La creatividad de los guionistas de DC Comics parió a algunos de los superhéroes y villanos más cautivadores. Solo de la penumbra de la ciudad de Gotham han salido los que tal vez sean los mejores en su especie. Por algo, las películas de mayores logros del género transcurren en sus calles: Batman (Tim Burton, 1989) y, en especial, El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). Así, la tristeza de los cinéfilos por que su universo fílmico no lograra ponerse a la humilde altura del de Marvel era tan notoria. Pero hete aquí que llegó la californiana Patty Jenkins y supo dar en la diana con el disfrutable espectáculo de Wonder Woman (2017).

Y, si ni El hombre de acero, ni Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2013, 2016) ni Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) nos satisficieron a su nivel, tampoco más tarde Liga de la Justicia (Snyder y Joss Whedon, 2017), Aquaman (James Wan, 2018), ¡Shazam! (David F. Sandberg, 2019) ni Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) [Cathy Yan, 2020]. Y, vista la secuela, la primera aventura con el protagonismo absoluto de Diana Prince (Gal Gadot) continúa imbatible. También en la filmografía de Patty Jenkins, incluyendo la oscarizada Monster (2003).

Warner Bros.

Pero podemos considerar a esta segunda la obra que le va a la zaga antes que las otras siete. No se le asimila ni la supera porque hay que admitir que Wonder Woman 1984 es decisivamente paradójica. Por un lado, la trama ideada por Geoff Johns (The Flash) y la propia Jenkins resulta más interesante debido a lo distinta que se revela. Sus elementos fantásticos, el origen del conflicto medular y su dinámica se encuentran lejos de los hábitos narrativos en la lucha superheroica contra el mal. Y, por otra parte, el guion que firman Dave Callaham (Zombieland: Mata y remata), Johns y la directora está descompensado.

Porque lo cierto es que Wonder Woman 1984 tarda mucho en arrancar de veras. No nos privan de secuencias trepidantes en el primer tramo, con un aroma clarísimo a Superman (Richard Donner, 1978) en una de ellas. Pero el planteamiento se alarga innecesariamente en un páramo de serenidad y el ritmo declina bastante. Las escenas tontorronas que hay entonces, hasta las que buscan invertir los papeles de dos personajes respecto al primer filme, son baladíes del todo. Y la historia casi cae en barrena hasta el punto de que, en alguna oportunidad, nos preguntamos si veíamos una película de superhéroes.

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Si Geoff Johns y Dave Callahan sustituyen a Allan Heinberg al libreto, el compositor Hans Zimmer (Hannibal) reemplaza a Rupert Gregson-Williams en Wonder Woman 1984. Y cumple con el espíritu que este le imprimió. Del reparto principal, más reducido de lo que es costumbre en superproducciones comerciales como esta, no podemos quejarnos: Gal Gadot (Triple 9) y Chris Pine (Star Trek) se entregan cuanto les es posible a su rol de Diana Prince y Steve Trevor, Kristen Wiig (Madre!) hace lo propio como Barbara Minerva y, eso sí, Pedro Pascal (The Mandalorian) compone a un pletórico Maxwell Lord.

Y nos produce una gran alegría ver remontar por fin a Wonder Woman 1984 mediado su metraje. Se echa de menos a la graciosísima Etta Candy (Lucy Davis), y no consiguen que nos den ganas de aplaudir como en las trincheras de la película anterior y su poderío audiovisual, pero también nos ofrecen momentazos. E intensidad dramática muy de agradecer. Y su filosofía sigue siendo de baratillo, de las frases pedorras que escriben en los sobres de azúcar, pero quizá en menor medida, coherente en cualquier caso el discurso de la amazona, que aquí se acaba alzando de nuevo como la heroína más deslumbrante de DC.

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