horóscopo

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A finales del siglo XVI Tycho Brahe era un astrónomo de fama y prestigio. En 1573 había publicado su De Nova Stella y entre sus contemporáneos era considerado uno de los estudiosos del firmamento más perspicaces. Su erudición no era sin embargo lo que más fascinaba a la gente que coincidía con él en la isla de Hven, donde había instalado su observatorio, o en alguno de los elegantes salones de Rostock. Tampoco su mal genio. Ni el largo y lustroso bigote que luce en sus retratos. Quienes se topaban con Brahe hacia 1580 se quedaban sorprendidos por su nariz.

A finales de 1566 Brahe se había batido en un duelo con espadas contra Manderup Parsberg, un aristócrata. No le fue muy bien en el lance y durante la reyerta recibió un mandoble que le rebanó parte del tabique. Al pobre astrónomo no le quedó más remedio que recurrir a una prótesis de oro y plata para tapar aquel desaguisado. Durante el resto de su vida no era extraño verlo aplicándose pomada para hidratarse la malherida napia.

Lo que poca gente sabe es que aquella pelea no la desató una dama —faltaban aún varios siglos para los románticos duelos a medianoche que le costaron la vida a Évariste Galois— ni una disputa por terrenos, religión o política. Lo que indignó a Brahe hasta lo más hondo de su genio inflamable y le llevó a retar a Parsberg fue un horóscopo. Sí, un horóscopo. Para ser más precisos la broma que había gastado el aristócrata sobre un presagio fallido vaticinado por el científico danés.

La broma que acabó en sablazo

En octubre de 1566 Brahe observó un eclipse lunar en Rostock que azuzó su curiosidad de astrónomo… y de astrólogo. Su lectura de aquel fenómeno celeste le animó a realizar un horóscopo que predecía la inminente muerte de Solimán El Magnífico, que por entonces pasaba de los 70 años. Cuando poco después llegó la noticia de que el sultán otomano había muerto el prestigio de Tycho como intérprete de designios astrales se disparó.

Su fama de astrólogo le duró poco. Al cabo de unas semanas se extendió por Rostock la verdad sobre la muerte de Solimán: el temible sultán no había muerto siguiendo los designios del eclipse de octubre; al contrario, su pasamiento había ocurrido semanas antes, en septiembre. Durante una fiesta de Navidad Parsberg aprovechó la anécdota para burlarse de Brahe, lo que dio pie al famoso sablazo que le destrozó la nariz.

La faceta de Brahe como intérprete de predicciones astrales puede sorprender en el siglo XXI, pero no era infrecuente en su época. Muchos hombres de ciencia compaginaban su visión analítica con inclinaciones místicas. No fue hasta pasada la primera década del siglo XVII cuando William Gilbert en Inglaterra y Galileo Galilei en Italia formularon con claridad el método científico cimentado en la observación y la comprobación de las hipótesis. Incluso mucho después perduró un poso de misticismo. El mismísimo Isaac Newton, que vivió entre 1643 y 1727 y para muchos es el científico más notable de todos los tiempos, dedicó grandes esfuerzos a la alquimia. Prueba de su interés por los horóscopos es que llegó a formular una teoría que relacionaba los signos zodiacales con el mito griego de Jasón y los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro.

Ejemplo claro de ese cóctel de pensamiento analítico y misticismo puro y duro es John Dee (1527-1608). En su época fue un reconocido matemático, astrónomo y experto en navegación que llegó a asesorar a la reina Isabel I y atesoró una de las bibliotecas más importantes de su tiempo. Su faceta de ocultista fue sin embargo tan reconocida como la de hombre de ciencias. Durante buena parte de su vida Dee intentó ponerse en contacto con los ángeles y consagró horas y horas al estudio de la astrología y la filosofía hermética. La elaboración de horóscopos de María I e Isabel I hizo de hecho que, en 1555, lo arrestasen acusado de traición a la reina.

A pesar de su vena ocultista Dee fue un erudito importante que asesoró a la flota británica en temas relacionados con la cartografía y destacó en el estudio de las matemáticas. Se cuenta que cuando era aún muy joven la Universidad de París lo invitó para que disertara en sus aulas sobre álgebra.

Acusado de hereje por un horóscopo de Cristo

Otro personajes del siglo XVI que se movía entre hojas de cálculo y horóscopos fue Gerolamo Cardano (1501-1576). Como Dee o Brahe, Cardano destacó en sus estudios científicos. Hizo contribuciones al cálculo de probabilidades, sobresalió en álgebra y fue además un médico respetado. Pero, también al igual que Dee y Brahe, era aficionado a escudriñar las estrellas para elaborar cartas astrales y predicciones. En su empeño por vaticinar el futuro llegó a elaborar el horóscopo de Cristo, un atrevimiento que no gustó nada a la Iglesia. Cardano fue acusado de herejía en 1570 y pasó una temporada en la cárcel.

Si Brahe quedó en evidencia al predecir la muerte de Solimán cuando este ya estaba criando malvas, a Cardano no le fue mucho mejor en su faceta adivinatoria. Poco después de garantizar a Eduardo VI de Inglaterra que disfrutaría de una vida larga y plena, el rey falleció aquejado de tuberculosis. Ironías del destino, el tudor solo tenía 15 años. La “leyenda negra” de Gerolamo asegura que el místico predijo la fecha de su propia muerte. Quizás harto de que sus vaticinios no diesen en el clavo, en 1576, el mismo día en el que -según su predicción- debía abandonar este mundo, Gerolamo se suicidó.

El secreto de Kepler para ganar dinero extra

Los horóscopos tuvieron también su papel en la historia de la ciencia. Gracias a ellos el astrónomo Johannes Kepler pudo ganarse la vida cuando era joven. Al nacer, el autor de Astronomía Nova y la sorprendente Somnium tuvo menos suerte que Brahe. Carecía de una gran fortuna familiar que lo respaldase y solo pudo completar sus estudios con ayudas. En 1594 se trasladó a Graz para trabajar como profesor en un seminario. Prueba de su delicada situación económica es que tuvo que pedir dinero prestado para el viaje y que mientras esperaba para cobrar su sueldo íntegro -hasta que no demostrase sus cualidades docentes, el centro decidió pagarle solo el 66% de su salario- tuvo que buscarse una fuente de ingresos extra.

La solución la encontró en las estrellas. El astrónomo alemán se dedicó a confeccionar horóscopos a pesar de que era bastante escéptico sobre su valor. Sus cartas privadas revelan que veía a los clientes que acudían a él en busca de vaticinios estelares como “imbéciles” e ingenuos que creían en una práctica, la astrología, “tonta y vacía”. Quizás por esa incredulidad mal disimulada se convirtió en un autor de horóscopos de éxito. Su secreto es el mismo que replican hoy -cuatro siglos después- la gente que se dedica a elaborar cartas astrales: un lenguaje lo más ambiguo, pomposo y enrevesado posible que le diga a cada destinatario exactamente lo que quiere oír.

Cuando Kepler recibió el encargo de redactar un calendario con el horóscopo de 1595 se limitó a echar mano del sentido común. Predijo lo que cualquier observador atento y con un mínimo conocimiento de su tiempo podría intuir: rebeliones de los campesinos de Estiria, ataques turcos… Todo ello, por supuesto, envuelto en un farragoso lenguaje astrológico.

La fama de Kepler se consolidó y durante el resto de su vida echó mano de los horóscopos -más bien de los incautos dispuestos a pagar grandes sumas por ellos- cada vez que necesitaba un dinero extra. Por fortuna su inclinación analítica le llevó a observar el firmamento con ojos de científico, lo que le permitió formular sus leyes del movimiento planetario.

El listado de sabios que garabatearon horóscopos con mayor o menor convicción no se agota con Dee, Cardano, Brahe o Kepler. Durante los siglos en los que los lindes entre misticismo y ciencia no estaban bien separados, otros eruditos dedicaron gran parte de sus esfuerzos a la astrología. Quizás uno de los ejemplos más claros es el de Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, alquimista y médico de impronunciable nombre que ha pasado a la historia como Paracelso.

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