Cuando Bruce Banner chasqueó los dedos en Avengers:Endgame y trajo de regreso a la mitad de la vida desaparecida cinco años atrás parecía un acto milagroso. Lo que nadie imaginó es que el Blip, ese acto heroico asombroso, traería también todo tipo de problemas para el Universo Cinematográfico de Marvel. ¿Cómo es el mundo posapocalíptico de Marvel? Esa es la pregunta que WandaVision y Falcon y el Soldado de Invierno (Falcon and the Winter Soldier) intentan responder.

Aunque no es el centro de su argumento, las historias de ambas series han permitido profundizar en qué ocurrió después del Blip (lo que ocurre tras el chasquido de Thanos). En medio de la tragedia de Wanda Maximoff, el guion la acompaña para mostrar un mundo nuevo. Uno destartalado, entristecido y no precisamente mejor. 

El programa hizo énfasis en qué ocurrió con todos los que despertaron sin comprender que habían transcurrido cinco años desde su último recuerdo. Pero si la situación de Wanda era angustiosa, también lo fue la de Monica Rambeau. El personaje volvió a una realidad en la que su madre había muerto; de pie en un hospital sumido en el caos, la revelación fue un golpe al rostro: “Desapareciste por cinco años”. 

La vida entre los escombros de Thanos 

Ya Spider-Man Far from Home había mostrado algunos detalles sobre el mundo post Thanos. La película dedicó un par de escenas a narrar cómo había sido el regreso de hombres y mujeres en todas partes del mundo. Lo hizo en tono ligero, e incluso mostró a Tía May como parte de un movimiento para “hacer más sencillas las cosas”. 

No obstante, la traumática experiencia de Monica fue mucho más allá y exploró la ausencia en situaciones límite. Mientras Wanda afrontaba el duelo por la muerte de Visión, Monica tuvo que asumir la de su madre y todo el contexto que le rodeó. Por primera vez, el Universo Cinematográfico de Marvel se planteó narrar una perspectiva sobre la tragedia mucho más mundana e íntima. 

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En Falcon y el Soldado de Invierno (Falcon and the Winter Soldier) la circunstancia se explora en toda su realista extensión. El mundo en el que Sam Wilson (Falcon) y Bucky (Soldado de Invierno) habitan está aplastado por la desesperación. Y si bien Avengers: Endgame mostró un escenario previo desolado por el luto, en la serie la situación tiene todo el aire de un impacto que sobrepasó a la mayoría. Una crisis social, cultural y económica que afecta a los ciudadanos comunes y a los héroes. 

Separados durante el primer capítulo, Sam y Bucky se permiten explorar toda la dimensión de la crisis. Por un lado, el antiguo Soldado de Invierno es una víctima de sus traumas, y también de un sistema institucionalizado que perdonó su antigua identidad. 

O al menos, eso parece sugerir sus visitas a la terapia y el hecho de encontrarse sin objetivo o motivación. Bucky, que recibió órdenes por décadas y obedeció con violencia ciega, ahora es un hombre abatido por la culpa. El reflejo del mundo a su alrededor es inevitable: Bucky carece de propósito. Intenta resarcir el daño causado, integrarse al mundo, pero en realidad es un hombre sin pasado y con un presente difuso. 

Incluso algo tan corriente como una cita romántica se convierte para el personaje en una situación complicada. Lo mismo que la amistad con una vecina anciana. Los días de la terapia son el recuerdo del mundo en un ciclo interminable. ¿Ocurre lo mismo con el mundo que sobrevivió a Thanos?

Los pequeños dolores de la vida cotidiana en Falcon y el Soldado de Invierno

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Todo parece indicar que sí. En su extremo del espectro, la situación no es más sencilla para Sam, que además debe lidiar con la responsabilidad de ser el nuevo Capitán América. El escudo, que el mismísimo Steve Roger puso en sus manos, tiene el peso de un símbolo que Sam no sabe cómo afrontar. Esa dualidad en Sam es uno de los hilos argumentales más interesantes de la serie. De ser una fuerza de élite que lleva a cabo atrevidos rescates, es también un hombre con problemas reales. 

Y problemas que abarcan el espectro de las cosas de un mundo apocalíptico que no sabe cómo recuperarse. La serie plantea el dilema sobre la forma en que los superhéroes enfrentan el mundo cotidiano. ¿Dónde vive un superhéroe? ¿Quién paga por sus servicios? En Falcon y el Soldado de Invierno (Falcon and the Winter Soldier), la pregunta se lleva a otra dimensión: ¿cómo subsiste un héroe que desapareció durante cinco años?

Llevado a un siguiente nivel, la pregunta que rodea y profundiza el programa es de enorme interés para la fase cuatro de Marvel. Los héroes también padecen los sinsabores de un mundo confuso. Uno en el que hay quienes reclaman el “antiguo orden” que surgió después del chasquido de Thanos. Un mundo sin fronteras y amargo que tuvo sus propios héroes y adeptos. 

En medio del desorden y pasado los primeros meses de alegría por el retorno de los ausentes, el mundo debe enfrentar asuntos más urgentes. Y lo hace aterrorizado, abrumado, aturdido, desconcertado. 

Sam Wilson (Falcon), un buen hombre

Quizás uno de los aspectos más interesantes de la serie es mostrar el ángulo familiar y emocional de los superhéroes. Si el Universo DC (en especial, después del Snyder Cut de La Liga de la Justicia) recurre a lo épico y a los majestuoso para mostrar la heroicidad, Marvel lo hace desde lo pequeño. 

Lo analiza con una elegante sensibilidad que brindó las mejores escenas a Falcon y el Soldado de Invierno (Falcon and the Winter Soldier). Sam, ahora en Luisiana junto hermana Sarah y sus hijos (que eran niños pequeños antes de que desapareciera) intenta sobreponerse a la confusión. Pero también debe afrontar la vida común. La vida de las desgracias diminutas: deudas, cuentas que pagar y adolescentes que educar. 

La serie mira al mundo de Marvel con una amabilidad amarga y apacible. Una melancolía dolorosa que recuerda que, quizás, ese gran milagro del Blip solo configuró otros grandes problemas. “Necesitamos nuevos héroes” dice Sam, frente a la imagen del añorado Capitán América. ¿Podrá ser Falcon el hombre que salve el día? 

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