Los creadores de Dark (Baran bo Odar y Jantje Friese, 2017-2019), cuya rocambolesca historia de viajes temporales y mundos paralelos ha terminado en su esperadísima tercera temporada, nunca han escondido que Lost (J. J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber, 2004-2010) ha sido una de sus inspiraciones para la serie. Y eso se nota mucho, no solo en la influencia de la quinta temporada sobre los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic y su tentativa de cambiar el destino, sino en el modo en que ambas afrontan las posibles quejas por sus explicaciones de lo que está ocurriendo.

En Dark, el personaje de Torben Wöller (Leopold Hornung) es un policía con el ojo derecho dañado, y uno se pregunta cada vez que aparece lo que le habrá sucedido para ello. Durante la segunda temporada, el inspector W. Clausen (Sylvester Groth) llega a Winden con el objetivo de resolver las desapariciones de los niños que raptan Helge Doppler (Peter Schneider y Hermann Beyer) y Noah (Mark Waschke) para probar su prototipo de máquina del tiempo y, sobre todo, para descubrir las circunstancias de la desaparición repentina de su hermano, que sucedió en la localidad de Marburg en 1986.

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Aleksander Tiedemann (Peter Benedict), antes Boris Niewald, es el responsable. Y alguien le había enviado una carta anónima a Clausen, sugiriéndole que fuese a Winden porque allí encontraría cosas sobre su hermano. Y parece que el inspector está a punto de despejarnos otro misterio porque, de camino a la central nuclear que dirige el sospechoso, le pregunta directamente a Wöller qué le ha pasado en el ojo derecho. Este responde que le da un poco de vergüenza y que había sido el verano anterior, pero no prosigue con sus explicaciones por el susto de tener que evitar atropellar a la anciana Claudia Tiedemann (Lisa Kreuzer).

En el mundo paralelo al suyo, donde no existe Jonas Kahnwald (Louis Hofmann) porque Mikkel Nielsen (Daan Lennard Liebrenz) nunca viajó de 2019 a 1986 ni pudo ser adoptado por la enfermera Ines (Anne Ratte-Polle) ni convertirse en Michael Kahnwald, el policía es manco en vez de tuerto. Y en el mundo de origen, que H. G. Tannhaus (Christian Steyer), sin querer, había desdoblado en otros dos durante su primera prueba de la máquina del tiempo que había fabricado para impedir la muerte accidental de su familia, Peter Doppler (Stephan Kampwirth) también le pregunta a Wöller en la última escena sobre su ojo herido.

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Y solamente puede explicar lo mismo que le dice al inspector Clausen en el primer mundo paralelo, que había sucedido el verano anterior. Porque las luces de la casa de Regina Tiedemann (Deborah Kaufmann), que en las otras dimensiones era de Hannah Kahnwald (Shani Atias) y de Katharina Nielsen (Jördis Triebel), se apagan de repente. Hay tormenta, de modo que parece comprensible que ocurra. Pero el enigma sobre el ojo maltrecho del pobre Wöller quedará así para siempre, sin una resolución satisfactoria, a no ser que a Baran bo Odar y Jantje Friese les dé por ofrecernos un epílogo o abrir la boca con este asunto en algún día.

No es que se trate de una cuestión de importancia, pero con un epílogo imitarían a J. J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber, que decidieron rodar uno para Lost, The New Man in Charge (Paul A. Edwards, 2010), con dos objetivos: revelarnos cómo los Otros pudieron borrarle la memoria a Claire Littleton (Emilie de Ravin) durante su rapto, qué pintaba un oso polar de la isla y, sobre todo, qué había sido de un personaje al que se consideraba muy especial, Walt Lloyd (Malcolm David Kelley), y reírse de los espectadores que ponían el grito en el cielo porque aseguraban que no les habían despejado las dudas pendientes.

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El gran Benjamin Linus (Michael Emerson) responde a un par de preguntas poco relevantes de dos empaquetadores de la difunta Iniciativa Dharma en Guam, y el segundo propósito se ve muy claramente cuando uno de ellos, Hector (Ted Rooney), le dice con voz desesperada: “¡No puede marcharse así! ¡Merecemos respuestas”. Hazaña socarrona en la que se insistía con un cachondeo mayor en un segundo epílogo, una conversación de Jacob (Mark Pellegrino) y el Hombre de Negro (Titus Welliver) en la que este último está a punto de soltar lo que es la isla, pero el primero le interrumpe. En cambio, nos revelan su nombre: Barry.

No esclarecer lo que pasa con el ojo de Wöller, que tanto en uno de los mundos paralelos como en el de origen, se lo ha lesionado en circunstancias misteriosas, y dejarnos con tentativas de explicación es un modo ostensible de mofarse de quienes exigen una aclaración sistemática de todos y cada uno de los puntos de una historia, que se los iluminen bien, como si les aplicaran un tercer grado, y que se los mastiquen de forma concienzuda, como para poder digerirlos sin dientes. Un auténtico guiño burlesco este de Dark en la línea de Lost, para que se note la influencia de las series decanas en las de los talentos emergentes.

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