Antes de que su rastro se esfumara en las soleadas llanuras de Chihuahua, hacia finales de 1913, mientras seguía al ejército revolucionario de Pancho Villa como observador, el escritor Ambrose Bierce dejó una de esas frases redondas que hoy decoran los márgenes de las agendas o se ocultan enrolladas en el interior de galletas de la suerte: “La juventud es el período de lo posible».

Si la historia de la ciencia fuese un collage la mayoría de sus retales mostrarían a ancianos de cabello canoso, como Einstein y Darwin, o mujeres con la mirada serena de Marie Curie. Sin embargo muchos de los grandes instantes de la física, la medicina, la química… fueron “posibles” -como decía Bierce- gracias a mentes jóvenes. No los protagonizaron septuagenarios venerables, sino veinteañeros temerarios y entusiastas con un nulo respeto por la ortodoxia.

Newton, por ejemplo, decía que el grueso de los trabajos que lo catapultaron a la fama los realizó antes de 1668, cuando no pasaba de los 25 años. Entre el verano de 1665 y abril de 1667, mientras se refugiaba en Lincolnshire de la peste que asolaba Cambridge, fue cuando protagonizó la célebre -y bastante dudosa- anécdota con la manzana que desembocaría en la ley de la gravitación universal.

Fuente: Pixabay.

Lo del genio precoz no es una rareza de Newton. Con solo 26 años a Albert Einstein le bastaron unos pocos meses para poner patas arriba la física de su tiempo. Uno tras otro, en 1905 había bombardeado el buzón de la revista Annalen der Physik con una serie de artículos en los que -entre otras ideas innovadoras- presentaba su famosa ecuación “E=mc2” y daba la vuelta al concepto de espacio y tiempo.

Antes de que Einstein o Newton supiesen sumar siquiera, ya Nicolás Copérnico había demostrado en el siglo XVI que la juventud no está reñida con la genialidad. Aunque tardaría aún décadas en dar forma a su famoso De Revolutionibus Orbium Coelestium, que no se publicó hasta 1543, hay pruebas de que en 1510 -cuando tenía 37 años- el astrónomo polaco había concebido ya su modelo heliocéntrico. En esa época circulaba entre sus amigos su manuscrito Commentariolus.

Con una edad parecida (38) accedió a la Cátedra Lucasiana otro nombre notable en los anales de la ciencia: el astrofísico Stephen Hawking, quien tenía apenas 32 años cuando se sumó a la Royal Society. Más joven era incluso el físico William Lawrence Bragg cuando en 1915, con 25 años, compartió el Nobel con su padre, William Henry. Toda una hazaña… que se quedaba pequeña ante Karl Friedrich Gauss. Se cuenta que a finales del siglo XVIII, con 14 años, el alemán se exhibía como calculista ante el duque de Brunswick y -según la leyenda- con solo tres ya había corregido un error de contabilidad a su padre.

Imagen de archivo de un investigador en el laboratorio. Crédito: Marc Verges / IBEC.

Copérnico, Newton, Gauss, Einsten, Bragg y Hawking tuvieron algo en común además de su genio: disfrutaron de una larga vida y murieron pasados los 70 años. Incluso Stephen, a quien los médicos le dijeron que no alcanzaría la treintena tras diagnosticarle esclerosis lateral amiotrófica (ELA) en 1963.

Otros grandes nombres de la ciencia compartieron con ellos un talento robusto y precoz, pero no su longevidad. A lo largo de los siglos la ciencia ha visto cómo algunas de sus mentes más brillantes se apagaban antes de tiempo. Las guerras, la enfermedad, los accidentes… incluso los duelos con revólver al amanecer han segado cerebros brillantes en la flor de la vida. Su muerte antes de tiempo no les impidió sin embargo grabar su nombre con mayúsculas en la historia. Y para muestra, un botón. Aquí, diez casos de científicos de primera que perdieron la vida sin haber pasado de los 40 años.

Evariste Galois

Fuente: CNRS

Ganarse el título de enfant terrible de la ciencia no es sencillo. Sin embargo el matemático francés Evariste Galois sigue ostentándolo casi dos siglos después de su muerte. Su genio era titánico cuando se enredaba con complejos cálculos y pirotécnico en la calle o los bistrós si se topaba con alguien que le contrariaba.

El temperamento de Galois lo llevó en varias ocasiones a la cárcel y explica también que a finales de mayo de 1832 aceptase participar en un duelo con pistolas que se saldó con el peor de los finales posibles: un tiro en el abdomen. La madrugada del 30 de mayo lo encontraron agonizante con un balazo. Murió poco después, con 20 años. A pesar de su juventud Galois es un referente del álgebra. Durante su corta vida aportó importantes contribuciones a la teoría de ecuaciones y hasta la noche antes de su muerte trabajó con pasión.

Otto Schreier

Con solo 24 años el matemático Otto Schreier tenía un currículo envidiable. Tras aprobar su tesis y con el título de doctor bajo el brazo, en 1925 logró un puesto como profesor ayudante del Mathematische Seminar de Hamburgo. Durante los años siguientes trabajó con intensidad en la teoría de subgrupos de grupos libres. Una septicemia le arrebató la vida sin embargo en 1929, cuando tenía 28 años. Algunos expertos creen que si hubiese seguido con su labor, la historia de la teoría combinatoria habría sido diferente.

Ada Lovelace

A Ada Lovelace se la conoce como la primera programadora de la historia, un calificativo que sorprende sobre todo cuando se sabe que vivió en el siglo XIX. Hija de la aristócrata Anne Isabelle Milbanke y el famoso poeta Lord Byron, Ada nació en Londres en 1815.

Cuando tenía 18 años se hizo amiga del científico Charles Babbage, padre de la computación y quien maravilló a la joven matemática primero con un fragmento de su Máquina de las Diferencias -artilugio de cálculo automático- y más tarde con la Máquina Analítica, un ambicioso sistema para realizar diversas operaciones matemáticas.

Hacia 1840 Lovelace publicó un artículo sobre la máquina de Babbage que representa uno de los grandes textos de la historia de la computación. El escrito es en realidad la traducción de otro anterior elaborado por el ingeniero italiano Federico Menabrea, pero la inglesa incluyó extensas notas que trascendían la pieza original.

Historia de la Tecnología: Ada Lovelace, la primera programadora

Valiente, de mente brillante e independiente, Lovelace sucumbió también a la enfermedad. Falleció en noviembre de 1852, a punto de cumplir los 37 años, a causa de un cáncer de útero. Sus restos se enterraron junto a los de su padre, en Nottinghamshire.

Srinivasa Aayingar Ramanujan

AshLin (Wikimedia)

A diferencia del resto de sus compañeros del colegio infantil de Kumbakonam, en la India, Srinivasa Aayingar Ramanujan no se divertía con el escondite o las carreras. Su principal “juguete” era el número pi y la raíz cuadrada de dos. Disfrutaba recitando largas series de decimales ante sus maravillados compañeros de pupitre. Con el paso de los años ese talento florecería en una peculiar y brillante carrera autodidacta que lo llevó en 1913 a la Universidad de Cambridge.

Cuando llevaba cuatro años en Inglaterra la salud de Ramanujan empeoró por una tuberculosis que arrastraría durante el resto de su vida. La dolencia le obligó a pasar largos períodos en cama y moverse de sanatorio en sanatorio. Quizás intuyendo su final, en 1918 -poco después de que la Royal Society lo escogiera para sumarse a sus filas- regresó a la India, donde murió con 32 años en 1920. Su cerebro fecundo le llevó a desarrollar unos 4.000 teoremas.

Niels Henrik Abel

Municipal Archives of Trondheim (Wikimedia)

A lo largo de su corta vida Niels Henrik Abel destacó en el estudio de las ecuaciones algebraicas de quinto grado y las funciones elípticas. Junto a Galois, se le considera una de las figuras capitales del álgebra moderna. No es su único vínculo con el francés. Sus muertes prematuras privaron a las matemáticas de un talento único.

Igual que Ramanujan, Abel padeció los estragos de la tuberculosis. En la Navidad de 1828 emprendió un duro viaje en trineo a Fröland para visitar a su novia, que por entonces trabaja como institutriz en el hogar de una familia inglesa. Meses después empeoró por una hemorragia y el 6 de abril falleció. No llegaba a los 27 años.

Heinrich Hertz

Sepa o no algo sobre quién era o cuál fue su historia, a todo el mundo le suena el apellido de Heinrich Hertz. En 1930 la Comisión Electrotécnica Internacional acordó denominar hercio (Hz) a la unidad de frecuencia equivalente a un ciclo por segundo.

La decisión se tomó para homenajear al físico alemán que décadas antes, en 1887, había demostrado la propagación en el espacio de las ondas electromagnéticas, además de medir su longitud de onda y velocidad. Con su labor Hertz confirmó de forma experimental la teoría electromagnética que tiempo antes había formulado James Maxwell.

Lo que pocos saben es que toda esa labor la hizo con menos de 40 años. Hertz falleció en 1894, en Bonn, debido a la granulomatosis de Wegener, dolencia poco frecuente que produce una hinchazón de los vasos sanguíneos que dificulta el flujo de la sangre. La enfermedad no le impidió trabajar, pero sí acabó con su vida con solo 36 años.

Blaise Pascal

Wikimedia

El genio de Blaise Pascal fue de los más madrugadores de la historia de la ciencia. Con solo 17 años completó Ensayo sobre las cónicas, en el que exponía su teorema del hexágono. Poco después desarrollaba su innovadora máquina Pascaline, un artilugio con el que pretendía ayudar a su padre a realizar cálculos de forma más rápida y precisa.

A pesar de su delicada salud, Pascal hizo grandes aportaciones a la física y las matemáticas y se convirtió en uno de los fundadores del cálculo de probabilidades. Fue además un notable filósofo. Su genio se apagó en agosto de 1662, en París, poco después de haber cumplido 39 años. Hoy en día se cree que su muerte pudo deberse a la tuberculosis o un agresivo cáncer de estómago.

Maryam Mirzajani

Maryam Mirzajani cumplió los 40 años, pero murió meses después. El cáncer de mama que padecía acabó con su vida en julio de 2017, dos meses después de alcanzar la cuarentena. A pesar de su muerte prematura Mirzajani desarrolló una carrera brillante que la convirtió, en 2014, en la primera mujer que logró la Medalla Fields en las más de ocho décadas de historia del galardón, considerado el Nobel de las matemáticas. En su palmarés estaban también los premios Blumenthal, Satter y Clay. La Fields la ganó por sus “impresionantes avances en la teoría de las superficies de Riemann y sus espacios modulares”.

Rosalind Franklin

Fuente: NIH

La historia de ciencia está llena de imágenes icónicas. Sin embargo ninguna de ellas es comparable con la que en 1952 obtuvo Rosalind Franklin con la difracción de rayos X. Su famosa “Foto 51” mostraba por primera vez de forma nítida la estructura de doble hélice del ADN.

A pesar de ese éxito Franklin no recibió el reconocimiento que merecía. Su trabajo se filtró a dos investigadores, Watson y Crick, quienes en 1953 publicaron un artículo en Nature en el que exponían su modelo de ADN. Las conclusiones de Watson y Crick enraizaban en la labor de Franklin, pero en su informe solo la mencionan de pasada.

Tras cambiar su campo de estudio, Franklin murió en 1958 a causa de un cáncer de ovarios que le causó probablemente la exposición a las radiaciones durante su labor en el laboratorio. Cuatro años después de su muerte, en 1962, Wilkins, Watson y Crick recibirían el Premio Nobel de Medicina o Fisiología por sus hallazgos sobre el ADN.

60 años sin Rosalind Franklin, la científica ignorada en la doble hélice del ADN

Ferdinand Eisenstein

La misma tuberculosis que acabó con Abel y Ramanujan le causó la muerte también prematura a otro gran matemático: el berlinés Ferdinand Eisenstein. Gracias a la ayuda que le prestó Alexander van Humboldt, a quien no se le escapó su gran talento, pudo avanzar en sus estudios en la Universidad de Berlín. Antes de fallecer en 1852, a punto de cumplir los 30 años, realizó importantes aportaciones a la teoría de formas, las leyes de reciprocidad y las funciones elípticas.

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