Desde que en 1936 la Unión Matemática Internacional (IMU, en inglés) entregó la primera Medalla Fields —el considerado como Premio Nobel de la disciplina— la codiciada presea ha pasado por las manos de 56 eruditos. Manos de europeos, americanos, asiáticos, africanos y oceánicos. En plena Guerra Fría la acariciaron dedos soviéticos y estadounidenses.

En 1970, cuando el mundo se recuperaba aún del anuncio de la separación de los Beatles, la IMU reunía en un mismo estrado a académicos de Japón, Reino Unido, EE UU y la URSS para entregar la medalla. A lo largo de sus más de 80 años de historia el 'Nobel' de los matemáticos llegó a la estantería de un físico y hubo incluso quien renunció a ella, como el excéntrico y genial ruso Grigori Perelman.

En esa larga lista de más de medio centenar de galardonados sin embargo solo hay una mujer: la iraní Maryam Mirzakhani, una de las matemáticas más brillantes de principios del siglo XXI. Hoy se celebra el primer aniversario de su muerte.

Mirzakhani rompió tabús en Irán

La imagen de Mirzakhani del 13 de agosto de 2014, mientras recibe la Medalla Fields de manos de la expresidenta de Corea del Sur (Park Geun-Hye) forma parte ya del archivo fotográfico de la Historia de la Ciencia en mayúsculas, el mismo en el que descansan la foto del Congreso Solvay de 1927 o la instantánea familiar de 1902 en la que se ve a los tres Nobel de la familia Curie: Marie, Pierre y su hija Irène.

En cierto modo al igual que Marie o Irène, Mirzakhani es recordada por sus grandes logros científicos, pero también por su ejemplo. En 2014 no solo se convirtió en la primera mujer en recoger la Medalla Fields. En 80 años de historia del galardón destacó además como la primera iraní en conseguirlo. El orgullo que sintió el país al ver a su compatriota con el Nobel de las matemáticas en las manos hizo que su sociedad se saltase ciertos tabús.

Como destacaba El Confidencial tras la muerte de la científica, en 2014 medios iraníes —la agencia ISNA, por ejemplo— publicaron fotos de la joven sin velo. El fenómeno se repitió en 2017, cuando el rostro de Maryam volvió a sonreír sin hijab desde las portadas de diarios nacionales.

Una inspiración para mujeres científicas

La matemática no solo franqueó muros de género y culturales. La lucha que emprendió contra el agresivo cáncer de mama que acabaría con su vida en 2017 —con 40 años— la convirtió también en un referente. Mirzakhani recibió el diagnóstico en 2013, meses antes de recoger el mayor reconocimiento académico al que podía optar y pocos años después de dar a luz a su hija.

Cuando en 2014 esgrimió la medalla en Seúl su delicado estado de salud le obligó a limitar la exposición ante los medios, sedientos de cazar el testimonio de la primera mujer —¡e iraní!— en subirse al estrado para recibir la Fields. Aun así dejó testimonios inspiradores. “Seré feliz si esto anima a las mujeres científicas y matemáticas jóvenes. Estoy segura de que habrá muchas más mujeres que ganen este tipo de premio en los próximos años”, explicaba la galardonada.

A pesar de su batalla contra la enfermedad, Mirzakhani recayó de un cáncer que ya afectaba a su médula ósea. El profesor de la Universidad de Toronto y amigo de Maryam, Kasra Rafi, explicaba en 2017 a la revista Nature cómo había encontrado a su colega durante una visita a finales de 2016.

“Caminamos desde su casa en Palo Alto al departamento de matemáticas de Stanford para escuchar una conferencia […]. Nos detuvimos cada pocos minutos a lo largo del camino para que ella pudiera acostarse en un banco para descansar” —rememoraba el docente— “Maryam me dijo que no quería tomarse un permiso de larga duración del trabajo por su enfermedad y que le gustaría continuar con sus responsabilidades como editora de Journal of the American Mathematical Society. No pude resistirme a hablarle sobre los problemas matemáticos en los que estaba pensando y a pesar de todo lo que sucedía en su vida estaba feliz de escuchar y ofrecer ideas útiles”. Siete meses después el cáncer agotaba sus fuerzas.

En un artículo publicado a modo de obituario en Quanta Magazine, Moira Chas, matemática de la Universidad de Stony Brook, evoca la energía y humanidad que marcaban el carácter de la iraní. “Tras una de sus conferencias caminamos juntas charlando. De repente llegó la voz de una niña desde la habitación continua y Maryam exclamó: ‘¡Anahita!’ La voz pertenecía a su hija. La exclamación de Maryam iluminó la habitación. Sonaba totalmente diferente de lo que había hecho durante la conferencia. Toda su humanidad estaba en la exclamación”, rememoraba.

El otro mimbre que se entrelazaba en su carácter era —según quienes la conocieron— una modestia ejemplar. “Maryam destacaba como una brillante teórica de las matemáticas y además una persona humilde que aceptaba los honores solamente con la esperanza de que eso sirviera para estimular a otros a seguir su camino”, revelaba tras su muerte Marc Tessier-Lavigne, presidente de la Universidad de Stanford, a la BBC.

De las letras a los números y las fórmulas

¿De dónde venía Mirzakhani? Al igual que a muchos grandes científicos —como Marie Lavoisier o Caroline Herschel— el camino le salió en cierto modo al paso. De niña Maryam tenía muy claro que quería ser escritora, convertirse en una alfarera de las palabras para dar forma con ellas a otros mundos, personajes e historias. Durante un tiempo se dejó llevar por aquella pasión literaria, hasta que un día —cuando aún estaba en la escuela— uno de sus tres hermanos mayores compartió con ella la lección que había aprendido esa mañana en clase de matemáticas. La niña se quedó prendada de aquel desfile de números y fórmulas.

El flechazo de Maryam con las matemáticas duraría ya hasta su último día. Tras despuntar en su Teherán natal en un concurso de informática arrancó una carrera meteórica. Asistió a la escuela secundaria NODET (Organización Nacional para el Desarrollo de Talentos Excepcionales) de Farzanegan, en 1994 y 1995 ganó las medallas de oro de las Olimpiadas Matemáticas Internacionales y cuatro años después logró su título en la materia por la Universidad Tecnológica de Sharif (Teherán).

Su talento no pasó inadvertido para los grandes centros extranjeros dedicados a la investigación. De Irán dio el salto a Harvard (EE UU), donde se doctoró en 2004 con una tesis rompedora en el campo de la geometría hiperbólica. Durante los cuatro años siguientes trabajó como investigadora del Clay Mathematics Institute y asistente de matemáticas en las prestigiosas aulas de Princeton. Cuando apenas contaba 31 años se incorporó al claustro de la Universidad de Stanford. En 2009 y 2013 sumó dos nuevos galardones a su estantería: el Premio Blumenthal de la American Mathematical Society y el Ruth Lyttle Satter, que desde 1991 reconoce a grandes mujeres matemáticas.

La Fields, el metal más ansiado por los académicos, que destaca a los grandes talentos menores de 40 años, llegaría a modo de colofón en 2014 por los avances de Mirzakhani en “las superficies de Riemann y los espacios moduli”. “Es como estar en la jungla y usar todo el conocimiento que tienes para hallar una salida”, comentaba cuando le inquirían por su agotadora búsqueda de soluciones. A lo largo de su vida no perdió la chispa de creatividad que de niña le impulsó a escribir relatos.

Otra de las instantáneas que la fijan a la retina de la historia la muestra de rodillas en el suelo y con expresión concentrada mientras garabatea esquemas en un gran folio desplegado sobre la tarima. “Es divertido, es como resolver un rompecabezas o conectar los puntos en un caso de detectives”, confesaba.