A sus 61 años Fridtjof Nansen acumulaba emociones y anécdotas para colmar varias vidas. Durante tres largos —entre 1893 y 1896— se había pateado las gélidas llanuras del Polo Norte hasta alcanzar una latitud nunca antes explorada. En las estanterías de su despacho se amontonaban los trofeos de esquí conquistados en su juventud y de las paredes colgaban fotos de su travesía por Groenlandia, emprendida en 1888 y que aún se recuerda como la primera en cruzar la isla de este a oeste.

Cuando no caminaba entre ventiscas, riscos y cordilleras de hielo o cazaba en compañía de los inuits, Nansen estudiaba. Tras obtener un doctorado en Zoología por la universidad de Christiani, en Noruega, investigó el sistema nervioso de los animales marinos y dejó una huella importante en la neurología. Más tarde dio el salto a la oceanografía. Con ese legado a sus espaldas, cuando en 1922, con 61 años, Nansen recibió una carta procedente de Oslo y sello del Instituto Nobel Noruego, lo lógico hubiera sido pensar que —por un extraño giro del destino— sus estudios le habían valido la codiciada medalla de Fisiología.

El sobre no lo enviaba sin embargo la Real Academia de las Ciencias de Suecia, la institución que escoge a los laureados en las categorías de Física, Química y —desde finales de la década de los 60— Ciencias Económicas. Tampoco del Instituto Karolinska, en Solna, de donde sale el nombre del premiado en Medicina o Fisiología. Su misiva llegaba del Comité Noruego del Nobel, responsable de decidir quién obtiene la medalla de la Paz.

El primer científico en ganar el Nobel de la Paz

Gracias a su labor como diplomático y a sus gestiones para ayudar a los presos, refugiados y víctimas de la Primera Guerra Mundial, Nansen obtuvo el Nobel de la concordia. En 1922 se convirtió en el primero de la lista de científicos —químicos, ingenieros, biólogos…— que han recibido la codiciada medalla de Alfred Nobel, aunque no en Suecia, en reconocimiento a su trabajo en el laboratorio, sino en Noruega, por contribuir a la paz en el mundo.

A lo largo del último siglo el Comité Noruego ha laureado a cerca de una decena de científicos. Sus nombres destacan entre las más de 120 autoridades e instituciones que han recibido el título desde su creación en 1901. En el listado abundan los diplomáticos, políticos, activistas, economistas y religiosos. Después de Nansen hubo que esperar varias décadas, hasta 1949, para que otro hombre de ciencia recogiese la medalla con la efigie de Alfred Nobel: el eminente fisiólogo escocés John Boyd Orr.

Veinte años más tuvieron que pasar casi para que —con permiso de Albert Schweitzer, que sumaba la medicina a su vastísimo campo de conocimientos— el galardón volviese a manos de un científico: el bioquímico Linus Pauling. En 1962 acudía a Oslo para seguir los pasos de Marie Curie y convertirse en una de las pocas personas que han logrado dos Nobel. Años antes, en 1954, había paseado su amplia sonrisa por Suecia para recoger el de Química.

Ironías del destino, en 1962 —el mismo año en que Pauling estrechaba la mano de los directivos del Comité Noruego del Nobel— los científicos Francis Crick, James D. Watson y Maurice Wilkins acudían a Suecia para recibir el Nobel de Medicina por un hallazgo por el que bioquímico había suspirado largo tiempo: la estructura del ADN.

El Nobel de la Paz, otorgado en Oslo

El listado lo cierra —hasta el momento— Wangari Maathai, ecologista y primera mujer de África Oriental en lograr un doctorado con una tesis sobre las gónadas bovinas. Con la medalla que recibió en 2004 se convirtió también en la primera africana distinguida con el Nobel de la Paz.

¿Quiénes contemplan la lista? ¿Quiénes fueron los científicos que cumplieron su sueño de recibir una carta del prestigioso comité de los Nobel… solo que con remite de Noruega y una noticia inesperada en su interior? A continuación se desgrana la historia de los seis más destacados, además del intrépido Nansen.

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Adam Baker (Flickr)

La lista es permeable. Ralph Johnson Bunche, Emily Greene Balch o Henry Kissinger, por ejemplo, tenían un sólido currículo e hicieron carrera en el campo de las ciencias sociales.

Los hay que manejaron un argumentario científico aunque fuesen políticos de formación y oficio. Otros como Jimmy Carter se pelaron los codos repasando manuales de Física —en su caso Física nuclear—, aunque sus trayectorias siguiesen luego derroteros alejados de los laboratorios. Antes de Nansen ya Karl Hjalmar Branting había estudiado y trabajado como investigador —astrónomo, en su caso—, si bien su dedicación central fue la política.

John Boyd Orr

John Boyd Orr le declaró la guerra al hambre. Su experiencia como profesor en los barrios marginales de Glasgow le llevó a abrazar la Medicina y centrarse en el estudio de la Nutrición. Su paso por la Primera Guerra Mundial consolidó su sino: allí, en las filas de la Marina Británica, cuidó la dieta de los soldados.

A lo largo de su vida Boyd Orr fue director del Instituto de Nutrición Animal (ahora Rowett Reserach Institute), rector de la Universidad de Glasgow y tomó parte en el gabinete sobre políticas alimentarias durante la segunda conflagración mundial. Sus proyectos más ambiciosos los lanzaría sin embargo como responsable de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Su objetivo: lograr una mayor eficiencia en la producción de alimentos y un reparto más igualitario en el planeta. Recogió el Nobel de la Paz en 1949.

Linus Carl Pauling

A lo largo de su vida Linus Pauling se cruzó al menos en tres ocasiones con el Nobel. La primera fue entre 1952 y 1953, cuando estaba a punto de publicar un artículo trascendental sobre uno de los grandes retos de la ciencia de su época: desentrañar la estructura del ADN. Entonces Pauling no podía saberlo, pero sus conclusiones eran erróneas porque le faltaba información clave.

Quienes sí manejaban los datos necesarios —a costa de Rosalind Franklin— eran Crick y Watson, dos investigadores del Cavendish Laboratory que al temer que Pauling les pudiera ganar por la mano pusieron en marcha la maquinaria que les llevaría a su famoso artículo sobre la doble hélice del ADN. En 1962 ese trabajo les valdría el Nobel.

El busto de Alfred volvería a asomarse a la vida de Pauling apenas un año después: en 1954, cuando su trabajo sobre la naturaleza del enlace químico y sus aplicaciones le hicieron ganar la medalla sueca en esa categoría. La tercera fue en 1962. El mismo año en que Crick, Watson y su compañero del King´s Collegue Maurice Wilinks recogían el Nobel de Fisiología, Pauling era convocado a Oslo para recibir el de la Paz. La distinción la ganó gracias a “su campaña contra las pruebas de armas nucleares”.

Su intenso activismo casi le prohíbe de hecho recoger su primer Nobel. En 1952 le confiscaron el pasaporte cuando intentaba viajar a Londres para participar en un congreso. No lo recuperaría hasta 1954, poco antes de su viaje a Estocolmo. Quién sabe… puede que con el pasaporte Pauling hubiera podido acudir a la City y lograr allí los datos que manejaba Franklin y le faltaban para orientar bien sus investigaciones sobre la estructura del ADN.

Norman Ernest Borlaug

Del ingeniero agrónomo Norman Ernest Borlaug se ha dicho que es “el hombre que salvó millones de vidas” o “el padre de la agricultura moderna” y el gran impulsor de la “revolución verde”, tarjetas de presentación mayúsculas que dejan bien claro la importancia de su legado. Gracias a sus investigaciones Borlaug logró que países con economías pobres incrementasen su producción agrícola.

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Cbwhelan (Wikimedia)

A petición de la FAO viajó a la India, donde en solo cinco años —entre 1960 y 1965— consiguió multiplicar por diez las cosechas de trigo. Antes ya había participado en el programa “Chapingo”, en México —donde obtuvo variedades de trigo inmunes a los hongos que devastaban las plantaciones—, y Sudamérica. Su batalla contra el hambre en el mundo le permitió recoger el Nobel noruego en 1970. “No habrá paz en el mundo con los estómagos vacíos”, proclamaba.

Andréi Sájarov

La ausencia más comentada en la ceremonia de los Nobel que se celebró en Oslo en 1975, durante la que se laureó a Andréi Sájarov con el premio de la Paz fue… la del propio Sájarov. Sus críticas públicas y furibundas al régimen soviético lo situaron bajo la lupa de las autoridades de la URSS, que decidieron bloquear su viaje a Noruega para evitar que pudiera divulgar “secretos nacionales”. En su lugar recogió la medalla su esposa, Yelena Bónner.

Ambos, Andréi y Yelena, terminarían desterrados en Nizhni Nóvgorod —entonces llamada Gorki, en homenaje al escritor revolucionario—, a donde llegaron en 1980 por su “labor subversiva” contra la URSS y de donde no salieron hasta seis años después, gracias a la política de Gorbachov. Además de un firme defensor de la libertad, Sájarov era un brillante físico nuclear. Ironías del destino, el futuro Nobel de la Paz trabajó en una fábrica de armas en la región del Volga y su papel fue decisivo en la construcción de la bomba de hidrógeno de la Unión Soviética. Más tarde dedicaría buena parte de su vida a luchar en favor del desarme nuclear y la paz entre potencias.

Joseph Rotblat

Veinte años después de que Yelena recogiese la medalla de su marido, en 1995 viajaba a Oslo para hacer lo propio otro físico: Józef Rotblat. A Sájarov y Rotblat les unía algo más que sus carreras y el galardón: fueron dos grandes científicos en una época en la que la guerra tenía sus ojos puestos en las grandes mentes para desarrollarse.

Sájarov participó muy a su pesar en el desarrollo de la bomba de nitrógeno. Rotblat, un judío de origen polaco que sufrió las dentelladas de las dos guerras mundiales, tomó parte en el Proyecto Manhattan para lograr la bomba atómica. Si el primero era un antibelicista convencido, el segundo directamente huyó de Los Álamos al enterarse de que el arma no serviría para parar los pies a los nazis, sino para reforzar la posición de Estados Unidos ante la URSS.

El Nobel de 1995 lo recogió por su lucha contra la bomba nuclear. El brillante físico compartió el premio con la Conferencia de Pugwash de Ciencias y Asuntos Mundiales. Su galardón llegó justo 50 años después de que Estados Unidos descargase el arma atómica sobre Nagasaki e Hiroshima.

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Wangani Maathai

De la mente de Maathai han brotado millones y millones de árboles que desde finales de los década de 1970 enraízan en la tierra africana. A lo largo de su vida la bióloga y ecologista keniana logró grandes hitos: fue la primera mujer en doctorarse en África oriental y también rompió moldes al lograr el Nobel de la Paz en 2004.

Su triunfo más celebrado sin embargo es el movimiento Cinturón Verde (GBM, en sus siglas en inglés), que protege el medioambiente a la vez que mejora las condiciones de vida de la población y da relevancia a la mujer africana. Hace ya década y media, cuando Maathai obtuvo el Premio Nobel de la Paz, el movimiento GBM contaba con cerca de 3.000 viveros atendidos por unas 35.000 mujeres.