Durante el invierno de 1986 el cielo lució un borrón blanquecino, una especie de bola de nieve lanzada con fuerza contra el firmamento nocturno. La misma estampa se toparon los amantes de las estrellas en 1910. Y en 1835. Y en 1759, 1682, 1607… Antes de la era cristiana, ya en el 239 a. C. los astrónomos chinos habían avistado este peculiar cuerpo celeste. Algunos expertos afirman incluso –como recogía en 2010 un artículo del Journal of Cosmology– que se pueden encontrar menciones en la Grecia clásica que se anticipan en dos siglos a las de sus colegas asiáticos. Hoy sabemos que detrás de todos esos fenómenos se ocultaba el mismo responsable: el cometa Halley.

Hacia 2061 este peculiar viajero galáctico volverá a asomarse a la Tierra para iluminar a los octogenarios que siendo aún niños lo contemplaron embobados durante su último pase. Como le ocurrió al escritor Mark Twain, hay vidas que “llegan y se van” con esa imagen rutilante grabada en la retina. Hoy se disfruta con fascinación. Durante siglos hubo quien leyó en su brillo vaticinios funestos. En el Tapiz de Bayeux, por ejemplo, se presenta como un adelanto de la conquista normanda que sacudió Inglaterra en 1066. Siglos después, en 1456, el papa Calixto III interpretó que aquel cúmulo de hielo, polvo y rocas era cosa del demonio y decidió excomulgarlo.

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NASA/W. Liller (Wikimedia)

Aunque desde la Antigüedad grandes observadores -Apiano, Kepler, Regiomontano o Longomontano, entre otros- habían reparado en el mismo trashumante celeste, los ojos capaces de desentrañar sus misterios fueron los de Edmond Halley. Suyo es el mérito de calcular su órbita elíptica en 1705 y anticipar su regreso para finales de 1758 o primeros de 1759 gracias a la teoría de la gravedad y las leyes de la mecánica de Newton. El genio de Halley le ha ligado para siempre al astro que lleva su nombre. Y de paso, le permitió dar un importante espaldarazo a las teorías de su colega Newton.

“Halley no descubrió este particular cometa. Hizo algo más importante” –apuntaba John Noble Wilford a finales de 1985 en el New York Times-. “Determinó que los cometas no viajan en línea recta o en órbitas parabólicas, que pasan una vez para nunca ser vistos de nuevo; sus órbitas son elípticas, una especie de círculo aplastado”. Solo unos meses después de ese artículo y pasados casi tres siglos de la predicción de Halley, en marzo de 1986 la sonda espacial Giotto se aproximaba a escasos 600 km del cometa, atravesaba su cola y aportaba nuevos datos sobre el fascinante cuerpo celeste.

Edmund Halley, un Jack Sparrow con telescopio

Por más brillante que sea la trayectoria de este cometa no ensombrece la del propio Edmund Halley, uno de los científicos más fascinantes de los siglos XVII y XVIII. Erudito versátil, dotado de una determinación de acero, paciente… y un talante genuino cuyo periplo distaba mucho del de sus colegas de la Royal Society. Aunque a lo largo de su vida se codeó con próceres como Isaac Newton o Robert Hooke y estuvo muy implicado en la sociedad londinense, el astrónomo británico es probablemente lo más parecido a un Jack Sparrow con telescopio. Durante su juventud protagonizó sonados líos de faldas, vivió largas temporadas embarcado como capitán de la Armada, se aficionó a lanzar juramentos ante sus escandalizados colegas de Londres y no ocultó su gusto por el licor. Se sospecha incluso que durante algunas épocas compaginó sus investigaciones con el espionaje.

Cartógrafo, inventor de una campana de buzo, poeta y traductor de obras clásicas en latín, pionero en la elaboración de mapas meteorológicos y tablas de mortandad, figura decisiva que alentó la publicación de los PrincipiaHalley fue un sabio polifacético. Como apuntó el físico Philip Morrison –miembro del Proyecto Manhattan-, su gran “desgracia” fue ser coetáneo precisamente del científico más grande de la historia: Newton. La alargada sombra de Sir Isaac deslució en parte un legado intelectual de primera.

Uno de los episodios que mejor revela la personalidad de Halley lo encontramos a finales del siglo XVIII. Desentrañar los secretos de las estrellas era entonces mucho más que una ambición intelectual en Gran Bretaña. Sus importantes aplicaciones para la navegación y, sobre todo, el miedo a los progresos de Francia en ese campo, habían llevado a la Corona inglesa a construir el Observatorio Real de Greenwich y nombrar en 1675 a un astrónomo real: John Flamsteed. En ese contexto no resulta extraño que cuando en 1693 Halley y su colega de la Royal Society Benjamin Middleton le propusieron al Ministerio de Marina emprender una expedición para estudiar el magnetismo terrestre y sus usos para la navegación recibiesen un sí entusiasta.

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Mike Peel (Wikimedia)

Halley ya gozaba por entonces de un prestigio considerable. Años antes había destaco en sus observaciones de los cielos del hemisferio austral -durante una expedición a la isla de Santa Helena- y también había tenido tiempo de actuar como “comadrona” de los Principia de Newton, obra que llegó a financiar de su propio bolsillo. Incluso se permitió cuestionar la fecha de la creación, que en su época se fijaba en el 4004 a.C. A la vista de semejante currículum la mismísima reina María II ordenó que construyesen un pequeño navío de 16 metros de eslora y 5 de ancho para su expedición: el Paramore. El barco se botó en 1694, pero no zarparía hasta años después, en 1698. Antes se nombró a Halley patrón y comandante, una decisión inaudita como recuerda el escritor John Gribbin: “Es el único caso de un hombre al que, sin ser marinero, se le haya dado un grado de oficial para actuar como si fuera realmente capitán de un barco de la Armada Real”.

Durante esa singladura de un año por el Atlántico Sur Halley se comportó como un lobo de mar. Uno de los retos a los que tuvo que enfrentarse fue el enfado de su primer lugarteniente, Edward Harrison, un oficial de cepa al que no le hacía ni pizca de gracia estar a las órdenes del astrónomo. Con la ayuda de Harrison o sin ella, la expedición fue un éxito y retornó a Inglaterra en 1699. Halley no tardó ni tres meses en lanzarse de nuevo al mar para continuar con sus observaciones del magnetismo. En 1701 volvía a tomar el timón del Paramore para estudiar las mareas en el canal de la Mancha. Hoy en día se sospecha que, además de su trabajo científico, tenía encomendadas labores de espionaje e inspección de las defensas galas.

A su regreso a Gran Bretaña se presentó la oportunidad que Halley llevaba años esperando para ocupar la Cátedra Saviliana de Geografía de Oxford. Aunque logró acceder a la plaza en 1704 no todos sus colegas lo veían un candidato idóneo. Queda para la historia uno de los comentarios que hizo John Flamsteed cuando se quejaba de cómo el astrónomo había regresado de sus aventuras en alta mar.

Ahora habla, jura y bebe brandy como un capitán de la Marina –lamentó el astrónomo real. Parece que por esa época a Halley le gustaba además que se refirieran a él como “capitán”.

Aunque hay motivos para pensar que Flamsteed era un hombre de carácter complicado –durante años mantuvo “secuestrados” las mediciones tomadas en Greewich alegando que la Corona no había financiado su labor- y que bien pudo molestarle el nuevo talante del “capitán Edmond”, sus reparos enraizaban probablemente bastantes años atrás. Cuando Halley era un veinteañero protagonizó varios escándalos amorosos que no casaban muy bien con la sobriedad del observador real. El más sonado fue el que circuló con la mujer del viejo astrónomo Johannes Hevelius. Se cuenta que cuando Halley lo visitó en Danzing, en 1679, para consultar sus mediciones, hizo algo más que buenas migas con la joven esposa del polaco. Verdad o rumor, la realidad es que cuando tiempo después le llegó el bulo de que Johannes había muerto se apresuró a enviarle a su viuda un lujoso vestido de seda.

Ya en su cátedra, Halley publicó en 1705 A Synopsis of the Astronomy of Comets, obra en la que avanzaba que el astro que había observado en 1682 regresaría hacia 1758. A lo largo de su vejez, “el capitán” se mantuvo activo y prolífico. En 1720 –tras la muerte de Flamsteed- ascendió al cargo de astrónomo real. El viejo bucanero falleció el 14 de enero de 1742, con 85 años, sin la oportunidad de ver confirmadas sus grandes previsiones. El tiempo sin embargo le dio la razón más allá de la tumba. El cometa que hoy luce su nombre se dejó ver de nuevo tras la Navidad de 1758 y en 1761 y 1769 ocurrió lo mismo con los tránsitos de Venus que también había predicho.