La confianza que los espectadores depositamos en la nueva aventura profesional un director de cine, con mayor simpatía si uno trabaja en el análisis del mismo, depende de lo que haya demostrado en sus proyectos anteriores. Si lo que ha tenido son buenos modales, nos interesamos por lo que nos ofrezca en el futuro; inclusive si ha metido la pata pero honestamente: le damos otra oportunidad para prestarle nuestro escaso tiempo; agradeciéndole siempre la dedicación de todas formas. En lo que respecta a Denis Villeneuve y su esperadísima adaptación de Dune, la afamada novela de Frank Herbert aparecida en 1965, merecían nuestra esperanza de que saliese airoso del trance.

No únicamente porque ha pinchado una sola vez de entre la decena de largometrajes de los que se ha querido ocupar desde Un 32 de agosto en la Tierra (1998); y no ha sido en este ni en Maelström (2000), Polytechnique (2009), Incendios (2010), Sicario (2015) ni, oh, yeah!, Dune (2021), sino en Enemy (2013), inverosímil más allá de la fantasía.

También debido a que Prisioneros (2013), La llegada (2016) y Blade Runner 2049 (2017) sobresalen en su minuciosidad compositiva, la intensidad dramática que construyen y la fascinación que provocan por su puro magnetismo.

El talento concienzudo de Denis Villeneuve

Warner Bros.

No poco de las virtudes que hay en lo mejor de la filmografía de Denis Villeneuve está también en la primera parte de Dune, favorecidas gracias al amor del canadiense por la obra de Frank Herbert, pero no tan intensificadas como en sus tres filmes más interesantes. La sobria solemnidad que le caracteriza le aporta una dignidad muy sólida que se encuentra a años luz de la frikada ridícula que perpetró el estadounidense David Lynch en 1984; después de que los cinéfilos respirasen aliviados cuando la tentativa del chileno Alejandro Jodorowsky en 1975 se fue a pique.

Se nota mucho el mimo que ha gastado Denis Villeneuve al exponer sus indicaciones a los intérpretes, un auténtico lujo todos ellos por el que no habrán necesitado demasiadas; y al elaborar cada puesta en escena, cada encuadre, cada imagen insólita, cada corte en el montaje final con ciertos paralelismos álgidos y una arrebatada confusión onírica. Así, la nueva Dune nos gana por el talento concienzudo de su exigente realizador; y por la mezcla sugestiva, abigarrada y constante de ciencia ficción y misticismo enfático que ha conseguido; sin que chirríe nada, siendo que podría habérsenos indigestado muy fácilmente.

El compositor Hans Zimmer (Hannibal), otro que ama el libro de Frank Herbert, se ha esforzado por entregar una partitura que apuntale el tono casi litúrgico de Denis Villeneuve en la enormidad épica de Dune, sus planetas extraños y su intriga de poder a lo Juego de tronos (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019). En ocasiones, resulta un tanto estruendoso, pero nunca insoportable.

El repartazo de ‘Dune’

Warner Bros.

El espectacular diseño de producción del habitual Patrice Vermette (La llegada), por otro lado, constituye uno de los grandes sustentos de la película. Como la impagable labor de su repartazo, sea la de Timothée Chalamet (Interstellar) en la piel de Paul Atreides, Rebecca Ferguson (Doctor Sueño) como Lady Jessica, Oscar Isaac (Ágora) encarnando al duque Leto Atreides, Jason Momoa (La Liga de la Justicia) como Duncan Idaho o Zendaya (El gran showman) de Chani.

Y Josh Brolin (American Gangster), Javier Bardem (Mar adentro), Stellan Skarsgård (El indomable Will Hunting), Dave Bautista (Blade Runner 2049), David Dastmalchian (El caballero oscuro) y una imponente Charlotte Rampling (Dexter) como Gurney Halleck, Stilgar, el barón Vladimir Harkonnen, Glossu Rabban, Piter De Vries y Gaius Helen Mohiam respectivamente.

Sin todos ellos, Dune hubiera sido otra; seguramente, peor. Hubiese tenido el guion complejo que firman Eric Roth (Forrest Gump), Jon Spaihts (Doctor Strange) y el propio Denis Villeneuve, y su mismo empeño audiovisual, que preconiza un estallido glorioso en la segunda parte con el clímax superior de la historia: por desear, que no quede. Pero un elenco mediocre tal vez nos hubiese privado de la adaptación que sí merecía la novela de Frank Herbert.