Las películas de M. Night Shyamalan, que ha lanzado ahora Tiempo (2021), hay que verlas. Se le ha atizado sin piedad, muy injustamente en el tono, por los fiascos seguidos que perpetró durante una temporada demasiado larga, pero sus estrenos deben ser una de nuestras citas obligatorias e ilusionantes en las salas de cine. Igual que los de Martin Scorsese, Steven Spielberg o Alejandro González Iñárritu. Porque se lo ha ganado.

No ya debido solo a dos maravillas como El sexto sentido (1999) y El protegido (2000) y a esas tres obras interesantísimas que son Señales (2002), El bosque (2004) y Múltiple (2016) ni por su notorio talento audiovisual. Este director indoestadounidense nos brinda propuestas que se distinguen en sus planteamientos de la inercia aborregada de Hollywood; y nada más que por ese motivo, aunque la pifie, se merece siempre nuestra atención y respeto intelectual. Al menos, él puede decir que lo intenta.

Casi todos los filmes de M. Night Shyamalan tienen guiones originales y, en cualquier caso, los catorce que nos ha ofrecido hasta la fecha los firma como cineasta total, en solitario. Tratándose de su mayor costumbre, sorprende que se haya decidido por una adaptación para la inquietante Tiempo, la de la novela gráfica Castillo de arena, de Pierre Oscar Levy y Frederik Peeters (2010). En especial, cuando su fracaso más clamoroso fue la traslación a la gran pantalla de Avatar: La leyenda de Aang, serie de animación de Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko (2005-2008), con The Last Airbender (2010).

El enfoque impasible ante el horror de ‘Tiempo’

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Pero parece que el cineasta no alberga temores creativos, ni para el reto que supone sostener la sensación de estremecedora alarma que requiere sin titubeos una intriga como esta, en la que se junta la desorientación fantástica y el horror de la cuenta atrás irreversible hacia lo que los seres humanos más tememos.

Con unos insistentes movimientos de cámara en vaivén, algún estupendo plano secuencia y un ojo sereno e implacable que capta la angustia de los protagonistas, M. Night Shyamalan triunfa en su propio desafío; ayudado en todo momento por la amenazante banda sonora del aún poco conocido Trevor Gureckis, que ha escrito las partituras de El jilguero (John Crowley, 2019), Servant (Tony Basgallop, desde 2019), producida por el realizador, o Voyagers (Neil Burger, 2021).

Y, por supuesto, gracias al trabajo irreprochable de sus intérpretes: Gael García Bernal (Babel) y Vicky Krieps (El hilo invisible) en la piel de Guy y Prisca Cappa, Rufus Sewell (El padre), Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera) como Charles y Chrystal, Ken Leung (Lost) y Nikki Amuka-Bird (Luther) encarnando a Jarin y Patricia Carmichael o Aaron Pierre (Krypton) como Mid-Sized Sedan; además de Alex Wolff (Hereditary), Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit), Embeth Davidtz (La lista de Schindler) y Eliza Scanlen (Heridas abiertas) en sus roles.

Los problemas del guion de M. Night Shyamalan

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No obstante, si algunas pegas se le pueden poner a Tiempo, debemos empezar por que M. Night Shyamalan no aprovecha como guionista tanto como le sería posible las posibilidades de su trama aterradora. Pese a los espeluznantes giros, estos no se han desarrollado mucho y los dramas particulares que los sostienen se construyen con pinceladas, y eso les resta fuerza como al conjunto del filme.

Mientras que, profundizado en sus circunstancias con una elocuencia mayor, aquí no tan pobre como en El incidente (2008), y tirando más del hilo de las situaciones sobrecogedoras, el golpe emocional en la retina y el ánimo del espectador hubiese aumentado sin duda.

El otro asunto impertinente depende de la vieja unidad de lugar según Aristóteles porque, cuando Tiempo nos plantea una tesitura de gran peligro en un espacio sin aparente escapatoria como en Cube (Vincenzo Natali, 1997), Saw (James Wan, 2004) o El Hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019), el argumento debe concentrarse en el mismo y exprimir sus capacidades opresivas hasta el límite. Esto último no lo cumple M. Night Shyamalan y, de todos modos, su primer tramo ya lo descartaba.

Pero la falta inaudita de sutileza en la exposición de lo que ocurre durante la parte última rompe con el espanto que se había construido en el nudo de la narración, justo lo opuesto a lo que nos ofrece en El bosque. Y, como opta por dilatarlo más de lo que convendría hasta una escena complaciente, casi pisotea sus logros anteriores. Así que hay que reconocer que el final de Tiempo es uno de sus mayores problemas.