La palabra cáncer genera miedo, confusión e incertidumbre. Más aún si la enfermedad afecta a un niño que apenas sabe contar su edad con los dedos de una mano. Pero lo cierto es que los tumores, tradicionalmente relacionados con el envejecimiento, también pueden aparecer en los más pequeños. El cáncer infantil se origina por culpa de múltiples factores, muchas veces desconocidos. De entre todos los tumores, las leucemias son las más frecuentes copando un 30% de los casos, según la Asociación Americana del Cáncer. La mayor incidencia corresponde a la leucemia linfoblástica aguda (LLA), una enfermedad que en algunos casos podría ser prevenible en el futuro.

Así lo afirma un reciente trabajo publicado en la revista Nature Reviews Cancer. El artículo, elaborado por el prestigioso investigador Mel Greaves, catedrático en el Institute of Cancer Research de Reino Unido, recopila la evidencia científica disponible hasta la fecha sobre las posibles causas de la leucemia linfoblástica aguda. Su estudio no aporta ningún resultado novedoso —e incluso Greaves admite que la teoría que postula tiene más de un siglo—, pero ha despertado la atención mediática al defender que la LLA podría ser un cáncer prevenible.

Dos 'gatillos' para disparar el cáncer infantil

El científico británico defiende que su propuesta podría resolver "una controversia de cien años sobre qué causa la leucemia infantil". Su trabajo se centra en la leucemia linfoblástica aguda y, en particular, en aquellos casos donde aparecen lesiones cromosómicas en los fetos durante el embarazo. Durante la gestación pueden desarrollarse translocaciones, un cambio en el genoma que consiste en que una parte del material genético de un cromosoma se va a otro diferente, situándose así en un sitio que no debe, lo que facilita la generación de errores en el ADN y la proliferación de las células afectadas.

Este cambio hace que los llamados precursores linfoides, que posteriormente darán lugar a los glóbulos blancos, sean inestables. En otras palabras, si el desarrollo de un cáncer pudiera compararse con disparar una bala con una pistola, esta variación habría provocado que se apretase el primer gatillo del arma, un requisito que aumenta el riesgo de leucemia pero que no consigue por sí solo la descarga del proyectil. Para que la leucemia linfoblástica aguda infantil aparezca es necesario que el niño, una vez que haya nacido, sufra una nueva lesión genética, es decir, un evento secundario ya fuera del útero de la madre. De ocurrir, la bala del cáncer saldría disparada ya que se habría accionado el segundo gatillo del arma, el detonante sine qua non este tipo de tumores no aparecería.

La controversia a la que alude Greaves se sitúa en por qué se pulsa este segundo gatillo. Su teoría, avalada por diversos estudios experimentales —incluido un reciente trabajo con modelos animales de científicos españoles y alemanes—, relaciona directamente las infecciones con la leucemia linfoblástica aguda. O más bien, la falta de ataques infecciosos durante los primeros años de vida, que podría desencadenar a posteriori la aparición del cáncer. Desde que en 1989 el epidemiólogo David Strachan formulase la conocida hipótesis de la higiene, muchas investigaciones han apuntado que el exceso de limpieza sorprendentemente podría no ser tan bueno para la salud como parecería a priori. Es lo que el profesor Mel Greaves llama paradoja del progreso: la reducida exposición a agentes infecciosos como virus y bacterias podría estar relacionada con el aumento de problemas médicos como las enfermedades autoinmunes, las alergias e incluso algunos cánceres.

Una infección tardía podría ser el detonante

"La higiene determina el riesgo de infecciones", explica a Hipertextual el doctor José María Ribera, jefe del Servicio de Hematología del Instituto Catalán de Oncología (ICO) y Hospital Universitario Germans Trias i Pujol. "Cuando hay menos higiene, sobre todo en los primeros años después de nacer, el niño sufre más infecciones, que modelan y hacen madurar su sistema inmunitario de forma más o menos correcta", afirma por teléfono. En las sociedades más desarrolladas, la higiene es mucho mayor que en otras regiones; además, si los niños no acuden a la guardería desde pequeños, por ejemplo, pueden estar menos expuestos a virus y bacterias.

Esta situación hace que algunos menores de los países más avanzados no tengan una maduración completamente normal de su sistema inmunitario. "Cuando el niño sale de ese ambiente hiperprotegido, por ejemplo, al ir a la escuela, puede adquirir ya las infecciones sin que su sistema inmunitario haya madurado. Durante esa maduración tardía puede haber anomalías", comenta Ribera, coordinador del Grupo de Leucemia Aguda Linfoblástica de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH). "Paradójicamente pensamos que el problema no es la infección, sino la carencia de infección durante las etapas más tempranas de la vida", apunta Greaves. Su hipótesis afirma que el detonante sería una infección tardía, que actuaría como segundo gatillo que provocaría la aparición de la leucemia linfoblástica aguda infantil. El catedrático británico asegura además que, si fuéramos capaces de exponer los agentes infecciosos de forma controlada a los pequeños, a través de vacunas profilácticas, por ejemplo, o de cambiar su cuidado durante sus primeros años de vida, sería posible prevenir el cáncer infantil.

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"Es una teoría compleja, pero tiene visos de ser cierta", admite José María Ribera. Sin embargo, a su juicio, "no estamos ante la explicación definitiva". "Solo una parte de la leucemia linfoblástica aguda en niños tiene origen en el útero, pero no es suficiente para que se desarrollen. Se necesitan eventos secundarios: algunas infecciones podrían favorecerlos, pero también la dieta e incluso el azar", puntualiza el especialista. La hipótesis de Greaves tampoco es completamente nueva, según Ribera, "hace décadas que se formuló y es muy plausible que sea cierta, hay muchas evidencias que la avalan". No obstante, la idea de que el segundo gatillo del arma cancerosa es disparado por infecciones tardías —e indirectamente por una higiene en exceso— "podría ser verdad, pero no toda la verdad".

Para validar la hipótesis se necesitarán "estudios epidemiológicos robustos", con grandes series de casos que relacionaran las infecciones que suceden después del nacimiento con una clara predisposición a tener leucemia, y ensayos en animales de experimentación. Tienen que demostrar claramente, sostiene Ribera, "un nexo inequívoco entre infección y leucemia, habría que validarlo por ambas vías". De conseguirlo sería posible establecer un mecanismo causal para que aparezcan, en particular, las leucemias linfoblásticas agudas de línea B, que representan el 80% de los casos de LLA según la Organización Mundial de la Salud. Es decir, el trabajo de Greaves no se refiere a todas las leucemias infantiles ni a todos los casos de cáncer, a pesar de la atención mediática recibida por su revisión, espoleada tal vez por una nota de prensa exagerada.

"Durante la maduración del sistema inmunitario hay muchos reordenamientos al azar. Es fácil que haya problemas", asegura Ribera al otro lado del teléfono. El problema es averiguar qué factores intervienen al disparar el segundo gatillo. "Puede haber mutaciones espontáneas que afecten a genes críticos para el desarrollo y la maduración normal de un linfocito B", explica. El azar puede causar un error en un punto crítico que, por sí mismo, promueva la aparición del cáncer. En otros casos, sin embargo, es factible que se den mutaciones en zonas no sensibles del ADN que se acaben reparando sin provocar más daños. "La hipótesis infecciosa, las radiaciones ionizantes y los elementos de algunas dietas", según el experto consultado por Hipertextual, parecen ir convergiendo en esos puntos críticos del genoma en individuos que ya tuvieran lesiones previas. "La hipótesis de Greaves es muy atractiva, seguro que es verdad, pero no es toda la verdad. Hay una parte oscura y desconocida que nos queda por explicar", matiza.

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La posibilidad de prevenir el cáncer

"La hipótesis infecciosa no explica todas las leucemias", explica Ribera, que coordina el grupo de leucemia linfoblástica aguda del Programa Español de Tratamientos en Hematología (PETHEMA) de la SEHH. "Hay leucemias que se escapan, pero la idea abre la vía a la prevención de ciertos casos", prosigue. Hace medio siglo, la enfermedad tenía un diagnóstico fatal, con una supervivencia de 3-4 meses para la mayoría de los pacientes. En la actualidad, los tratamientos —principalmente la administración de quimioterapia— han logrado tasas de curación de hasta el 90%. No obstante, según Greaves, "son traumáticos, tóxicos y conllevan consecuencias a largo plazo para la salud de los niños", además de ser situaciones realmente difíciles para los pequeños y sus allegados.

La prevención del cáncer, una vez conseguido un buen diagnóstico y un tratamiento mayoritariamente exitoso, es fundamental. A día de hoy es imposible actuar sobre las mutaciones al azar y sobre las lesiones que suceden en el útero, es decir, sobre los mecanismos que accionan el primer gatillo. "La parte práctica de este estudio", comenta Ribera, "es que podríamos intervenir en el segundo gatillo". Según sugiere Greaves, la administración de posibles vacunas, el fomento de la lactancia materna, el número de hijos, la microbiota o el uso de guarderías podrían ser factores adecuados para evitar la aparición de este tipo de leucemias, incluso cuando el niño tuviera una predisposición genética que se hubiera desarrollado durante su gestación.

Las esperanzas depositadas son grandes, teniendo en cuenta que se dan anualmente tres casos nuevos de leucemia infantil por cada 100.000 habitantes. La hipótesis infecciosa difundida ahora por el profesor británico podría además no solo servir para la leucemia linfoblástica aguda de tipo B en niños. Algunos estudios epidemiológicos también han sugerido la influencia de la higiene excesiva y la falta de infecciones tempranas en el desarrollo de otros cánceres como el linfoma de Hodgkin. Si se validase la hipótesis de Greaves y se desarrollasen medidas preventivas adecuadas, el segundo gatillo no se accionaría y el arma quedaría guardada en un cajón, salvando miles de vidas en todo el mundo y evitando el sufrimiento de los pequeños y sus familias.