La ciencia no está hecha para los clichés. Sobre todo para los que perpetúan la imagen estereotipada del investigador que se pasa el día enfundado en una bata blanca y con el ojo pegado al microscopio, ajeno a todo lo que exceda de sus placas de cultivo. Marie Curie, por ejemplo, era una ciclista apasionada. Durante su juventud Ramón y Cajal se pasó horas y horas en el gimnasio hasta esculpir sus músculos y convertirse en un culturista competente.

La pereza de Descartes es legendaria. Galois era un joven iracundo y revolucionario a tal extremo que pocos poetas encarnan mejor que él el espíritu del Romanticismo. A Niels Bohr le chiflaban los wésterns. Y entre las aficiones disparatadas de Feynman —como la de abrir cajas fuertes— estaba la de tocar los bongos, una pasatiempo por cierto que no se le daba nada mal al físico norteamericano.

Si hay un tópico que no resiste la más mínima comparación con la realidad es el que diferencia entre ciencia y arte. El listado de científicos que a lo largo de la historia han demostrado tener grandes aptitudes para las artes es enorme: Einstein era un violinista entregado, Kepler escribió la que para muchos es la primera novela de ciencia ficción de la historia y Ramón y Cajal se quemaba las pestañas garabateando detallados dibujos en los que plasmaba con la pasión de un artista lo que había descubierto con la agudeza de un científico.

legado de Cajal
Uno de los dibujos originales de Cajal sobre el tejido nervioso que veía al microscopio, conservado en la biblioteca del Instituto Cajal.

La meticulosidad con la que Da Vinci entremezclaba su visión de anatomista y pintor es admirable. Y si alguien piensa que esas simbiosis eran más propias de siglos remotos llega con recordar a Brian Harold May, músico de Queen que luce en la pared de su salón —junto a las muchas distinciones que cosechó con la banda de Freddie Mercury— un doctorado en astrofísica por el Imperial College.

Ejemplos de que la ciencia puede ser arte y el arte ciencia se encuentran a lo largo de los siglos. Entre el XVII y XX sin embargo la ilustración científica —cristalizar el saber teórico en dibujos— disfrutó de un período prolífico. La biología, la botánica, la anatomía… se beneficiaron del talento de pintores que plasmaron sobre el lienzo los detalles que la fotografía aún no podía captar. Entre ellos destacan un grupo de mujeres que pusieron sus pinceles, plumas y acuarelas al servicio de la investigación en una época en la que muchas universidades les vetaban el acceso pleno a sus aulas.

Sarah Lindley Crease

A finales del siglo XIX, en Inglaterra, Aleen Cust peleaba con la administración británica para que reconociese de forma oficial los estudios de veterinaria que había cursado haciéndose pasar por un hombre.

Solo unas décadas antes en el mismo país Sarah Lindley Crease (1826-1922) dibujaba detalladas ilustraciones para las publicaciones de su padre, el célebre botánico y naturalista John Lindley, cofundador de la revista Gardener´s Chronicle y autor de una amplia obra especializada. Sarah fue alumna del retratista Charles Fox y tuvo la oportunidad de aprender de una de las grandes ilustradoras científicas de su época, Sarah Ann Drake. Entre 1842 y 1858 la joven pintó detallados dibujos sobre nuevas especies de plantas.

Tras casarse en 1853 con Henry Pering Pellew Crease, la pareja se trasladó a Canadá, donde Sarah se centró en sus hijos, la caridad y en ayudar a su marido, para quien transcribía correspondencia. A pesar de ese cambio no abandonó la pintura. En Canadá dibujó una docena de acuarelas del fuerte de Hudson´s Bay Company y Victoria que se exhibieron en la Exposición Internacional de Londres. Sarah solo dejó los pinceles hacia 1870, obligada por sus problemas de visión.

Sarah Ann Drake

Una de las personas que más influyó en el trabajo de Crease fue Sarah Ann Drake (1803-1857), autora de más de un millar y medio de ilustraciones botánicas. Parte de esa ingente labor la hizo para el científico John Lindley, el padre de Crease. Hacia 1830 Drake se habría trasladado a casa de Lindley —era amiga de la familia— para servir como institutriz de sus hijos. Allí se convirtió en una importante colaboradora del naturalista gracias a las técnicas que había aprendido en París. Su relación fue tan fructífera que Lindley llegó a nombrar un género de orquídeas en honor a Drake: las Drakaea, que agrupa una decena de especies oriundas de Australia.

A lo largo de su carrera Drake colaboró con otros autores y participó en la elaboración de una de las joyas de la bibliografía botánica: The Orchidaceae of Mexico and Guatemala, impulsada por el horticulturista James Bateman entre 1837 y 1843. Para W. Blunt se trata del “mejor y ciertamente más grande libro botánico producido con planchas litográficas”. Su reducida tirada —se publicó en varias partes y se editaron apenas 125 ejemplares— convirtió a The Orchidaceae en una pieza tan codiciada por los coleccionistas que en 2002 la casa Christie´s Auction vendió un ejemplar por la friolera de 196.500 dólares. Drake murió en 1857. Antes, destacó también su prolífico trabajo para el Botanical Register hasta 1847.

Augusta Innes Withers

Drake no fue la única artista que puso su talento al servicio de la botánica en el libro de Bateman. Junto a ella trabajaron otras pintoras, como Jane Edwards o Augusta Innes Withers (1793-1864), una creadora consumada que exhibió sus dibujos de flores en la Royal Academy entre 1826 y 1846. Sus diseños lucen en las páginas de Curti´s Botanical Magazine o Pomological Magazine, entre otras publicaciones. Con su talento atrajo incluso la atención de las reinas Adelaida y Victoria, quienes la nombraron Pintora Ordinaria de Flores.

Anna Maria Hussey

amanita muscaria
Fuente: Pexels.

Contemporánea de Drake y Withers, Anna Maria Hussey (1805-1853) es otra gran ilustradora científica inglesa del siglo XIX. A diferencia de sus compañeras sin embargo su interés se centró en la micología, la ciencia que estudia los hongos. Su pasión trascendía el arte y la convirtió en una erudita en la materia, en especial en Hymenomycetes. Con ese conocimiento dio forma -bajo el nombre de Mrs. T.J. Hussey, siglas que coinciden con las de su marido: el astrónomo Thomas John Hussey- a los dos volúmenes de Illustrations of British Mycology, que se publicaron en 1849 y 1855, tras la muerte de Anna. En total incluyen 140 láminas litográficas. Su legado no solo se recuerda gracias a sus brillantes dibujos botánicos. Dos géneros de hongos llevan el nombre de la artista: el Husseia y Husseyella.

Su talla intelectual le permitió codearse con grandes mentes de su tiempo, como Charles Darwin o el micólogo Miles Joseph Berkeley, autor de una vasta obra que supera la veintena de títulos. La admiración mutua que se profesaban Hussey y Berkeley llevó a este último a bautizar un género fúngico como Husseia en honor a la británica. Lo cierto es que Anna Maria no era la única artista de la familia. Su hermana, Fancres Reed, fue también ilustradora.

Anne Lister

Si John Lindley se benefició del talento de Sarah para ilustrar sus tratados de botánica, el médico y naturalista Martin Lister tampoco desaprovechó el de sus dos hijas: Susannah y Anne (1671-1700). Durante años Martin se dedicó a coleccionar insectos, arañas… y sobre todo conchas, su gran pasión. A ellas les dedicó un tratado —Historiae Concchyliorum, el primer estudio exhaustivo de conchología— que ilustró con láminas dibujadas por las más pequeñas de la familia. El talento de las jóvenes, en especial el de Anna, era tan apabullante que algunos historiadores han creído imposible que los dibujos de Historiae Conchyliorum salieran de su mano. En su lugar plantean que la autora era su madre, la esposa de Martin, Hannah Lister.

Anna Lister destaca por ser una pionera del uso del microscopio para elaborar ilustraciones científicas. Hacia 1694 padre e hijas usarían este aparato con el fin de elaborar sus minuciosos diseños. Es bastante probable que el talento de las hermanas Lister no se limitara a las páginas de Historiae. Su mano puede estar también detrás de ilustraciones que aparecieron en Philosophical Transactions.

Sarah “Sadie” Price

violeta
Fuente: Pixabay

A Sarah “Sadie” Francis Price (1849-1903) la fortuna no le sonrió. El estallido de la Guerra de Secesión en 1861 obligó a su familia a regresar a su Indiana natal y poco después, en la década de los 70, se quedó huérfana junto a su hermana Mary. Los problemas de espalda que padecía la obligaron además a permanecer durante una larga temporada postrada en cama. A pesar de todos esos contratiempos, la curiosidad voraz de Price hizo que atesorase grandes conocimientos sobre biología. A partir de la década de los 90, cuando su salud mejoró, se convirtió en una gran coleccionista de especímenes y escribió decenas de artículos científicos. Durante su labor descubrió varias especies vegetales que llevan su nombre: Aster priceae, Apios priceana, Cornus priceae, Oxalis priceana y Viola priceana.

Su pasión por la botánica iba a la par de su habilidad para plasmar plantas sobre el papel con todo lujo de detalles. Tras su muerte prematura en 1903, con apenas 54 años, su hermana Mary se preocupó de que el legado artístico de Sarah no se perdiera. Gran parte de sus bocetos -casi un millar- los compró William Trelease, primer director del Jardín Botánico de Missouri. A esa misma institución iría a parar tiempo después una donación con otras 250 ilustraciones de Sarah para las que Mary no había encontrado un comprador adecuado.

Catherine Furbish

El listado de ilustradoras que convirtieron la botánica en arte entre los siglos XVII y la primera mitad del XIX se completa con nombres como el de Maria Sibylla Merian o Elizabeth Gould. Destaca en especial la labor de la botánica Catherine Furbish (1834-1931), que se dedicó durante décadas a recorrer Maine, en Estados Unidos, para pintar las especies que recolectaba. La Pedicularis furbishiae y Aster cordifolius L. —plantas descubiertas por ella— perpetúan su nombre.

Al igual que las hermanas Lister en el siglo XVII o Drake en el XIX, la ilustración científica sigue demostrando que arte y ciencia son dos aliadas que encajan a la perfección. Los pinceles pueden asomarse a realidades diminutas o gigantescas que quedan fuera del alcance de la vista