Quienes han ahondado en la personalidad de Newton dicen que, junto a su titánica inteligencia, carácter obsesivo e imaginación, uno de los “ingredientes” que más marcó su talante fue su origen. A diferencia de las de muchos de sus colegas, como Edmond Halley, sus raíces rurales estaban bastante lejos de adentrarse en la jet set inglesa.

El futuro Sir Isaac Newton nació en Woolsthorpe y su infancia no fue del todo fácil. Su padre, Isaac, quien había heredado una próspera granja y el título de Lord, murió meses antes de que él naciera. Con apenas dos años tuvo que separarse de su madre y solo por los pelos -gracias a la proverbial intermediación de su tío William Ayscough, quien comprendió las inclinaciones científicas del joven- se libró de una vida pastoreando ovejas.

Durante sus primeros años de estudiante en Cambridge, Newton incluso se vio obligado a completar la frugal paga de 10 libras anuales que le asignó su madre con un empleo como criado de otro alumno mucho más rico y mejor posicionado: Humhrey Babington. Con ese pasado a sus espaldas, a Sir Isaac, hombre estricto y de fuerte carácter, siempre le gustó dejar claro su talante distinguido.

El vínculo que une a Newton y Hawking

Cuando el visitante entra en la abadía de Westminster, camina por su nave central y se topa con el enorme monumento de mármol blanco y gris levantado en honor a Newton, lo primero en lo que piensa es en su infancia y en esa faceta de su personalidad. La efigie, que se erigió en 1731, cuatro años después de la muerte del físico, es obra del escultor Michael Rysbrack y el arquitecto William Kent y luce una inscripción en la que se lee “Aquí yace lo que era mortal de Isaac Newton”. Muy cerca descansan los restos de otros científicos célebres, como Rutherford, Woodward, Darwin, Lyell… Varias placas recuerdan a próceres igual de grandes pero cuyas cenizas reposan en otros puntos del planeta, como Dirac o Faraday. En breve Sir Isaac tendrá un nuevo “vecino” en la abadía: Stephen Hawking. Los restos del astrofísico reposarán al lado de los del autor de los Principia.

No será el primer ni único vínculo entre Newton y Hawking. Además de descansar bajo la cúpula de la abadía de Westminster, ambos físicos compartieron también la Cátedra Lucasiana de la Universidad de Cambridge. Newton fue su segundo miembro, entre 1669 y 1702. Hawking el decimoséptimo, de 1980 a 2009. Ambos la alcanzaron a una edad temprana -26 años el primero, 38 el segundo- y la abandonaron ya ancianos: Newton cuando tenía 60 años y Hawking con 67, cumpliendo así la tradición que establece que todo catedrático lucasiano debe dejar libre el paso a su sucesor cuando frisa la setentena.

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ajjanisch (Flickr)

Desde sus orígenes, en 1663, por esa misma silla de Cambridge que ocuparon Newton y Hawking han pasado casi una veintena de grandes nombres de la ciencia vinculados con Reino Unido. Su primer “inquilino” fue Isaac Barrow, otro de los sabios, por cierto, enterrados en Westminster. El último es Michael Cates, quien desde 2015 puede presumir de ser el decimonoveno lucasiano. Trazar un repaso por los 355 años de la cátedra es hacerlo por la historia de la propia Física y las Matemáticas. Desde los trabajos de Barrow para el desarrollo del cálculo moderno hasta las investigaciones de Cates en la Universidad de Edimburgo con la materia blanda.

El origen de la cátedra

La cátedra debe su nacimiento y nombre a Henry Lucas. Hacia mediados del siglo XVII Henry representó en el Parlamento de Inglaterra a la Universidad de Cambridge, que por entonces estaba lejos de ser un referente académico. Cuando Newton estudiaba en sus aulas -hacia 1660- el centro había perdido empuje y sus maestros aún exigían a los estudiantes que memorizasen a Aristóteles. “En comparación con Oxford era una universidad estancada”, apunta John Gribbin en su Historia de la Ciencia: “Lo único para lo que resultaba adecuada la educación en Cambridge era para ser un sacerdote competente o un mal médico”.

Cuando murió, en 1663, Lucas legó a la universidad los recursos necesarios para abrir una ventana que permitiría airear en parte ese ambiente de Cambridge. En su testamento el exparlamentario dejó instrucciones para que se compraran tierras capaces de dar un rendimiento anual de 100 libras, dinero con el que se fundaría y sustentaría una cátedra de Matemáticas. También entregó a la universidad una rica biblioteca formada por cerca de 4.000 libros. La bautizada como Cátedra Lucasiana se fundó en diciembre de ese mismo año y se convirtió en la primera cátedra universitaria de Cambridge. Prueba de su importancia en la historia de la institución inglesa es que era la primera que se creaba en el centro desde 1540.

Entre sus indicaciones, Lucas dejó estipulado que el profesor que ocupase la cátedra debía impartir al menos una clase de Matemáticas semanal y reservar un mínimo de dos horas cada siete días para atender a alumnos. También le prohibía aceptar cargos eclesiásticos que exigieran vivir fuera de Cambridge o dedicarse a “salvar almas”.

El primero en acceder al cargo fue Barrow, quien antes había desempeñado otra cátedra de griego. Uno de los alumnos que acudió a sus clases magistrales sería precisamente su sucesor: Newton. El matemático decidió dejar la silla lucasiana en 1669 para centrarse en sus estudios de Teología. Poco después fue nombrado capellán real y director del Trinity College. Su papel en este último cargo fue igual de importante. En 1675, para ayudar a Newton, que profesaba el arrianismo, favoreció una dispensa que libraba a los catedráticos lucasianos de tener que tomar las órdenes religiosas.

Una estela de científicos brillantes

A Newton lo sucedió en 1702 su amigo -al menos durante algunos años- William Whiston, un brillante matemático que ha pasado a la posterioridad tanto por su faceta de científico como de teólogo heterodoxo. A la larga ese talante reformador le terminaría costando su cátedra y parte de su prestigio. Ocupó solo durante ocho años la silla lucasiana. Si Newton jugó un papel destacado en la carrera de Whiston, este lo haría también en la trayectoria de quien le sucedió en 1710: Nicholas Saunderson. Matemático de mente ágil, este joven de Yorkshire destacaba por su capacidad para sobreponerse a las dificultades. A pesar de la ceguera que le ocasionó la viruela cuando era niño logró desarrollar una importante carrera e incluso ideó un ábaco especial para que lo pudieran usar los invidentes.

En los años siguientes la estela lucasiana la seguirán John Colson (1739-1760), Edward Waring (1760-1798), Isaac Milner (1798-1820), Robert Woodhouse (1820-1822), Thomas Turton (1822-1826), George Airy (1826-1828), Charles Babbage (1828-1839), Joshua King (1839-1849), George Stokes (1849-1903) y Joseph Larmor (1903-1932). En su inmensa mayoría, todos miembros de la Royal Society. A lo largo de dos siglos hicieron aportaciones al cálculo analítico, teoría de números, astronomía… Babbage, “El Padre de la Computación” desempeñó un papel destacado en el desarrollo de calculadoras mecánicas, Stokes en la dinámica de fluidos y Larmor en la electrodinámica.

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Steff (Wikimedia)

En el siglo XX la vieja silla lucasiana acogió a uno de los científicos más destacados de la historia británica. Su nombre figura en una placa de Westminster, cerca del de Newton y Darwin: Paul Dirac (1932-1969), uno de los fundadores de la mecánica cuántica y la electrodinámica cuántica. En 1928 legó una de sus aportaciones más trascendentales, cuando halló la bautizada como ecuación de Dirac y pudo predecir la existencia de la antipartícula del electrón. Sus Principios de la Mecánica Cuántica, publicado en 1930, figura entre los libros más célebres de la materia y aún se usa hoy, pasadas casi nueve décadas de su salida de imprenta. Un año después de acceder a la cátedra lucasiana recibió el Nobel de Física junto a Erwin Schrödinger por “el descubrimiento de nuevas teorías atómicas productivas”. Al igual que Hawking, cuando cumplió 67 años abandonó el puesto en Cambridge. En la institución inglesa, por cierto, conoció a su esposa.

La llegada y el adiós de Stephen Hawking

A Dirac le siguió el gran matemático nacido en París Michael James Lightill (1969-1980). Cuando al estrenarse la década de los 80 dejó la cátedra de Newton pasó a ocuparla uno de los científicos más célebres y mediáticos de los siglos XX y XXI: Hawking. El oxoniense se mantuvo en el cargo durante el cambio de milenio, hasta 2009.

Según recoge The Conversation, en una entrevista con Hélène Mialet, Hawking -con un sentido del humor e ironía a la altura de su inteligencia- dijo estar convencido de que lo habían nombrado profesor lucasiano porque se esperaba que no le quedara mucho tiempo de vida y su trabajo “no deshonraría los estándares esperados”. A Hawking le habían diagnosticado esclerosis lateral amiotrófica (ELA) con 21 años, cuando le dieron una esperanza de vida de apenas 24 meses. Murió hace unas semanas, con 76 años, tras ceder la cátedra con 67 para cumplir así con la tradición. Su brillante carrera le ha valido, entre otras distinciones, el Príncipe de Asturias o las medallas Copley, Albert Einstein, Hughes y la Presidencial de la Libertad.

El testigo de Hawking lo tomó Michael Green (2009-2015), pionero en la teoría de cuerdas. Desde hace tres años la silla por la que han desfilado algunas de las mentes más poderosas de la historia de la Física y las Matemáticas la ocupa Michael Cates, reconocido físico teórico y uno de los referentes en el estudio de la materia blanda. A Cates aún le quedan diez años para los 67, así que —si su intención es preservar el puesto hasta que la tradición marca el relevo— garantizará otra década de brillantez en la silla lucasiana.

A lo largo de 355 años y casi una veintena de relevos, la cátedra no la ha presidido ninguna mujer. En un guiño a la popular silla lucasiana la serie de ciencia ficción Star Trek Nueva Generación llegó a situar al frente del cargo a un androide… varón: Data. El puesto de Cambridge no marca, en cualquier caso, la única centenaria y prestigiosa dinastía de sabios. Poco antes de que Henry Lucas impulsase su cátedra, en Oxford, en 1619, se fundaban otras dos igual de célebres: las savilianas de Geometría y Astronomía. Uno de los ocupantes de la primera, entre 1704 y 1742, fue Halley, el amigo de Newton y figura clave en la publicación de sus Principia.