La fijación por las calorías es uno de los grandes errores en el mundo de la nutrición y las dietas. Que levante la mano quien no haya revisado minuciosamente cuántas calorías tiene una bolsa de patatas fritas o una napolitana antes de engullir como si no hubiera un mañana: todo hijo de vecino lo ha hecho alguna vez en la vida.

Las dietas basadas en las calorías son una práctica bastante recurrente para el común de los mortales que puede llegar a confundirnos a la hora de dilucidar si un alimento es sano o no.

La lógica es aplastante: si comemos muchas calorías, engordaremos. Pero, ¿realmente esto es así? ¿Nuestro cuerpo funciona como una calculadora con precisión milimétrica? Va a ser que no. Lo cierto es que la obsesión con las calorías esconde muchos errores de bulto detrás que merece la pena enumerar de forma alimentaria.

¿Qué diablos es una caloría?

Empecemos por los cimientos de las dietas basadas en las calorías. Las usamos a diario, pero rara vez nos preguntamos qué demonios significa el término “caloría”. Pues bien, la caloría es aquella unidad de medida utilizada para el contenido energético de los alimentos que varía en función del peso del alimento. De esta forma: a mayor cantidad de alimento, más grande será el contenido calórico o número de calorías del mismo.

Siendo un poco más técnicos, la caloría es la cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura de un gramo de agua en un grado Celsius (ºC). Sin embargo, en el mundo de la nutrición llamamos Caloría (si, con la c en mayúscula) a la kilocaloría: unidad de medida referida a 1000 calorías. Seguro que en más de un etiquetado alimentario has podido encontrar mencionada esta palabreja por la abreviatura “kcal”.

¿Por qué te cuento este rollo? Pues porque las calorías influyen mucho en lo que comemos. Por ejemplo, no todos los macronutrientes aportan el mismo contenido energético. Cada gramo de grasa nos aporta 9 Kcal, mientras que un solo gramo de hidratos de carbono o proteínas solamente supone 4 Kcal. Esta realidad ha provocado que durante muchos años nos hayamos obsesionado sobremanera con las grasas, culpándolas de todos nuestros males alimentarios.

Así fue el hate grasiento

Este odio por las grasas, y por lo tanto el origen de las dietas de las calorías, motivó hace unos años la salida al mercado de ingentes cantidades de productos “light”, “sin grasa” y demás engendros comestibles. Productos que aunque contenían poca o ninguna grasa seguían trayendo consigo grandes cantidades de azúcar y sal para compensar: seguían sin ser alternativas sanas. Esto lo vimos en multitud de derivados lácteos como yogures y la propia leche, así como en bollería y snacks tipo patatas fritas.

Como todas las modas, el hate grasiento fue cayendo y dio paso a otras obsesiones populares auspiciadas por la industria alimentaria como el famoso aceite de palma, los dulces sin azúcar añadido, los panes integrales sin harina integral, o el reciente auge de los postres proteicos cargados de edulcorantes. Todas estas pantomimas comestibles comparten una misma raíz, o gran parte de ella: una obsesión incorrecta hacia las calorías.

Las calorías de un alimento no lo son todo, lo más importante es la calidad de sus materias primas. Esta frase debería quedar tatuada a fuego en nuestra mente, ya que resume en pocas palabras la esencia de este texto. Sirve como mantra habitual para los nutricionistas actualizados en la materia, y viene a decirnos que el contenido energético de un alimento no es lo más importante. Por ejemplo, los aguacates y los frutos secos poseen un número bastante elevado de calorías. Sin embargo, su composición rica en grasas saludables compensa los posibles perjuicios derivados de un extra calórico.

Un gran número de estudios científicos han mostrado que el consumo de frutos secos ayuda a mejorar la salud cardiovascular. Por ejemplo, este estudio relacionó el consumo de almendras con menores niveles de lipoproteínas LDL, conocidas popularmente como “colesterol malo” y un mantenimiento de la concentración de lipoproteínas HDL o “colesterol bueno”. El aguacate no se queda corto: otras investigaciones científicas han mostrado que el consumo de esta fruta ayuda a la pérdida de peso dentro del contexto de una dieta hipocalórica.

El peligro de las dietas obsesivas con las calorías

En definitiva, la evidencia científica actual sugiere que los alimentos van mucho más allá de las calorías. Por ello, aquellas dietas milagro que sugieren una fijación enfermiza por el número de calorías solo traen miseria a sus espaldas. Lo importante es crear hábitos saludables a largo plazo que nos permitan ver mucho más allá de las calorías: incluir un buen número de frutas y verduras diariamente y consumir alimentos saludables como cereales integrales, legumbres, pescado, grasas sanas como aceite de oliva virgen extra, así como hacer deporte de forma regular y descansar adecuadamente. Estas recomendaciones, y muchas más, quedan recogidas maravillosamente por el Plato para Comer Saludable de Harvard.

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En definitiva, la pérdida de peso es una cuestión totalmente individual, y no pueden aplicarse las mismas directrices a todas las personas por igual. Esto ya lo vimos con la dieta Pronokal, donde se promete la reducción de un número de kilos concretos al mes: un auténtico disparate nutricional. Por desgracia, las dietas que se obsesionan con el número de calorías inundan la red por doquier.

¿Quién tiene la culpa de esto? Es complicado dilucidar una respuesta certera, pero la industria alimentaria parece tener mucho que ver. Como ya hemos comentado previamente, ciertos fabricantes de alimentos se encargaron en su día de potenciar la idea de que la grasa era el mismísimo diablo. Sin embargo, los propios consumidores tenemos un gran poder de compra. Los tiempos han cambiado, y ahora somos nosotros quienes guiamos a las empresas sobre lo que queremos y no queremos consumir. En este sentido, tenemos un gran poder sobre lo que comemos: nuestras elecciones de compra tienen mucho más peso de lo que creemos.