La alquimia murió sobre un escenario. Para asestar el golpe de gracia a aquel viejo saber que aspiraba a transmutar la orina en oro o destilar el elixir de la vida, hacia 1789 Antoine-Laurent Lavoisier escribió una pequeña pieza teatral en la que representaba —con una buena dosis de humor— el nacimiento de la química moderna. Su comedia se apoyaba en dos personajes fundamentales: el oxígeno, elemento que él mismo había denominado, y la teoría del flogisto, un principio al que se recurrió durante años para explicar la combustión.

Tras escuchar el alegato del oxígeno y el de un actor que simulaba ser el químico Georg Ernst Stahl (1660-1734) y después de una parodia de juicio, un tribunal sentenciaba al flogisto a perecer en la hoguera. El verdugo encargado de ejecutar la condena lo encarnaba una joven de 31 años vestida con una vaporosa túnica de vestal. Ante un público entregado que seguía entre carcajadas las ocurrencias de Lavoisier, la mujer sostenía en alto los folios con las teorías sobre el flogisto defendidas por Ernst Stahl y los arrojaba a las llamas.

Con el paso del tiempo la comedia de Lavoisier adquiría tintes de profecía. Primero porque —tal y como intuía su autor— su arduo trabajo en el laboratorio ayudó a enterrar aquella vieja alquimia que tanto había fascinado a Tycho Brahe e incluso a Isaac Newton. Segundo, porque quien terminaría padeciendo un sumarísimo juicio que lo condenaría a morir en la guillotina sería el propio Lavoisier en 1794, durante los años del terror que siguieron a la Revolución Francesa.

La colaboradora más importante de Lavoisier

La joven que había arrojado la teoría del flogisto a la hoguera durante la representación teatral lloraría años después a los pies de el cadalso en el que pereció Lavoisier. Su nombre era Marie-Anne Pierrette Paulze-Lavoisier y era la esposa del famoso químico. Los sangrientos años del terror propiciados por el Comité de Salvación Pública —durante los que la guillotina segó miles de vidas—, no solo le arrebataron a su marido. El mismo día en el que la hoja de metal cercenaba la cabeza de Antoine, Marie perdía también a su padre fruto de un juicio muy similar. Era el 8 de mayo de 1794.

Hace unas semanas se cumplió el aniversario de aquella barbarie, el “instante” —como lamentaría tiempo después el matemático y físico Joseph-Louis de Lagrange— en el que Francia perdió una cabeza dotada de un genio como solo se dan unos pocos cada siglo. En los artículos que con motivo del aniversario se publicaron sobre Lavoisier se destacaba su labor metódica, su inteligencia, su habilidad para trasladar al trabajo con las balanzas, morteros y gasómetros los principios de la ciencia moderna ejemplificados en el siglo XVII por Galileo, se puso en valor su legado y se repasó su muerte cruel e injusta… pero solo de pasada se citaba a Marie-Anne.

Para muchos la joven fue poco más que la esposa de Antoine, una anotación a pie de página en la biografía del célebre científico. Quienes así piensan minusvaloran a uno de los pilares más importantes de Lavoisier. Durante años Marie fue su colaboradora de mayor peso y desempeñó un papel determinante en su obra, tanto en su desarrollo como en la enorme proyección que lograría después. Tan importante es su trabajo que si a Antoine Lavoisier se le reconoce el título de “padre de la química moderna” no son pocos los autores que reivindican para Marie-Anne el de “madre” de esa misma disciplina.

Un matrimonio con solo trece años

Marie llegó a la ciencia casi por casualidad. Hija de Jacques Paulze, un acaudalado miembro de la Ferme Générale —la institución privada que se encargaba de recaudar los impuestos para la Corona—, pasó su infancia al cuidado de las monjas. Cuando estaba a punto de cumplir 13 años su padre la sacó del convento para concertar su boda. El conde de Amerval, un cincuentón enfermizo a quien Marie se refería como “el ogro”, había mostrado interés en la joven… y en su jugosa dote. Marie lo rechazó y aunque esa decisión le trajo problemas con el influyente conde, Jacques decidió respetar los deseos de su hija.

Sin embargo —como relata Adela Muñoz Páez en Sabias— Jacques decidió concertarle un matrimonio a Marie antes de que algún otro noble arruinado se fijase en ella. El pretendiente que escogió fue Lavoisier, un prometedor muchacho de 28 años que trabajaba con él en la Ferme Générale. A pesar de su juventud Antoine ya era miembro de la Academia de Ciencias de Francia gracias a los estudios que había realizado años antes sobre el alumbrado público y un atlas mineralógico elaborado con el naturalista J. E. Guettard.

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La boda se celebró en 1771. Lavoisier frisaba la treintena. Marie Anne era una niña de 13 años. A pesar de la diferencia de edad la pareja encajó a la perfección, en el hogar y en el laboratorio. Quizás para ayudar a su esposo durante las largas horas que pasaba entre tubos de ensayo y matraces, la joven decidió ampliar su educación. Perfeccionó su latín, estudió inglés, se zambulló en los rudimentos de la química… Años después, cuando el cargo que ocupaba Antoine en la Comisión de la Pólvora exigió que el matrimonio se mudase al Arsenal de París, Marie demostraba ya acumular un sólido bagaje científico.

La caída de la teoría del flogisto

Marie no fue la única que acompañó a Lavoisier al arsenal parisino. Con él se llevó también su curiosidad voraz y amor por la química, lo que le animó a montar un sofisticado laboratorio con gasómetros, balanzas, tubos de ensayo, alambiques, barómetros, campanas de cristal… que sumaba más de 13.000 útiles de investigación. Entre sus paredes el matrimonio Lavoisier trabajó con denuedo. Cada madrugada, antes de centrarse en su cometido como comisionado de la pólvora, Antoine dedicaba dos horas a experimentar junto a su mujer. A ese período de estudio matinal el escritor Bill Bryson añade otras tres horas por la tarde, al finalizar la jornada. El domingo además lo consagraban por completo a sus análisis en el laboratorio.

“Era para él el día de la felicidad. Algunos amigos que compartían sus teorías y algunos jóvenes, orgullosos del honor de ser admitidos a colaborar con sus experimentos, llegaban por la mañana al laboratorio. Allí comían, allí debatían y allí fue donde surgió la teoría que inmortalizó a su creador”, escribiría más tarde Marie.

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Por el laboratorio de Lavoisier desfilaron grandes mentes de Francia, el resto de Europa e incluso del otro lado del Océano Atlántico. Hasta el Arsenal de París se acercaron para visitarlo el científico, padre fundador de Estados Unidos y futuro presidente del Consejo de Pensilvania Benjamin Franklin, que por entonces ejercía de embajador en París. También el matemático francés Pierre-Simon Laplace y el canónigo y químico británico Joseph Priestley, quien en 1774 —tres años antes de visitar a Antoine— había logrado aislar por primera vez el oxígeno, aunque sin llegar a captar la naturaleza real del fenómeno. Los avances logrados por Priestley resultaron cruciales para que Antoine llegase a deducir la existencia del oxígeno y derribar la vieja teoría del flogisto.

Durante los años siguientes Antoine se consagró como el padre de la química moderna. Además de sus aportaciones decisivas con el oxígeno, en 1789 —un año de revoluciones en la política y la ciencia y que marcaría el futuro del científico— público su trascendental Tratado elemental de química. Entre otras aportaciones, en las páginas de su libro Lavoisier definió los conceptos de elemento y compuesto químico y formuló la ley de conservación de la materia.

Mucho más que una colaboradora

¿Cuál fue el papel de Marie en esa labor? Como dejarían reflejado Franklin o Arthur Young tras pasar por el laboratorio del Arsenal, la joven esposa de Antoine participaba de forma activa en los debates y experimentos. Su dominio del latín y el inglés permitió al químico francés estar en contacto directo con las principales teorías que circulaban por Europa. Si Priestley pudo compartir con Lavoisier sus conclusiones del experimento de la cal de mercurio fue en buena medida gracias a la mediación de Marie. Suyo es el mérito de traducir al idioma de Molière el Ensayo sobre el flogisto del irlandés Richard Kirwan, las cartas que se intercambiaron Antoine y Kirwan y los artículos de científicos como Henry Cavendish o Joseph Black.

El papel de Marie iba sin embargo más allá del de mera intérprete. En su traducción de la obra de Kirwan incluyó unas notas críticas que dejan claro su dominio de la materia. Tras el asesinato de Antoine logró que las autoridades le devolvieran los archivos de su marido, que recopiló y ordenó en el libro Memorias de química. El volumen se publicó en 1803 y exigió de Marie toda su determinación. Aunque en 1795 el Gobierno de Francia reconoció por escrito a Marie que Lavoisier había sido “falsamente acusado”, hacia 1800 ningún editor de París estaba demasiado interesado en publicar la obra de una de las víctimas de la guillotina. La propia viuda había estado encarcelada tras la ejecución de su padre y Antoine.

A modo de prólogo Marie había escrito además un valiente pero explosivo texto en el que señalaba a los responsables de la muerte de Antoine en 1794. Al igual que Jacques, Lavoisier se había granjeado enemistados por la labor que en su día desempeñó para la Ferme Générale. El resultado fue que Marie se vio obligada a asumir el coste de sacar adelante las Memorias, de las que tiró una edición de 300 ejemplares que distribuyó entre los grandes científicos. La primera edición salió en 1803. La segunda, más cuidada y de mayor tirada, dos años después, en 1805. En ella el polémico prólogo de Marie se sustituyó por una cita de Lavoisier: “Esta teoría no es, como he oído decir, la teoría de los químicos franceses; es la mía, una sola pieza que reclamo a mis contemporáneos y a la posteridad”.

La ilustradora de la química

En la estela de Sarah L. Crease o las hermanas Lister, Marie era además de una observadora atenta una dibujante talentosa. Durante su infancia ya había dado muestras de su virtuosismo con el pincel. Uno de sus maestros fue Jacques-Louis David, el pintor que retrataría a Napoleón en varias ocasiones —entre sus lienzos más conocidos están La consagración o Bonaparte cruzando los Alpes— y fijó en la retina de la historia al líder revolucionario Jean-Paul Marat asesinado en su bañera. De los pinceles de David salió también el retrato más famoso del matrimonio Lavoisier: el gran óleo que firmó en 1788 y en el que se ve a la pareja enfrascada en su labor en el laboratorio.

Marie dejó detalladas ilustraciones sobre los gasómetros, barómetros, campanas de cristal, embudos, morteros, matraces… que empleaba Lavoisier durante sus estudios. Dibujos detallados que aspiraban a ofrecer una precisión máxima para que otros científicos pudiesen reproducir los experimentos. Hacia 1790 retrató incluso cómo era un día de trabajo en el laboratorio del Arsenal. En la imagen se ve a Lavoisier y a sus colaboradores investigando los procesos químicos de la respiración. En el dibujo Marie se representó en un segundo plano, atenta, tomando nota de cuanto sucedía en el gabinete.

Marie murió en febrero de 1836, cuatro décadas después de que la guillotina acabase con la vida de Lavoisier. Aunque durante parte del tiempo que estuvo casada con Antoine mantuvo una relación con el fisiócrata Pierre Samuel Du Pontrelación que probablemente conociese y aceptase el químico—, tras la muerte de su marido Anne lo rechazó. Tiempo después se casaría con Benjamin Thompson, un físico e inventor que había nacido en las colonias de Inglaterra en América.

“Juntos, Marie y Antoine Lavoisier” —reflexiona la prolífica escritora Margaret Alic— “provocaron una transición fundamental en la química, al sustituir los arcanos principios de la alquimia por reglas científicas sistemáticas”. “Aunque es claro que Antoine entona la voz principal, también es cierto que Marie armoniza la segunda con asombroso vigor”, abunda en esa línea María Angélica Salmerón.

Fe de erratas: el artículo se publicó afirmando inicialmente que Benjamin Franklin fue presidente de Estados Unidos. Sin embargo, nunca alcanzó este puesto, pero sí es considerado uno de los padres fundadores.