– Oct 29, 2019, 10:05 (CET)

Los científicos españoles que ‘viajarán’ a la Luna

Ramón González y José María Ortega-Hernández son dos jóvenes ingenieros con carreras muy diferentes, pero con un claro punto en común: proyectos espaciales que han llamado la atención de dos de los mayores gigantes de la carrera espacial.

Después de varios años en Estados Unidos, trabajando como investigador en el MIT, el ingeniero informático Ramón González pudo volver en 2017 a su tierra, Almería, para fundar Robonity, una start-up dedicada a servicios de consultoría, desarrollo e innovación, en áreas tales como la inteligencia artificial, el control autónomo y el aprendizaje profundo.

Un poco diferente es el caso de José María Ortega-Hernández, quien actualmente se encuentra en Reino Unido, trabajando como ingeniero en Bentley Motors. Ambos son un buen ejemplo del científico exiliado y el que vuelve a casa después de cosechar grandes éxitos en el extranjero. Los dos son españoles, más concretamente andaluces, uno almeriense y el otro malagueño. Pero si hay algo que une a estos dos ingenieros, a pesar de no conocerse personalmente entre ellos, es la pasión por el espacio, que les ha llevado a centrar parte de su carrera en él, con tal empeño que ahora se codean con dos de las mayores potencias mundiales dentro de la carrera espacial: Ramón con la NASA y José María con la Agencia Espacial China.

Ingeniería española detrás del movimiento de los robots lunares

Ramón González

La historia de Ramón con la NASA no es nueva, pues se remonta a hace cinco años. “Llevo trabajando en proyectos con NASA desde el año 2014, cuando me seleccionaron como investigador en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT)”, recuerda el ingeniero almeriense. “Desde entonces hemos tenido un estrecha relación con varios centros de NASA, ahora desde Robonity”. Continúa explicando que la agencia espacial estadounidense tiene un problema bastante crítico relacionado con la movilidad de sus robots de exploración planetaria, tanto por el deslizamiento de las ruedas como por la posibilidad de que los vehículos se estanquen. “Robonity tiene una dilatada y demostrada experiencia en este campo. Hemos realizado potentes simulaciones mediante ordenador de robots en el polo sur lunar y participado en pruebas de robots planetarios en la Tierra en situaciones parecidas a Marte o la Luna”.

Y son precisamente estos simuladores los que han atraído la atención de los americanos, tanto como para pedir la ayuda de Ramón y su equipo, ya que con él es posible reproducir de una forma lo más real posible las dificultades que pueden darse en la superficie lunar. Pero no solo es aplicable al satélite, pues esta tecnología podría utilizarse en otros entornos, como Marte, siempre que se tengan en cuenta las diferencias entre ambos escenarios. “A nivel técnico, la Luna presenta algunos retos bien diferentes a los de Marte”, explica González a Hipertextual. “Por ejemplo, los polos (donde se cree que hay agua congelada), están en completa penumbra, por lo que necesitaremos sensores diferentes a las cámaras de visión tradicionales (principal sensor de navegación de los robots en Marte) para navegar por la Luna. Además, el terreno (regolito) es más suelto que en Marte, de modo que la posibilidad de deslizamiento de las ruedas y de que ese polvo afecte a los circuitos electrónicos es mucho mayor”.

La versatilidad que Robonity ofrece a la NASA ha llevado a que esta no haya reducido la colaboración solo a un proyecto; sino que, según cuenta el ingeniero, tenga previsto seguir contando con ellos en nuevas misiones. “Trabajar en una misión de vuelo real es sumamente complejo, primero porque esas misiones las asumen los propios centros de NASA y, por lo tanto, no suelen involucrar entidades externas y menos entidades extranjeras. En cualquier caso, desde Robonity seguimos colaborando y ofreciendo nuestro apoyo a dichos responsables”.

Científicos que quieren ver florecer la Luna

José María Ortega-Hernández junto a Gengxin Xie, el líder del equipo que hizo germinar la primera semilla en la Luna

La historia de José María empieza con un concurso al que se presentó siendo todavía un estudiante de ingeniería aeronáutica. “A mediados de 2016, Team Indus, que era un participante de la Google Lunar X Prize, organizó la competición llamada Lab2Moon”, comienza a narrar. “En esta competición se buscaban proyectos e ideas que pudieran ir a bordo de su aterrizador y que lograran hacer de la especie humana una especie interplanetaria sostenible. Me enteré de la competición a dos días de su cierre a mediados de septiembre de 2016. En ese momento, de algún u otro modo supe que la idea debía ir en la dirección de crear un hábitat que permitiese estudiar el crecimiento de una planta bajo las condiciones gravitatorias lunares”. Para poder participar, organizó un equipo integrado por un biólogo y dos ingenieros, entre los que se encontraba él mismo. “Nosotros esperábamos que a igual intervalo temporal una planta en la Luna creciera mucho más que en la Tierra. Entendíamos que si las plantas habían tardado tantos años en saltar de los mares a la tierra y siempre bajo los efectos de la gravedad terrestre, iba a ser muy interesante observar cómo reaccionarían bajo los efectos de la gravedad lunar”. Como bien sigue explicando el joven malagueño, es cierto que se han realizado experimentaciones en la Estación Espacial Internacional sobre este tema pero ellos querían saber cómo sería la germinación de la semilla y posterior crecimiento del tallo de la planta siempre bajo las condiciones de la gravedad lunar; sin ninguna otra variable gravitatoria afectando como podría pasar en la EEI. “Estuvimos desarrollando el demostrador de cápsula-hábitat que permitiría el estudio del crecimiento de la planta desde septiembre de 2016 hasta marzo de 2017, cuando tuvo lugar la competición en India. De 3400 proyectos que se presentaron inicialmente a la competición fuimos seleccionados entre los 15 finalistas, siendo el único proyecto español escogido. Nos centramos en ingeniar una cápsula que se encargase del estudio del crecimiento de las plantas, puesto que de verdad consideramos que iba a ser muy importante de cara al desarrollo de futuros cultivos, así como la conversión de dióxido de carbono en oxígeno y la alimentación de los astronautas de las futuras bases humanas en la Luna, que ya se está planteando con conceptos como el Moon Village, de la Agencia Espacial Europea”.

Han pasado dos años ya. Desde entonces, José María ha terminado la carrera y ha emigrado a Inglaterra en busca de trabajo, pero no ha abandonado aquella idea, que ha terminado convirtiéndose en el proyecto Green Moon Project. En él, actualmente participan tanto el propio Ortega-Hernández como el doctor Jesús Martínez Frías, geólogo planetario e investigador del Instituto de Geociencias de España, la doctora Eva Sánchez Rodríguez, experta en fisiología de las plantas y directora de Innoplant, el doctor Francisco Javier Medina Díaz, un investigador del Centro de Investigaciones Biológicas, especializado en los efectos gravitatorios sobre la biología vegetal, y el doctor Raúl Herranz, cuya especialidad es el estudio de la biología animal en diferentes condiciones de gravedad. Además, inicialmente estuvieron en el proyecto también los doctores Jorge Pla-García y Eduardo González, ambos investigadores del Centro de Astrobiología. “Personalmente, quiero aprovechar para mostrar mi agradecimiento al IGEO (Instituto de Geociencias de España) y a REDESPA (Red Española de Planetología y Astrobiología) por haber mostrado desde el primer momento su interés y apoyo hacia este proyecto organizado por Green Moon Project. Tanto el doctor Jesús Martínez-Frías como el doctor Valentín García-Baonza (director del IGEO) no han dudado en hacer todo lo posible en sus manos por escalar este proyecto a las instituciones y que sea una colaboración exitosa”, agradece el ingeniero malagueño.

Sin duda este era un proyecto con futuro desde sus inicios, pero lo es aún más desde que el equipo firmó un acuerdo con los científicos de la Agencia Espacial China, en relación con la misión Chang’e-4, que este año se convirtió en la primera en aterrizar en la cara oculta de la Luna. Este alunizaje fue todo un hito en la historia de la carrera espacial, pero lo que realmente llamó la atención de los científicos del Green Moon Project fue que la nave portara una cápsula cargada con semillas, de las cuáles una de ellas logró germinar con éxito. A grandes rasgos, la misión incluía muchos puntos en común con los de Green Moon Project, aunque con una inversión muy diferente. “Claramente, no se puede comparar la cápsula del equipo chino con la diseñada y construida por nosotros, aunque el fondo fuese el mismo”, aclara Ortega-Hernández. “Por un lado tenemos la cápsula de Green Moon Project, desarrollada por tres estudiantes universitarios con ayuda de distintos departamentos de las Facultades de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Málaga, así como empresas del Parque Tecnológico de Andalucía y DHV Technology. El precio total del material de la cápsula de Green Moon Project fue de 1000€, sin contar con las horas empleadas por todas las personas que nos apoyaron así como por los propios integrantes del equipo. En cambio, por parte del equipo chino la cápsula está valorada en 1,5 millones de €. Fue desarrollada por profesionales del Centro de Exploración Espacial, dentro del Ministerio de Educación en la Universidad de Chongqing, con la colaboración de la Agencia Espacial China”. Pero, dejando a un lado las diferencias económicas, ¿cuál es la mayor diferencia entre ambas cápsulas? “La cápsula de Green Moon Project únicamente estaba centrada en llevar los sensores y el sistema necesario para hacer que unas semillas de lentejas crecieran y esto pudiera ser grabado, mientras que la cápsula de los chinos se centraba más en crear una auténtica biosfera en la que germinasen semillas de algodón, colza, patata y Arabidopsis thaliana, así como dar vida los huevos de la mosca de la fruta que también se encontraban en su interior. Su idea era crear una auténtica biosfera en la que cada una de las partes aportase al conjunto”.

A pesar de la gran infraestructura con la que contaba el equipo chino y el éxito que supuso conseguir que la semilla de algodón germinara, el brote no logró resistir el cambio de temperatura resultante de la noche lunar y terminó sucumbiendo a esta, puesto que no contaban con un sistema que compensara esta caída en las temperaturas. Por suerte, como suele decirse, de los errores se aprende y este es un fallo relativamente fácil de solucionar, de cara a conseguir que la germinación siga adelante. “Aún se está trabajando para crear un sistema viable que garantice tener una temperatura estable que permita la vida vegetal en el interior de la cápsula, tanto siendo de día como de noche en la Luna”, narra el ingeniero detrás del proyecto. “Probablemente, los puntos que más interesaron al equipo chino de la cápsula original de Green Moon Project fue el sistema de liberación de semillas y también el panel de luces que favorecen el crecimiento de la planta, así como la fotosíntesis, independientemente de tener luz solar o no. Su experimento únicamente se apoyaba en la luz solar para tener esa fotosíntesis de la planta”.

Este es uno de los puntos en los que los miembros del proyecto español trabajarán codo con codo con los chinos. “A partir de ahora y de la próxima visita de los chinos a España, antes de finales de este año, se espera que la colaboración sea muy directa y se cierren las principales líneas de actuación en las que participaremos”, aclara el malagueño. “La idea es colaborar en distintos campos como son atmósferas planetarias, biología vegetal y animal, hábitats, geología planetaria e ingeniería aeroespacial y rovers de exploración”. Además, al igual que con el proyecto de Ramón González para la NASA, todo esto no se aplica solo a la Luna, sino también a Marte.

Objetivos claros para un futuro mejor

Tanto Ramón González como José María Ortega-Hernández tienen muy clara la necesidad de explorar a fondo enclaves como la Luna o Marte, de cara a las necesidades futuras de nuestro propio planeta. “La Luna es ciertamente uno de los grandes cuerpos celestes muchas veces minusvalorados, pero quizás pueda tener la clave de por qué surgió la vida en la Tierra”, ejemplifica González. “Por ello, toda la comunidad científica ha puesto sus ojos en la Luna de forma muy especial. Además, las agencias espaciales se han dado cuenta de que para que un ser humano pise Marte, primero tenemos que hacer una parada de repostaje en la Luna, por lo que podríamos decir que los viajes robotizados a la Luna van a estar de moda en los próximos años”.

Tanto durante ese repostaje, como ante la posibilidad de la puesta en marcha de futuros asentamientos, es de gran importancia aprender a cultivar plantas en estas condiciones adversas. Por eso es tan importante la tarea que llevan a cabo desde Green Moon Project, en colaboración con China. Para ello, como bien ha explicado a este medio la doctora Eva Sánchez Rodríguez, es necesario optimizar varias técnicas de cultivo. “La germinación es un paso importante, pero habrá que asegurar un correcto sustrato para un buen desarrollo radicular bajo condiciones de microgravedad, así como las condiciones de CO2 para controlar una buena fotosíntesis”, argumenta. “Otro aspecto importante va a ser la transpiración de la planta y la nutrición de la misma. Muchos factores hacen prever que no va a ser sencillo. Sin embargo, hay mucho conocimiento científico en esta línea y mucho trabajo ya realizado que permiten ser optimistas en este sentido”.

Todo esto puede parecer casi ciencia ficción, pero los ingenieros espaciales chinos tienen un plan muy claro al respecto. “Hay que resaltar que la Agencia Espacial China tiene planes a medio plazo para establecer una estación espacial permanente alrededor de la Tierra, así como bases humanas lunares y viajes a Marte”, añade Ortega-Hernández. “Ya están consiguiendo increíbles logros científicos y tecnológicos, por lo que no resulta difícil imaginar cómo en unos años pudiera estar al nivel de las más importantes agencias espaciales del mundo. Es muy importante resaltar que muchos países, como Alemania e Italia, además de participar con la Agencia Espacial Europea o la norteamericana, están participando también con la china. Tal vez, sería interesante tomar nota de esto y así lograr que ninguna institución científica española tuviera miedo de sumarse al proyecto que Green Moon Project se encuentra desarrollando y de esta forma realizar una auténtica cooperación internacional en materia científica”.

En el espacio, pero también en la Tierra

Aunque ambos tienen un ojo en el espacio, los dos ingenieros entrevistados para este artículo miran también a la Tierra y desarrollan parte de su trabajo en proyectos muy diferentes. Es el caso de la empresa del almeriense, Robonity, cuya labora se centra también en otros muchos aspectos. “Desde Robonity estamos trabajando para hacer más productiva y rentable la agricultura intensiva (invernaderos) y para optimizar y hacer más competitivos los procesos en los centros de postrecolección”, cuenta el ingeniero. “Además, colaboramos con entidades como ISTVS (organización más importante del mundo en vehículos terrestres) u OTAN (el año pasado fuimos finalistas del premio más importante en innovación de dicha entidad)”. Aparte de todo esto, se muestra especialmente orgulloso de Mobibuk. “Basado en los principios de la robótica, IoT y Big Data, Mobibuk está avalado por cinco patentes y su principal misión es hacer más productivas y rentables las explotaciones agrícolas a través de una mejor gestión, mayor productividad de los trabajadores y menor tiempo en detección de incidencias y plagas”.

En cuanto al ingeniero aeronáutico y mecánico José María Ortega-Hernández, en la actualidad forma parte del equipo de ingenieros responsables de los Sistemas Avanzados de Asistencia a la Conducción de Bentley Motors. “Estoy muy contento de que mi primera incursión en el mundo laboral haya sido en esta empresa; me han dado alas para seguir desarrollándome y creciendo, tanto personal como profesionalmente. ¿Quién sabe? Tal vez, en un futuro no muy lejano, en las futuras bases humanas en la Luna o en Marte veamos rovers de la casa Bentley”, predice entre risas.

Los dos son casos diferentes, pero con algo muy importante en común: la capacidad para mirar al cielo, con los pies bien fijos en la Tierra. De ese modo, es más que probable que les queden muchos logros por cosechar.