su grandilocuencia orientalizada, muy en especial con los villanos. Y porque el asunto, la trama entera, es más simple que el mecanismo de un chupete.

Pues hablamos de un pimpampum con imágenes en movimiento, los famosos fatalities de rigor para no cometer la tontada de rehuir del espíritu brutal del videojuego que lo distinguía de Street Fighter 2 (Akira Yasuda e ídem Nishitani, 1991). Se agradece la presencia disruptiva de Kano (Josh Lawson), el personaje que le da bofetones a esa solemnidad mencionada y nos alivia un poco quitándonos su peso.

Lo único que importa es la lucha

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Por otra parte, uno llega al final de esta Mortal Kombat con la sensación clara de que lo que le han ofrecido durante la mayoría de sus casi dos horas de metraje son enfrentamientos, combates vistosamente coreografiados y una filmación bastante competente. Todo esto a las órdenes de Simon McQuoid y su director de fotografía, Germain McMicking (True Detective).

Y montados de forma muy oportuna por Scott Gray (Top of the Lake) y Dan Lebental, un habitual del Universo Cinematográfico de Marvel, para el que ha intervenido en siete películas entre Iron Man (Jon Favreau, 2008) y Spider-Man: Lejos de casa (Jon Watts, 2019), de manera que se comprende que otros depositen su confianza en él. Lo malo es que, así, nos entregan mucho músculo y poco seso narrativo.

La responsabilidad de ello, claro, es de sus dos guionistas, el novato Greg Russo y Dave Callaham, que se estrenó con Doom. Sorprendentemente, no fue el fin de su carrera. Pudo continuar con los libretos de Los mercenarios (Sylvester Stallone, 2010), Wonder Woman 1984 (Patty Jenkins, 2020) o las futuras Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (Destin Daniel Cretton, 2021) y Spider-Man: Un nuevo universo 2 (Joaquim Dos Santos, 2022).

La simpleza de Mortal Kombat, cuyas explicaciones sobre el conflicto único y su desarrollo, sus detalles de fantasía y las motivaciones de los personajes son parcas. Y esto, sin duda, debe a lo escrito por ellos. Y hay quien diría que no se le pueden pedir peras al olmo, que se trata de la adaptación de un videojuego de lucha. Sí, pero estas limitaciones son arbitrarias.

El inicio de una probable saga cinematográfica

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La banda sonora de Benjamin Wallfisch, al que recordamos por sus partituras atmosféricas para La cura del bienestar (Gore Verbinski, 2016), Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) o el díptico de It (Andy Muschietti, 2017, 2019), no ha aportado mucha brillantez a esta película. Pero sí lo suficiente para apuntalar la carga dramática.

Y, como de costumbre, da gusto ver a Hiroyuki Sanada (Lost) encarnando a Hanzo Hasashi en Mortal Kombat. Los demás actores, desde Lewis Tan (Deadpool 2) en la piel de Cole Young, Jessica McNamee (La batalla de los sexos) como Sonya Blade o Mehcad Brooks (Supergirl) interpretando a Jax hasta Joe Taslim (Star Trek: Más allá) como a Bi-Han, Tadanobu Asano (Thor: Ragnarok) de Lord Raiden o Chin Han (El caballero oscuro) como Shang Tsung, solamente cumplen.

Con sus virtudes y sus defectos, es bastante probable que los enamorados de la saga de videojuegos saliven por la sola aparición paulatina de cada uno de los personajes con los que se han partido la cara. Más aún en la montaña rusa del último tramo de Mortal Kombat, durante el que Simon McQuoid y compañía nos cascan una serie de choques en montaje paralelo y la perspectiva de una continuación. Porque nunca les basta con un solo puñado de fatalities.

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