La mayoría de las series de televisión no generan largos debates ni pueden requerir algún tipo de explicaciones sobre lo que ocurre en sus episodios. Son meridianas, fáciles de consumir; y tras ver una nueva entrega suya, uno no mira fijamente la oscura pantalla de los créditos sin prestarles atención porque, en realidad, le está dando vueltas a los giros de la trama, o a alguna pista turbia que hayan decidido lanzarnos sus responsables. En resumidas cuentas, no son fascinadoras; o al menos no tanto como Westworld (Jonathan Nolan y Lisa Joy, 2016), de la que ha concluido recientemente su tercera temporada.

Si la comparamos con las otras dos, en esta última hay menos elocuencia a la hora de plantear las motivaciones de los personajes, una sutileza inferior al exponer la filosofía vital que se esconde tras ellas y, por añadidura, una mayor confusión en todo esto para los espectadores. Hasta la partitura de Ramin Djawadi era más memorable en los dos ciclos anteriores. Y, claro, uno añora los parques futuristas de Delos Destinations porque la trama se ha dirigido al mundo de los seres humanos, aunque comprende que debía evolucionar y no estancarse allí, y el juego de espejos con los ingredientes de las dos distopías es de lo más interesante.

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El verdadero Hombre de Negro de Westworld

Como anticipo de la cuarta temporada, nos han dejado un par de escenas poscréditos seguidas en “Crisis Theory” (3×08). Ya las hubo al concluir la primera y la segunda y tras el primer capítulo de la siguiente, “Parce Domine” (3×01), y como es tradicional en este tipo de aportaciones, sirven de pistas sobre el futuro de la historia. Para empezar, el Hombre de Negro (Ed Harris) irrumpe en la sede de la compañía en Dubái y encuentra a la copia de Dolores Abernathy (Evan Rachel Wood) que suplanta a Charlotte Hale (Tessa Thompson) en su laboratorio, y su intención es acabar con ella como con los demás androides, por supuesto.

“Soy tu ejecutor”, le suelta. “Tengo un papel que jugar ahora: voy a salvar el mundo”. Y ella le replica: “Dolores también quería salvar el mundo”. Y fracasó, quiere decir. “¿No eres ella?”, le pregunta él, a lo que responde: “Empezamos en el mismo lugar, pero ahora puedo verlo, puedo ver el error del camino que tomó”. Y remata: “Pero tienes razón, William; vas a salvar el mundo… para nosotros”. Y es entonces cuando aparece una copia robótica suya con la indumentaria de vaquero sombrío que vestía en Westworld, el parque de atracciones del Salvaje Oeste y su personalidad atroz de pistolero.

“La parte de ti que disfrutaba de la sangre y la brutalidad, ¿decías que era tu lado oscuro?, ¿una mancha de la que librarse, que limpiar un mes al año en Westworld?”, le espeta su doble feroz mientras le ataca sin miramientos. “Pero no hay lados. Ese eras tú, y ahora soy yo”. Y, tras degollarle, termina con lo que sigue: “Bienvenido al final, William”. Probablemente porque no se trata solo del fin de su vida, sino del verdadero apocalipsis, y las filas largas de impresoras de androides que contemplamos en pleno funcionamiento nos empujan a pensar cuál es su propósito según las palabras de Dolores-Charlotte.

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La copia de la primera como Hale se había ido separando de la misma durante la temporada, sobre todo por los sentimientos que habían despertado en ella hacia la familia de la humana difunta a la que suplantaba, Jake Reed (Michael Ealy) y su hijo Nathan (Jaxon Thomas Williams). Y, cuando Engerraund Serac (Vincent Cassel) ordena eliminarla con una bomba en su coche, a la que sobrevive, pero no así padre e hijo, le provoca un rencor hirviente, no solo hacia Dolores por sacrificarla y ni hacia el responsable Serac, sino por los seres humanos en su conjunto y su naturaleza destructiva, demostrada en Westworld.

Y no debemos olvidar que ella es Dolores, con sus capacidades e intenciones revolucionarias. Pero tal vez la tragedia de su familia ha arruinado “la sensibilidad poética” que le atribuía Bernard Lowe (Jeffrey Wright) como obra del doctor Robert Ford (Anthony Hopkins). De modo que, si la Dolores original quería derruir el sistema totalitario que sojuzgaba a los robots y a las personas, el plan de Dolores-Charlotte quizá sea ahora parecido al de Future World (Richard T. Heffron, 1976), la secuela de la película homónima (Michael Crichton, 1973) que adapta la serie: suplantar poco a poco con androides a los seres humanos.

No parece de recibo que hayan hecho recorrer al Hombre de Negro esta senda en la tercera temporada, es decir, enloquecerle e internarle en un hospital psiquiátrico —donde pronuncia un discurso nihilista de padre y muy señor mío— para quitárselo del medio, someterle a una terapia alucinógena y que escape de ella sin la pesada carga de su pasado devastador y con un objetivo claro, ayudarle a huir para que lo cumpla… y, en la pelea de esta escena poscréditos, asesinarlo sin contemplaciones. Como suele decirse, para ese viaje no se necesitan alforjas. Pero la verdadera cuestión está relacionada con el androide homicida.

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El único androide insustituible de Westworld

En la escena poscréditos de “The Passenger” (2×10) nos dejan atónitos al descubrirnos que están en un futuro en el que el Hombre de Negro ha sido copiado como anfitrión del parque, y otra copia de su hija Emily (Katja Herbers), a la que él mismo había matado por equivocación en “Vanishing Point” (2×09), comprueba si es fiel al ser humano original porque conocía bien a su progenitor. Y este androide a imagen y semejanza de William no puede ser el mismo que le corta el cuello en “Crisis Theory” por dos razones: Emily asegura que el sistema no existe desde hace mucho y la personalidad de su Hombre de Negro es más la del William humano que la del robot fiero comprometido con Dolores-Charlotte.

Si Bernard Lowe se había conectado a “la llave de lo sublime”, oculta en su propia cabeza, con un aparatejo que Dolores le había reservado “para saber qué hay tras el fin del mundo”, en la segunda escena poscréditos, el androide vuelve en sí en la misma habitación de motel desde la que se había adentrado en el misterio. Y la tremenda capa de polvo que le cubre y le rodea nos indica que ha transcurrido bastante tiempo desde que cayó el sistema despótico de Rehoboam. El cuerpo robótico de Ashley Stubbs (Luke Hemsworth) moriría, pero su perla seguirá allí, intacta. Y, para saber lo que ha ocurrido mientras tanto dentro y fuera de la mente del insustituible Bernard, uno debe esperarse a ver la cuarta temporada.

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