Después de dar saltos de alegría, batir palmas, descorchar una botella de champán o —en el caso de Arquímedes— salir de un salto de la bañera para correr en pelotas por las soleadas calles de Siracusa al grito de “Eureka”, lo primero en lo que debe de pensar un científico cuando descubre una nueva ley-planeta-elemento… es: ¿Y cómo diablos llamo yo ahora a esto?

El astrónomo William Herschel era muy bueno en lo primero y bastante malo en lo segundo. Su habilidad con los telescopios le permitió grandes hazañas. Incluso fue el primero en descubrir un nuevo planeta en cientos de años, desde que en la Antigüedad los sabios habían señalado al cielo nocturno para identificar a Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. A la hora de bautizar esos logros científicos sin embargo no solía dar en el clavo.

Cuando anunció el nombre que quería dar al nuevo planeta quedó como el mayor de los pelotas en Gran Bretaña y un repelente más allá del Canal de la Mancha. Al proponer años después un término para referirse a Ceres, el cuerpo celeste identificado por Giuseppe Piazzi desde Palermo, le ocurrió algo similar: sugirió una palabra que hoy triunfa en el vocabulario astronómico, pero que entonces causó no poco pitorreo entre sus contemporáneos.

Ironías del destino, si algo dominaba Herschel —además de la astronomía— era la musicalidad, la acústica y las claves de cómo regalar los oídos de quienes lo escuchaban. Durante su infancia en Hannover, había recibido una esmerada educación como músico que le permitía tocar el violonchelo, el oboe, el violín, el piano, el arpa y el órgano, además de componer y dirigir. Esta es la historia de cómo uno de los mejores astrónomos de la historia y —sin duda— el que disfrutaba del más refinado oído musical, cometió sonoros patinazos al escoger nombres.

Herschel, de la música a la astronomía

A base de mucho trabajo, de horas y horas puliendo cristales en su taller y otras tantas con las cejas pegadas al telescopio, a principios de 1781 Herschel había conseguido convertirse en un astrónomo competente. Un par de décadas antes —hacia 1760— se había mudado desde Hannover a Gran Bretaña para huir de un futuro en el ejército que se prometía generoso en calamidades.

En tierra inglesa el joven se dedicó a lo único que sabía: la música. Primero trabajó como copista de partituras, hasta que en 1767 se convirtió en organista de la Octagon Chapel, en Bath. Entre pausa y pausa con el teclado, Herschel inició un maratón intelectual que le convertiría en uno de los grandes científicos del siglo XVIII: se interesó por la acústica, que le sirvió de puerta a las matemáticas, que a su vez actuaron de trampolín para la óptica y de esta… De esta pasó a la astronomía.

Hacia 1773, con 35 años, el hannoveriano se asomó a las páginas de su primer libro sobre el estudio de los astros. Por esa misma época (1772) ocurría otro de los grandes hitos que marcarían su carrera científica: su hermana Caroline, mujer de gran inteligencia que compartía la pasión por las estrellas, se mudaba a vivir con él. Su ayuda resultaría decisiva para que Herschel pudiera realizar su labor investigadora.

Durante sus primeros años en Gran Bretaña, Herschel no solo se convirtió en un astrónomo consumado. Con las indicaciones de un óptico de Bath empezó a pulir espejos metálicos y a probar con aleaciones en una fundición que montó en el sótano de su propia casa. Entre sus paredes pasó horas y horas de trabajo hasta que —recuerda Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN)— logró dar forma a su primer telescopio: un reflector de tipo newtoniano con una longitud focal de casi 2 metros y 15,5 centímetros de diámetro.

Con los años —y la ayuda decisiva de Caroline— llegaría a convertirse en un hábil artesano. Su obra más famosa es el “telescopio de 40 pies”, un cíclope titánico para ver las estrellas dotado de un espejo de 1,22 m de diámetro.

Urano, el planeta descubierto por Herschel

Asomado a su telescopio, una noche de principios de marzo de 1781 Herschel reparó en algo que llamó su atención. El día 13 escribió en su cuaderno una nota en la que reseñaba haber observado “una curiosa estrella difusa […], visiblemente más grande que el resto”. El músico de Hannover no era el primero que la contemplaba. Otros muchos eruditos con una educación formal se habían fijado antes en aquella misma figura brillante, entre ellos John Flamsteed, primer astrónomo real de Gran Bretaña e impulsor del Observatorio de Greenwich. Su conclusión había sido siempre la misma: se trataba de una estrella.

Herschel se fijó sin embargo en que aquel supuesto astro sin pena ni gloria tenía forma de disco y se desplazaba, por lo que en un principio concluyó que debía tratarse de un cometa. Más tarde se comprobaría que el hallazgo tenía un calado mayor: lo que tenía ante él era un planeta. Un nuevo planeta. El primero que se descubría desde la Antigüedad, con permiso de las observaciones de Copérnico que hicieron comprender que también la tierra que pisaban los eruditos era un mundo más.

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Fuente: NASA.

Cuando trascendió el calibre del hallazgo la fama del joven músico se disparó. Quizás con el recuerdo todavía reciente de sus años como “pluriempleado” —organista de día, astrónomo de noche— o del duro camino que había tenido que labrarse como emigrante tras desembarcar en Gran Bretaña, Herschel decidió aprovechar la oportunidad para garantizarse el futuro.

El astro que cabreó a los astrónomos

Su decisión fue la misma que habían tomado muchos otros científicos antes y que adoptarían otros tantos después de él, hasta hoy: dorar la píldora todo lo posible al poderoso de turno. Y quien mandaba en la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII era el rey Jorge III. A pesar de que algunos astrónomos le sugirieron que llamase Herschel al nuevo planeta para inmortalizar así su apellido, el músico tenía otros planes en mente. Lo bautizó Georgium sidus (astro Jorge, en latín).

El monarca de la casa de Hannover quedó encantado. A finales de 1781 el antiguo organista de Bath se incorporó a la Royal Society, el rey lo nombró astrónomo de la Corte —lo que les valió una asignación a él y a su hermana Caroline— y pudo centrarse en lo que más le gustaba: perfeccionar sus telescopios y sondear con ellos los secretos del firmamento nocturno.

La satisfacción de Jorge III al verse convertido en un astro titilante de la noche a la mañana fue inversamente proporcional al cabreo de los astrónomos de otros países —sobre todo alemanes y franceses— al enterarse de la elección de Herschel. El suizo Jean Bernoulli propuso rebautizar aquel lejano planeta como Hipercronius (“más allá de Saturno”). El alemán Johan Elert Bode era partidario de respetar la tradición mitológica que tan bien había funcionado hasta entonces y llamarlo Urano. Desde Francia, Joseph Lalande se mostraba más conciliador que sus colegas y abogaba por quedarse con el apellido del descubridor, con lo que el astro debería denominarse Herschel.

En Gran Bretaña… En Gran Bretaña Herschel optó por centrarse en sus lentes y hacer oídos sordos a aquel tira y afloja europeo. No tocó ni una letra del nombre que había escogido y para alegría del rey inglés su planeta siguió siendo Georgium Sidus.

Herschel no dio su brazo a torcer

Ocho años después, en 1789, el químico alemán Martin Klaproth quiso reavivar el debate y usó la deidad propuesta por Bode para designar el elemento que acababa de descubrir: el uranio. A pesar del enfado de franceses y germanos o del guiño lanzado por Klaproth, Herschel dio muestras de una cabezonería épica. Se murió en agosto de 1822 sin dar su brazo a torcer.

Pero la historia tenía otros planes para aquel lejano astro desenmascarado en 1781 y poco a poco triunfó la propuesta de Johan Bode. Si había que retirarle el cuerpo celeste a un rey, qué mejor excusa para hacerlo que otorgárselo a un titán. ¿Por qué Urano? Para seguir la tradición de deidades clásicas: Júpiter era el padre de Marte, Saturno era el padre de Júpiter y el gigantesco Urano era a su vez el progenitor de Saturno.

Gegorgium sidus se mantuvo como Gegorgium sidus aún durante varias décadas, hasta que a mediados del XIX —muerto Herschel y muerto el rey Jorge III— Gran Bretaña aceptó cambiar la denominación oficial del planeta y aceptó el término que en la práctica ya usaba la mayor parte de los astrónomos: Urano.

El segundo error de Herschel

El segundo “traspiés” léxico lo tendría Herschel años después, cuando buscaba una palabra con la que referirse al astro identificado por Piazzi en 1801. El religioso italiano creía haber dado con el planeta que —según la Ley de Titus-Bode— debía ocupar el espacio entre Marte y Júpiter y lo bautizó Ceres. La característica más llamativa del supuesto planeta descubierto por Giuseppe Piazzi era su pequeño tamaño. Poco después se identificaron otros tres cuerpos con unas dimensiones más reducidas de lo habitual: Palas, Vesta y Juno, “cazados” por el astrónomo de Bremen Heinrich Olbers entre 1802 y 1807.

Cuando Herschel echó mano de sus potentes telescopios para contemplar Ceres percibió algunos detalles que le chirriaron. Su tamaño lo convertía en un auténtico enano celeste, más pequeño incluso que la Luna, y para colmo estaba rodeado de otros astros de una talla igual de sospechosa. El descubridor de Urano —el eterno Georgium sidus, para él— concluyó que aquello no podían ser planetas al uso y acuñó un nuevo término para referirse a ellos: asteroide, algo así como “de forma estelar”.

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NASA (Wikimedia)

Cómo Herschel llegó a esa palabra es un capítulo no del todo claro. El historiador Clifford Cunningham sostiene —tras consultar la Biblioteca Beinecke, de la Universidad de Yale— que el padre del término fue en realidad el músico inglés Charles Burney, uno de los amigos a los que el astrónomo alemán habría pedido consejo mientras buscaba un vocablo con el que referirse a Ceres. De todas las sugerencias que recabó, asteroide sería la que más le convenció y la que propuso a los expertos.

Lo que sí parece más claro es que a principios del XIX el término asteroide no obtuvo mucho éxito. A los contemporáneos de Herschel les pareció ridículo y Ceres se mantuvo en el listado de planetas durante décadas, hasta que el desarrollo de la tecnología permitió identificar otros muchos cuerpos similares. Como recuerda Rafael Bachiller, a finales del siglo XIX se conocían ya más de 300 asteroides. Desde hace años Ceres ya no se considera ni un planeta ni un asteroide sino un “planeta enano”, categoría que comparte por ejemplo con Plutón.

No estuvo solo: los errores de Piazzi y Bode

Si Herschel quiso dorarle la píldora a Jorge III en 1781, al bautizar con su nombre el nuevo planeta, Piazzi no se quedó atrás. El italiano escogió la palabra Ceres en homenaje a la diosa protectora de Sicilia, pero la acompañó de la palabra Ferdinandea en un guiño al monarca Fernando IV de Nápoles. La suerte que correría ese “apellido” sería la misma que la de Georgium sidus: no aguantó el paso del tiempo.

Herschel y Piazzi no fueron los únicos que hicieron lo que les dio la gana a la hora de escoger nombres. Si alguien se lleva la palma al bautizar a lo loco es el astrónomo germano Johann Elert Bode, el mismo que se enfurruñó cuando su compatriota elevó al monarca inglés a las alturas celestes. Los impresores de Uranographia, un atlas astronómico editado en 1801, debieron de quedarse pasmados al ver los nombres con los que Bode designaba algunos de las 17.240 astros y constelaciones que incluía. Officina Typographica, Apparatus Chemica o Globus Aerostaticus son solo algunas de las lindezas por las que se decantó.

Una gran carrera científica no garantiza que seas capaz de dar nombres sonoros a tus descubrimientos. Ni siquiera cuando de las paredes del observatorio desde el que contemplas las estrellas cuelga un título que te avala como músico y compositor.