– May 27, 2019, 9:01 (CET)

Más allá de Huawei: todo lo que está en juego en la guerra tecnológica EE.UU.-China

Calzado y textil, otros fabricantes de smartphone, coches eléctricos chinos... Varios organismos y empresas apuntan ya a que la agresividad comercial entre las dos potencias puede encarecer numerosos productos.

El pasado fin de semana saltaba de forma repentina una de las noticias seguramente más importantes de lo que va de año en el mundo de la tecnología. Google retiraba la lincencia para el uso de Android a Huawei, lo que en la práctica significaba que los dispositivos de la empresa china solo podrían usar la opción de software libre (AOSP) del sistema operativo, y se eliminaría el uso de apps básicas como Gmail y el acceso a la Play Store.

La empresa del buscador ejecutaba así un movimiento impulsado por el ejecutivo de Donald Trump, que unos días antes había firmado una orden ejecutiva que daba poder al Gobierno Federal para impedir que las empresas norteamericanas trabajen con equipos de telecomunicaciones de fabricación extranjera. En ese momento el nombre de Huawei no aparecía por ningún lado en concreto, pero ya se intuía que la compañía con sede en Shenzhen era el objetivo prioritario.

Desde la Casa Blanca se lleva tiempo acusando a la firma de aprovechar su despligue para espiar, aunque sin aportar pruebas de ello, aludiendo su veto a cuestiones de “seguridad nacional”. A Google se han sumado posteriormente otros proveedores de primer nivel norteamericanos o que operan en el país de las barras y estrellas, como Qualcomm, Intel o los fundamentales chips de ARM, dejando a Huawei, tercer fabricante mundial y cada vez más cerca de dar el 'sorpasso' a Samsung, en una situación, a priori, de total precariedad.

Ahora ya sabemos que aquellos que tengan un móvil Huawei no deben temer que se vaya a convertir en un pisapapeles de la noche a la mañana. Google amplió información afirmando que el veto no afectará a los terminales existentes, pero sí a los futuros. Tampoco podemos descartar que en cualquier momento todo el asunto dé un cambio de timón que por medio de la negociación acabe limando asperezas. Pero sin duda alguna estamos ante el primer gran evento de una riña comercial-tecnológica entre las dos mayores potencias de la actualidad que va mucho más allá de Huawei.

Algunos analistas, organismos y empresas ya han avisado que si la escalada de tensión sigue en alza puede que no solo sean los usuarios de Huawei los perjudicados, sino también consumidores de zapatillas Nike, de otros dispositivos móviles, de centenares de marcas de ropa o todos aquellos que esperaban la llegada de modelos de coches eléctricos chinos al mercado occidental. ¿El motivo? La gran presencia de empresas estadounidense en el gigante asiático, y el previsible aumento de aranceles que podría llegar.

La geopolítica del 5G como fondo y el poder de China como gran tablero

Paul Triolo, jefe del grupo de investigación tecnológica del think-tank Grupo Eurasia, contaba esta semana a The Washington Post que "la guerra comercial entre China y Estados Unidos realmente tiene más que ver con la tecnología que con el comercio".

Desde hace unos meses, la posición de Huawei ya no en el móvil, sino como referente en la implantación de las redes 5G había provocado algunos recelos en Estados Unidos. El caso de la implantación del 5G, a debate en casi todos los países, y donde Huawei parte con una posición de ventaja, se ha convertido seguramente en el primer punto del manual de geopolítica de la actualidad: hasta qué punto dotar a empresas extranjeras de capacidad de gestión en una tecnología que, aunque aún está por ver, puede suponer una revolución vital para las telecomunicaciones.

Las tensiones con Huawei vienen de lejos, y seguramente tuvieron su punto álgido hasta la fecha con la detención el pasado mes de diciembre en Canadá de Meng Wanzhou, Vicepresidenta de Huawei e hija de su CEO, en medio de las acusaciones de espionaje. Tampoco son la primera empresa China en sufrir algo parecido por parte de EE.UU. ZTE pasó por un proceso similar e incluso más restrictivo durante 2018 por mantener acuerdos con los regímenes de Irán o Corea del Norte, siempre según Washington. La tecnológica en este caso asumió las culpas para poder seguir vendiendo en Norteamérica pagando una importante multa.

Meng Wanzhou, durante su detención en Canadá

Como telón último en este asunto, a nadie se le escapa que está la tensión entre Estados Unidos y China por controlar una mayor parte del pastel del comercio mundial. China hace mucho tiempo que dejó de ser solo la 'fábrica del mundo' para pasar a ser una economía que, pese al estancamiento de los últimos años, ha crecido de forma exponencial gracias a sus exportaciones y el vigor de su consumo interno. Por su parte, la situación actual de Estados Unidos, con Donald Trump en el poder bajo su lema 'Make America great again' es un reflejo de la pérdida en poder industrial y manufacturero que ha propiciado la llegada del magnate a la Casa Blanca.

Pero aunque Trump no haya mostrado pruebas claras del supuesto espionaje chino, sí que parece claro que tiene razón en algo al hablar de los tratos con el gigante asiático. El Presidente norteamericano ha llamado en los últimos años “robo de propiedad intelectual” a buena parte de las prácticas que China obliga a pasar a empresas extranjeras para producir y vender en el país. Y es que Pekín fuerza a las compañías foráneas a hacer alianzas con partners locales para poder vender dentro de sus fronteras. Unos acuerdos que en muchos casos implican ceder información de patentes y procesos, y que por supuesto las empresas chinas pueden reutilizar después. Este, por ejemplo, es un mecanismo básico en el sector del automóvil, donde los fabricantes Europeos solo han podido empezar a vender en China tras pagar este 'peaje'.

Sin embargo, el conejo definitivo en la chistera lo tiene China. Desde la era de la administración Obama, cuando EE.UU., al igual que el resto del mundo, afrontaba la crisis económica mundial de 2008, China ha ido adquiriendo bonos del estado norteamericanos y deuda de este país. En la práctica esto ha servido para que Estados Unidos se financiara, pero si China decidiera vender masivamente toda la deuda americana que atesora -mecanismo que algunos analistas llaman el 'botón nuclear' de este conflicto- Estados Unidos vería rápidamente cómo le costaría mucho más financiarse en los mercados, con unas implicaciones que podría ser muy extensas.

De zapatillas a iPhones pasando por coches eléctricos: todo podría ser más caro

Como en toda escalada de tensión, el caso de Huawei ha estado precedido por otros movimientos. Hace dos semanas el ejecutivo de Trump ordenó un aumento de aranceles para los productos chinos y fabricados en China. Y esto es importante. Aunque la orden aún no se ha aprobado, empresas como Nike y otras 140 dedicadas al calzado y textil con sede en norteamérica pero plantas en China enviaron una carta a Trump solicitando que repensara esta postura ante el riesgo de que sus precios se encarecieran para el consumidor final. Es decir, para todo el mundo.

Si se aumentan los aranceles a productos chinos, es muy probable que China haga lo propio con los que importa de Estados Unidos, lo cual podría afectar de retorno a otras empresas tecnológicas entre las que estaría Apple. La compañía de Cupertino tiene una doble vertiente en esta cuestión. Por una parte vende sus dispositivos en China, pero también tiene plantas de ensamblaje allí. Consultoras como JP Morgan ya han sacado la calculadora para ver qué ocurriría si Apple dejara de fabricar sus smartphone en China debido al aumento de aranceles, concluyendo que sus teléfonos podrían aumentar su precio entre un 14 y un 20%.

En esta pugna que por el momento parece solo tener a los consumidores como claros perdedores, queda por encuadrar ver cómo afectará a los bienes chinos que se preveía que a futuro llegaran a otros mercados. Aquí juegan un papel fundamental los vehículos eléctricos, donde el gigante asiático se había convertido en el primer fabricante gracias a una plétora de marcas que de momento se dedicaban al mercado interno, pero que preveían salir de aquí a 2020 rumbo a Europa o Estados Unidos. Estos coches eran y son importantes porque podrían llegar al mercado occidental con un precio mucho más bajo que los eléctricos de los fabricantes tradicionales. Sin embargo, con los nuevos aranceles, puede que esta diferencia de precio no sea tanta, lastrando así una nueva vía de aterrizaje de la movilidad eléctrica más ajustada a todos los bolsillos.