El 10 de marzo de 1977, un avión se disponía a partir del aeropuerto de Perth (Australia) hacia el sur del océano Pacífico. Sin embargo, no iba a ser un vuelo ordinario ni un viaje precisamente corto. El objetivo en realidad era transportar un telescopio hasta los 12.500 metros de altura, con el fin de situarse por encima del vapor de agua de la atmósfera terrestre y así poder observar por primera vez la ocultación de una estrella provocada por el planeta Urano. Solo había una oportunidad, e incluso en el mejor escenario, existía un 17% de probabilidades de que el observatorio se localizara justo al norte del borde norte de la ocultación, lo que impediría capturar el momento. Las circunstancias no eran desde luego favorables, lo que aumentaba el nerviosismo de James Elliot minutos antes del despegue.

A las 22:37 h de la noche, el avión enfiló la pista del aeropuerto de Perth. Cinco horas y media más tarde, los investigadores comenzaron a preparar el instrumento montado sobre la aeronave C-141 Starlifter. El objetivo no era otro que esquivar la capa de vapor de agua de la atmósfera terrestre, que absorbe la radiación infrarroja evitando que alcance la superficie terrestre. Cuando el avión estuviera situado a 12.500 metros de altura, una falsa ventana de la nave se abriría para inmortalizar a Urano cuando pasara entre la estrella SAO 158687 y la Tierra. La apertura era en realidad la cubierta del telescopio, que se retiraba para tomar la mayor cantidad posible de datos. Como el astro era una estrella un poco más rojiza que el Sol, los científicos esperaban poder obtener información acerca de la temperatura de la atmósfera superior del planeta, así como calcular el diámetro de Urano.

Un telescopio montado en un avión a 12.500 metros

La instalación desarrollada por la NASA recibió el nombre de Kuiper Airborne Observatory. Un día como hoy hace cuarenta años, el telescopio montado sobre un avión modificado no solo aprovechó las pocas probabilidades de éxito que tenía, sino que también realizó un hallazgo que cambió para siempre la astronomía. El libro Planetary Ring Systems cuenta la historia detrás de un vuelo que realizó el descubrimiento más importante desde que en 1930 se observara por primera vez Plutón. Los investigadores de hecho bromeaban con la posibilidad de detectar anillos en Urano, una opción remota teniendo en cuenta que el único planeta del sistema solar con estas estructuras era Saturno. Sin embargo, para su sorpresa, estaban muy equivocados.

Dos meses después del despegue del telescopio a bordo del avión C-141, James Elliot, Edward Dunham y Douglas Mink publicaban un inusual y sorprendente hallazgo en la revista Nature. Según las evidencias obtenidas durante el vuelo por el Observatorio Aerotransportado Kuiper, al menos cinco anillos rodeaban a Urano. Sus resultados cambiaron todo lo que se sabía en astronomía desde 1610. Según pudieron comprobar, la estrella parecía parpadear brevemente varias veces, un comportamiento que solo podía ser explicado por la existencia de un sistema de anillos que estuviera bloqueando la luz procedente del astro. El equipo de investigadores estaba tan sorprendido que, como cuentan desde la NASA, se perdió al calcular el número de anillos de Urano al tratar de averiguar por qué la señal de la estrella desaparecía de forma intermitente.

Urano
Comparación de los tamaños que presentan la Tierra y Urano. Fuente: NASA (Wikimedia)

Los datos tomados por el telescopio fueron analizados por dos equipos diferentes de astrónomos. Los investigadores del Observatorio Kuiper determinaron la existencia de cinco anillos en Urano, a los que denominaron Alpha, Beta, Gamma, Delta y Epsilon en orden creciente de distancia del planeta. Por el contrario, los científicos de Perth identificaron seis parpadeos distintos de luz, lo que a su juicio suponía la existencia de un sistema de seis anillos, a los que bautizaron numéricamente. Pero ninguno de ellos tenía del todo la razón. Análisis posteriores y, especialmente, las imágenes tomadas por la misión Voyager-2 en 1986 permitieron identificar trece anillos que rodeaban a Urano. En 2005, el telescopio Hubble logró detectar dos anillos más, que se unían al listado completo de estructuras que se sitúan alrededor de este planeta. Los anillos de Urano observados hasta la fecha reciben el nombre de 1986U2R, 6, 5, 4, Alpha, Beta, Eta, Gamma, Delta, Lambda, Epsilon, Nu y Mu.

El descubrimiento del sistema de anillos del séptimo planeta del sistema solar no fue el único hallazgo realizado sobre este mundo por una mera cuestión de serendipia. El 13 de marzo de 1781, casi dos siglos antes, el astrónomo William Herschel había observado por casualidad Urano, un planeta que tarda la friolera de 84 años en completar una vuelta al Sol. Posteriormente se sabría que no solo Saturno y Urano tenían anillos, sino que estas estructuras también estaban presentes en Júpiter y Neptuno. Un día como hoy hace cuarenta años, un avión despegó de Australia con el fin de observar un planeta tan lejano como desconocido. El cuadragésimo aniversario del descubrimiento de los anillos de Urano, incluido entre los eventos destacados de la astronomía en 2017, se cumple cuando la NASA valora la posibilidad de enviar una sonda que explore este gigante gaseoso. Aún hoy su estructura sigue siendo un auténtico rompecabezas para los investigadores por las sustancias "prohibidas" por las leyes de la Química que se cuecen en su interior.