Tal vez el terror y la comedia sean los dos géneros cinematográficos en los que resulta más difícil conseguir una obra decente; al menos, a tenor de la cantidad de propuestas cómicas o terroríficas fallidas e incluso de despropósitos con los que la industria y los cineastas pierden su capital y su tiempo, la bolsa y la vida. Así, multitud de comedias carecen de gracia, de ingenio y de ritmo, y montones de filmes de horror se contentan con repetir fórmulas gastadísimas que le hacen poner a uno los ojos en blanco y que no inquietan ni lo más mínimo a estas alturas, y con inundar la gran pantalla de sangre roja y groseras vísceras, por lo que, en vez de miedo, lo que producen es auténtico asco y, sobre todo, un incontenible hastío.

Por estas razones, que el director neoyorkino Ari Aster nos entregue una película como Hereditary (2018) podría regocijarnos tras verla si no fuese porque uno abandona la sala de proyección con cierto pasmo y sobrecogimiento. La comedia, no obstante, continúa a la expectativa de su propio y nuevo milagro, ese que tarda tantísimo en llegar y que los seguidores del cine de terror tienen ya disponible al precio de una entrada. Porque esta obra escrita también por el propio Aster, quien en años anteriores había realizado seis cortos de distintos géneros, se aleja completamente de los planteamientos habituales del terror en cuanto a su dinámica para horrorizar a los espectadores, y esto merece nuestro mayor agradecimiento.

hereditary ari aster
PalmStar, Windy Hill

Si bien no hay que negar que el filme se adentra en el tipo de argumento tan explotado de familias asediadas por algún mal indecible, con espíritus insidiosos, espeluznantes rituales y posesiones embarazosas, de los que el cine ha acumulado ya carretadas, Hereditary no es de ningún modo la típica colección de sustos con la que se sentirían satisfechos aquellos que únicamente se acomodan en las salas de proyección como quien se sube al tren de la bruja en algún parque de atracciones y espera los escobazos, ni un ramillete de secuencias de persecución y casquería con las que sólo se consigue acumular amputaciones, tripas expuestas y cadáveres y dejarlo todo como si la Tomatina de Buñol hubiese tenido lugar en el set de rodaje.

El cineasta de Nueva York comprende muy bien que el terror adulto, el que no resulta efímero en la memoria de los espectadores y se hunde en sus entrañas como el cuchillo de un infame homicida de motivaciones no pueriles, se sustenta sobre todo en la construcción de una atmósfera escabrosa e inquietante, que en Hereditary llega al envidiado grado de malsana, y en la elaboración de secuencias cuyos elementos terroríficos huyen del mal gusto, se sumergen en las aguas oscuras de la excentricidad tétrica y sus espantos y los hay que hasta pueden lograr la difícil categoría icónica, y así, nos causan tremendos escalofríos sin necesidad de sobresaltos, con un montaje pulcro, libre de mecanismos artificiosos y preñado de hipnotismo.

hereditary ari aster
PalmStar, Windy Hill

Pero esta capacidad hipnótica de lo horripilante en Hereditary, que nos empuja a contemplarla en ocasiones con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, no sería la que es sin la exótica partitura del prometedor Colin Stetson (Blue Caprice), ni sin actores de la talla de Toni Collette (El sexto sentido, Las horas) como Annie Graham, que sube el nivel enteros; Gabriel Byrne (Excalibur, Miller's Crossing, The Usual Suspects), que le proporciona todo su empaque a Steve Graham; el esforzado Alex Wolff (Jumanji: Bienvenidos a la jungla) en la piel de Peter Graham, la perfecta principiante que es Milly Shapiro como Charlie Graham o la maravillosa Ann Dowd (The Leftovers, The Handmaid's Tale) interpretando a Joan.

Ellos, junto con los demás componentes del equipo a las órdenes de Ari Aster, nos han regalado Hereditary, la película más estremecedora de la temporada, en la que oímos el eco lejano de la mítica Rosemary's Baby (Roman Polanski, 1968), de la tristemente fallida La llave del mal (Ian Softley, 2005) e incluso de la un tanto sobrevalorada Get Out (Jordan Peele, 2017); no una joya extraordinaria en absoluto, pues le faltaría ir mucho más allá en la inventiva de su peripecia del horror y se encuentra por debajo de otras menos rompedoras como The Conjuring 2: The Enfield Poltergeist (James Wan, 2016), pero sí un ejercicio que sirve para dignificar un género tan castigado como el terror y sacudir a los espectadores a base de bien.