– Feb 3, 2020, 10:00 (CET)

Siendo libre eres más feliz, pero el pin parental no quiere que lo seas

La educación sexual es un derecho de todos los niños. ¿Cómo podemos practicarla en casa y qué ocurriría si no pudieran acceder a ella?

Gloria Vázquez tenía 8 o 9 años cuando descubrió que le atraían tanto los chicos como las chicas. Sin embargo, cuando sus compañeras le preguntaban sobre las personas del colegio que le gustaban, solo se atrevía a mencionar al niño más guapo de la clase. Nadie le había contado que lo que le pasaba era normal y no podía evitar sentirse un “bicho raro”.

Benjamín Cristian era mayor que ella cuando supo que era un chico trans. Tenía 16 años y decidió contárselo a la persona que entonces era su pareja. Esta no recibió bien la noticia y respondió con reacciones cargadas de transfobia.

Ariadna (nombre falso) tenía trece años cuando ella y unas cuantas amigas decidieron quedar en casa de una de ellas para ver cine porno. Nadie les había hablado sobre sexo y, a falta de información vertida desde el instituto, decidieron informarse por su cuenta.

Quizás, si en sus colegios hubiesen tenido una educación sexual adecuada, Gloria hubiese perdido el miedo a manifestar lo que sentía, la pareja de Benjamín no hubiese reaccionado como lo hizo cuando este le contó lo que había descubierto sobre sí mismo y Ariadna y sus amigas no habrían tenido que andar a escondidas viendo una representación del sexo irreal y totalmente carente de valores. Hoy en día muchos centros escolares incluyen talleres dedicados a evitar que estas historias se repitan, pero la insistencia de muchos padres en declarar que sus hijos son suyos y, por lo tanto, solo ellos pueden decidir sobre su educación está haciendo que estas actividades peligren. Están llevando a que el bienestar de chicos y chicas como los tres que han hablado con Hipertextual para este artículo peligre. ¿De verdad vale la pena arriesgarse a que esto ocurra? ¿Realmente tiene algún sentido que los padres se empeñen en decidir sobre estas cuestiones a través del pin parental?

La importancia de la educación sexual

Para aclarar este tema, nos hemos puesto en contacto con la psicóloga, sexóloga y educadora sexual Laura Marcilla, quien empieza aclarando a qué hace referencia exactamente la educación sexual. “Me parece relevante que se empiece a entender que ‘sexual’ no es solo relativo a las relaciones y la erótica, sino que también abarca todo lo relacionado con los afectos y la igualdad”, comenta. “No vamos a enseñarles a tener relaciones sexuales con 6 años. En realidad se hacen otro tipo de actuaciones, que son importantes porque vivimos en sociedad y es necesario desarrollar una serie de valores para que todas las personas tengan igualdad de trato, de valores, etc.”

Los talleres de educación sexual en realidad no son algo nuevo. Llevan mucho tiempo realizándose en los centros educativos. Sin embargo, si bien en un pasado se comenzaban a realizar a edades más tardías, hoy en día se están llevando a cabo antes. Esto es algo que no gusta a los defensores del pin parental, pero que resulta esencial para los niños por muchos motivos.

“Cuanto antes se inculquen estos valores más fácil es que se asienten y no haya que realizar en la adolescencia un desaprendizaje para atender las cosas de otra forma”, explica Marcilla. “Es importante para prevenir la violencia y las enfermedades, para romper estereotipos que son la base de desigualdades entre hombres y mujeres, para mejorar la autoestima y para trabajar la prevención de abusos sexuales, sobre todo desde pequeñitos, pues es un problema difícil de atajar porque a veces no se descubre hasta que ha pasado tiempo”.

Entonces, ¿cuándo es el mejor momento para empezar a hablar de sexo con los niños? “Se debería empezar a trabajar esta educación desde que se nace, aunque obviamente hasta que no se escolarizan no se puede hacer de forma reglada”, argumenta la sexóloga. “Sí que se debería hacer en casa, con cositas tan sencillas como enseñarles a los niños cómo se llaman todas las partes de su cuerpo, incluidos los genitales. Si no lo hacemos, dificultamos que puedan detectar los abusos sexuales en caso de que ocurran. No debería pasar, pero si algún día un adulto sin su consentimiento le toca en esas zonas, como hemos creado la falsa sensación de que de esa parte del cuerpo no se habla y además el niño o niña no sabe cómo se llama, es más difícil que pueda contarlo”. Además, añade que aparte de explicar a los niños dónde están partes como su pene o su vulva es aconsejable realizar acciones como decirles que ahí no les debe tocar nadie sin su consentimiento.

Todo esto puede ser difícil para los padres que, a veces, se encuentran con comportamientos que no saben cómo gestionar. Es el caso de ciertos frotamientos, que comienzan a desarrollar algunos niños cuando todavía son muy pequeños. De nuevo, estamos ante una actividad totalmente normal que debe tratarse correctamente para evitar problemas futuros. “Los frotamientos y roces, desde los ojos de un adulto, pueden parecer una masturbación”, narra la especialista consultada. “Desde los ojos de un niño, en cambio, es una exploración de su cuerpo como otra cualquiera. A veces nos puede sorprender porque si ha tenido pañales antes no hemos visto que se tocara. Se debe tener en cuenta que no lo hacen como algo erótico, sino simplemente como una exploración, porque los niños lo exploran y tocan todo y también lo hacen con su cuerpo, pero si además les ha dado gustito es más fácil que se quieran tocar otra vez”. Esto suele ocurrir en momentos en los que los niños aún no están escolarizados, por lo que es responsabilidad de los padres entender cómo tratar el tema. Para ello, es esencial no castigar al niño o regañarle, pues esto llevaría a que se sintiera mal por algo que en realidad es natural. Pero esa no sería la única consecuencia negativa de reñirles.

Podría llevar a que en el futuro tengan más problemas, no necesariamente a la hora de explorar su cuerpo, pero sí a la hora de hablar de cualquier aspecto relacionado con los genitales con ese adulto que le regañó por tocárselos.

Incluso si fueran víctimas de un abuso y la persona que lo realiza les dice que es un secreto, sería probable que sintieran vergüenza y decidieran no contarlo a nadie.

La solución, por lo tanto, es tratarlo con normalidad, pero explicándoles que, igual que para ciertas acciones como orinar lo hacen en intimidad, esto tampoco se debe hacer con otras personas delante.

Orientación sexual, identidad de género y educación

A pesar de la mala experiencia que supuso para él contarlo por primera vez, en el fondo Benjamín tuvo suerte, pues cuando su instituto tuvo constancia de su caso se impartió una charla sobre identidad de género y se tomaron las medidas necesarias para cambiar su nombre en las listas y que el profesorado se dirigiera a él en masculino. No obstante, eso no impidió que no consiguiera reunir las fuerzas para contárselo a sus padres de viva voz. “A mis padres se lo conté por escrito, porque no era capaz de decirlo en voz alta”, recuerda. “Siempre me mostraron su apoyo aunque, como es de esperar, al principio no lo entendían, ya que al fin y al cabo yo soy poco normativo y con esa información que había, es complicado”.

Gloria, en cambio, no llegó a contarlo abiertamente en su centro educativo y a día de hoy sigue sintiendo vergüenza. De hecho, aún hay algunos de sus familiares que no lo saben. “Mis padres están divorciados y a mi padre no se lo he contado”, dice al otro lado del teléfono. “Mi madre la verdad es que lo aceptó perfectamente, porque tengo la suerte de que me ama con locura y para ella lo importante es el concepto de amor. Mientras yo sea feliz, ella está contenta”.

Tanto para ellos mismos, como para sus compañeros, hubiese sido una gran ayuda haber recibido desde pequeños talleres en los que se hablara sobre orientación sexual e identidad de género.

El colectivo LGTBI+ es uno de los más oprimidos en muchos sentidos. Por ejemplo, las personas trans tienen un índice de paro muy alto y los suicidios en personas LGTBI+ son mucho más elevados que en otras. “Hay estudios que demuestran que estas diferencias se reducen drásticamente cuando hay una adecuada visibilización, de modo que los adolescentes en esta situación puedan tener un referente cercano o alguien que le haya dicho a él, ella o elle y sus compañeros que no tiene nada de malo ser así”, describe Laura Marcilla. “Se están empezando a hacer mejores actuaciones en este sentido, pero aún los adolescentes tienen muchos mitos. Aunque crecen en una época más respetuosa, la representación en televisión está muy estereotipada y es común que perpetúen estereotipos como que se puede saber a simple vista si alguien es homosexual o que las personas trans no son completamente hombres o mujeres hasta que se operan”.

Este último fue uno de los hándicaps con los que se encontró Benjamín cuando hizo público que era trans. “En el instituto, en bachillerato, tras contárselo a esta persona que comento, se lo acabó diciendo a muchísimas personas de mi clase bajo el pretexto de que yo quería ponerme pene”, evoca. “Irónico cuando menos, ya que nunca he manifestado intención de operarme los genitales, ni la tengo. La verdad es que fue muy duro porque yo estaba descubriéndome a mí mismo y toda aquella situación trajo muchísimos momentos violentos e hizo todo ese tiempo eterno para mí”.

El hecho de que se presuponga que las personas homosexuales o bisexuales tienen una apariencia concreta también ha supuesto un problema para Gloria, que a menudo tiene miedo de ligar con chicas, por si estas resultan ser heterosexuales y se sienten violentadas.

Temo que se ofendan o como si de alguna manera pensaran que al ser gustadas por una persona del mismo género signifique que a lo mejor no están representando correctamente el rol de género que se supone que tienen que tener en la sociedad.

Para evitar todas estas situaciones, es correcto que estos temas se traten también en los talleres de educación sexual. “De esta forma ayudamos mucho a todas las personas, tanto al colectivo LGTBI+ como al resto de individuos que en algún momento de su vida se van a relacionar con gays, bisexuales, lesbianas, trans, no binarias o del espectro asexual, siendo estas últimas dos realidades más invisibilizadas, sobre las que hay muchos más mitos y desinformación”.

Precisamente la invisibilización de este colectivo puede llevar a que las personas que se encuentran en él desarrollen más problemas relacionados con la ansiedad o la depresión, de ahí que sea tan importante derribar los mitos relacionados con ellas.

La evolución de los talleres de educación sexual

Los talleres de educación sexual llevan realizándose en España prácticamente 30 años, desde que se reguló en 1990 la ley que los incluye en el currículo escolar.

No obstante, ha evolucionado mucho la forma en la que se llevan a cabo. Si bien Benjamín sí que recibió prácticamente a demanda una información más completa con la charla que menciona, ni Gloria ni Ariadna recuerdan haber aprendido mucho en los talleres que se impartieron en sus centros.

“Recuerdo dos charlas, una sobre la menstruación, que nos impartieron cuando muchas ya teníamos la regla, y otra típica sobre cómo poner el preservativo”, recuerda Ariadna. “En la segunda, ya en bachillertato, sí que es cierto que aprendimos cosas que muchos no sabíamos, como que a través del sexo oral también se pueden contraer infecciones de transmisión sexual y que se debe usar protección”.

Gloria también se refiere a una charla sobre el periodo, otra sobre cómo poner el condón y una en la que hablaron sobre machismos. “Recuerdo que analizamos la letra de Búscate un hombre que te quiera”, refiere.

En la actualidad los profesionales que se dedican a impartir estas actividades aportan este tipo de datos, pero intentan ir todavía más allá. Se ha añadido más información respecto a orientación sexual e identidad de género, pero también se han actualizado los contenidos referentes a anticoncepción y relaciones sexuales seguras.

“Los talleres no deben consistir solo en dar la información sobre el preservativo, sino también trabajar el resto de cosas que rodean su uso, pues son las que están detrás del repunte que está habiendo de infecciones de transmisión sexual, sobre todo entre gente joven”, dice Marcilla. “Si les vendemos que solo sirve para prevenir embarazos, en el momento que realizan otras prácticas o son dos hombres o dos mujeres, al no haber riesgo de embarazo, puede que no se protejan correctamente”.

Además, incide en la necesidad de derribar mitos e inculcar las habilidades sociales necesarias para practicar un sexo seguro. “Un adolescente puede saber perfectamente cómo se pone un preservativo, pero no haber desarrollado las habilidades necesarias para usarlo o tener una autoestima suficiente para que, si se encuentra con una pareja que no quiera ponérselo, ceder a esa insistencia” En definitiva, para evitar embarazos y también infecciones de transmisión sexual, es importante tener habilidades de socialización y comunicación en pareja y también es necesario que los jóvenes sepan cuándo decir que no.

¿Cómo sería una educación supeditada al pin parental?

La supuesta necesidad de implantar el pin parental se sostiene sobre bulos y premisas falsas, como que los educadores sexuales enseñan a los niños pequeños a practicar juegos eróticos o que se les empuja a la homosexualidad.

Lógicamente, ninguna de esas cuestiones es cierta y, de hecho, no hay información sobre centros educativos cuyos talleres impartan estas “materias”. Además, según ha aclarado la sexóloga entrevistada para este artículo, estas actividades se suelen realizar en presencia de profesores del centro, por lo que existen garantías de que no se dan mensajes inadecuados ni de adoctrinamiento de ningún tipo.

Por otro lado, no debemos olvidar que lo que se imparte en ellos no deja de ser un derecho. “La educación sexual es un derecho de los niños, que está recogido en la ley educativa y está contenido en muchos convenios internacionales firmados por España, no una cuestión de libertad para decidir de los padres”, argumenta Marcilla. “También respeta todos los valores y creencias”.

Pero eso no es todo. La experta incide en que, si llegara a implantarse y a extenderse su uso, no llegaría a tener ninguna utilidad. “Si la finalidad de aplicarlo es proteger a los niños de según qué mensajes, primero la fuente que más nos debería preocupar debería ser la pornografía”, recuerda. “Los niños están accediendo de media por primera vez a los 8 años. En la mayoría de los casos, cuando se empiezan a desarrollar los talleres, los chavales ya han tenido acceso al porno y no veo a esos padres exigiendo con la misma vehemencia medidas para que no puedan llegar hasta él”. Es cierto que algunos padres ponen filtros en los dispositivos electrónicos de casa, pero siempre habrá un amigo que no lo tenga en su ordenador o en su teléfono móvil. “Si quieren acceder a este contenido encontrarán la forma de hacerlo”.

De ese modo, los niños accederían igualmente a información sexual; pero, en vez de venir de profesionales cualificados, procedería de vídeos e imágenes en los que normalmente se fomentan precisamente esos clichés que los expertos se esfuerzan en desmentir. Además, los niños reciben mucha información visual de golpe, pero siguen sin entender lo que ven. Ariadna, por ejemplo, recuerda que tanto a ella como a sus amigas les sorprendieron ciertas imágenes que vieron en aquellas películas porno, pero que no se atrevieron a hablar sobre el tema con ningún adulto. “Recuerdo que me llamó especialmente la atención el sexo oral”, explica. “Yo ya sabía lo que era, pero me lo imaginaba diferente y me surgieron muchas dudas que no pude resolver hasta bastantes años después”.

De cualquier modo, imaginemos que una familia es capaz de lograr que sus hijos no accedan a la pornografía. ¿Serviría de algo que tampoco asistieran a las clases de educación sexual?

“Tus padres no te dejan, pero tus compañeros están ahí”, ejemplifica la educadora sexual. “¿De verdad creemos que no le van a poner al día sus compañeros? Se lo van a contar quizás omitiendo parte de la información que es importante o exagerando otras partes más anecdóticas, que no son el quid de la cuestión, por lo cual la misma información va a llegar, pero de manera sesgada”.

Tanto Benjamín como Gloria y Ariadna coinciden en que un mayor conocimiento sobre la información que se imparte hoy en los talleres de educación sexual habría hecho sus vidas más fáciles. “Desde pequeño tenía los mismos pensamientos que ahora me corroboran a mí mismo mi identidad; solo que, en ese caso, los callaba porque pensaba que yo no ‘podía sentirme así’ o no podía ser un chico”, narra Benjamín. “Realmente siempre lo he sido y siempre ha sido mi identidad, solo que no lo sabía. La información es muy necesaria, puede marcar la diferencia entre que crezcas sin saber quién eres y sufriendo porque no entiendes nada y entre saber que eres y no pasa nada por ser”.

Gloria está de acuerdo y, también, recuerda que, si bien algunas personas dentro del catolicismo se oponen a este tipo de información, esta está sustentada también por su ideología. “Se supone que Dios dice que tienes que amar al prójimo como a ti mismo”, expone. “Yo creo que puedes estar de acuerdo o no con alguna sexualidad o alguna identidad de género, pero todo el mundo de base merece sentir amor, no merece sentir discriminación y probablemente mediante el amor, el apoyo y la comprensión la gente se sienta mejor”. Además, apunta a que estos conocimientos no solo son beneficiosos de cara a temas relacionados con sexualidad, sino también para evitar fenómenos tan perjudiciales como el bullying.

Ariadna, por su parte, cree que la educación sexual le habría ayudado por un lado a enfrentarse mejor a las relaciones sexuales y, por otro, a no sentirse un “bicho raro” por perder la virginidad más tarde que algunas de sus compañeras. “Terminé el instituto sin haber tenido relaciones y eso me hizo recibir críticas que quizás podrían haberse solucionado si alguien nos hubiese hablado sobre que no hay un momento para empezar y que hacerlo antes o más veces no te hace ni mejor ni peor”.

“Siendo libre eres más feliz”. Esta frase de Benjamín resume a la perfección este asunto. Los padres insisten en su libertad para decidir sobre la educación de su descendencia, pero también deben tener en cuenta la importancia de que sus hijos sean libres para ser felices. Si les importa su felicidad, no debería haber nada más que discutir.