Los fans de la carne lo tienen claro: los seres humanos debemos alimentarnos sí o sí a base de animales. No hay otra alternativa. De esta forma, se echan por tierra otros puntos de vista como la dieta vegetariana o vegana. Existe un argumento que brilla por encima de todos: el hecho de que la carne fue clave en la evolución humana. Y es cierto. Faltaría más. Gracias al consumo de proteínas, vitaminas y minerales provenientes de la carne que cazaban los primeros seres humanos fue posible nuestro crecimiento hasta lo que somos a día de hoy. El desarrollo de nuestro cerebro, mandíbulas, intestino, y todo nuestro cuerpo, se vio sumamente influenciado por la ingesta cárnica de antaño. Así lo demuestra la evidencia científica. Buena prueba de ello es la adaptación humana al consumo de carne y sus mecanismos de digestión y metabolismo. Aquí no hay tutía.

Sin embargo, esto no justifica un fomento del consumo de carne en nuestros días, al menos en los países desarrollados y en el contexto de nuestro estado de bienestar. Porque sí, nos quejamos de muchos problemas cotidianos: el móvil se queda sin batería, nuestro WiFi se ve sustraído por el vecino e Instagram se cae cada dos por tres. Pero la realidad es que vivimos como Dios.

En general, no nos falta alimento que llevarnos a la boca y tenemos más que cumplidas nuestras necesidades energéticas diarias. Por supuesto, existen excepciones, pero el grueso de la población desarrollada no tiene que preocuparse por cazar una liebre para sobrevivir ni de dormir a la luz de una hoguera. Con esto quieremos decir que, aunque el consumo de carne haya sido fundamental en la evolución humana, no significa per se que actualmente sea necesaria u obligatoria en la dieta. La línea que separa ambos conceptos es muy contundente.

Ninguna carne es imprescindible

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Hoy en día es posible llevar a cabo una dieta exclusivamente vegetal y permanecer en un estado saludable. El gran abanico de opciones vegetarianas y veganas en los supermercados lo facilita, aunque la sombra de los ultraprocesados permanece siempre al acecho. A excepción de la vitamina B12 que debe ser suplementada, el resto de nutrientes que nos ofrece la carne y otros alimentos de origen animal, como grasas, proteínas, vitaminas del grupo B y minerales como hierro, zinc o fósforo, es totalmente sustituible por fuentes alimentarias vegetales como legumbres, frutos secos, semillas y aceites.

Por otro lado, las evidencias científicas apuntan hacia un lugar que a muchos molesta: la carne roja y los cárnicos procesados —los embutidos de toda la vida— parecen vincularse con una mayor prevalencia de ciertas enfermedades, como las cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. Esto fue lo que comunicó hace unos años el grupo IARC de la OMS, catalogando la carne roja como “probable carcinógeno” y la carne procesada como “carcinógeno” en base a la evidencia científica.

La carne procesada aumenta el riesgo de padecer distintos tipos de cáncer

“La mortadela es cancerígena” o “Nos vamos a morir por comer una loncha de chorizo” fueron algunos de los grotescos titulares que sacudieron el panorama informativo por aquellos años, exagerando y pervirtiendo un mensaje científico, convirtiéndolo casi en un meme. Sin embargo, el mensaje sobre el consumo de carne es el que es: la carne procesada aumenta el riesgo de padecer distintos tipos de cáncer. Lo cual no quiere decir necesariamente que vayas a enfermar por comerte un salchichón.

¿La carne aumenta la esperanza de vida?

Pollo al horno convencional. Claudio Schwarz (Unsplash)

En la actualidad, la industria cárnica sigue teniendo mucho peso en España. De hecho, no es raro encontrarse periódicamente con algunos titulares y notas de prensa encaminados a “lavar la cara” de ciertos tipos de carne. Algunas asociaciones y entidades pro-carne son culpables de ello. El último “hit” de la industria del consumo de la carne ha sido: “Comer carne no es malo y contribuye aumentar la esperanza de vida. Claro que sí, guapi. Y también hace que quieras más a tu abuela y que seas el yerno perfecto. Por pedir que no quede.

En este sentido, el nivel de evidencia científica o grado de certeza que arrojan artículos observacionales es más bien tirando a bajo

Sorprendentemente, esta información publicada en prensa digital tiene apoyo en un estudio científico publicado en la revista International Journal of General Medicine por parte de investigadores de la University of Adelaide en Australia, del que podemos echar mano para corroborar estas afirmaciones. Se trata de un análisis estadístico en 175 países y regiones que, según los autores del estudio, cubre aproximadamente el 90% del planeta. Sin embargo, esta cuestión nos deja varias incógnitas sobre la mesa. ¿Qué tipo de consumo de carne se ha analizado? ¿Medido de qué forma? ¿Se han metido todos los animales en el mismo saco cual Arca de Noé? Son muchas dudas cárnicas. Procedamos a resolver cada una de ellas para que esta noche puedas pegar ojo, estimado lector.

En primer lugar es importante destacar que un único estudio científico, por muy válido que sea, nunca nos va a aportar la verdad absoluta sobre un tema. Y mucho menos en el ámbito de la nutrición, donde existen pocas certezas reales. Aún así, es interesante debatir sobre los distintos aspectos y conclusiones que pueden arrojarnos ciertas investigaciones científicas.

Las carnes rojas son aquellas con mayor contenido en grasa saturada, y por lo tanto más vinculadas con problemas cardiovasculares

En este caso, el estudio científico que analizamos es un estudio transversal de tipo observacional. ¿Qué quiere decir esto? Pues que se toman datos de poblaciones concretas en un punto específico en el tiempo y se observa, se mira qué está pasando. En este sentido, el nivel de evidencia científica o grado de certeza que arrojan artículos observacionales es más bien tirando a bajo. Esto no significa que debamos despreciarlos por completo, pero sí entender su calidad científica. Por ello, un estudio observacional de este tipo jamás va a poder establecer una causa y efecto entre el consumo de carne y una mayor esperanza de vida. Simplemente se limitan a decir que ambas variables parecen ir de la mano. Pero no sabemos por qué, ni si una influye realmente en la otra.

Respecto al tipo de carne tenida analizada, los investigadores decidieron incluir el consumo total de carne que, según la FAO, se define como "carne de animales utilizados para la alimentación, que incluye carne de res y ternera, búfalo, cerdo, cordero, cabra, caballo, pollo, ganso, pato, pavo y conejo”. Esto no nos permite sacar demasiadas conclusiones, ya que cada tipo de carne es un mundo. Generalmente, las carnes rojas son aquellas con mayor contenido en grasa saturada, y por lo tanto más vinculadas con problemas cardiovasculares. Algunos ejemplos de carne roja son la ternera, el cerdo o el cordero. Por otro lado, carnes blancas y magras como el conejo o el pollo tienen un perfil lipídico más saludable.

No se tiene en cuenta el consumo real de carne

Entrando más en faena, vemos que las conclusiones del estudio se centran excesivamente en ensalzar a la carne como responsable de una mayor esperanza de vida en aquellos países o regiones que consumen más carne. Sin embargo, podrían existir otros motivos para ello. Como por ejemplo que aquellos países que consumen más carne tienen un mayor desarrollo socioeconómico, y por lo tanto mejores condiciones de vida que posibilitan vivir más años. Relacionar el consumo de carne y la esperanza de vida en este estudio que trabaja con datos estadísticos tan grandes es como encontrar una aguja en un pajar. Hay que hilar demasiado fino.

Los autores del estudio concluyen que los países con mayor consumo de carne tienen una mayor esperanza de vida y una menor mortalidad infantil

Los autores del estudio concluyen que los países con mayor consumo de carne tienen una mayor esperanza de vida y una menor mortalidad infantil. Sin embargo, también confiesan que: “Las variaciones nutricionales entre países incluyen muchas más variables que las incluidas en este estudio. La composición de la dieta, los métodos de preparación de los alimentos, las restricciones dietéticas culturales, la disponibilidad de algunos nutrientes y una serie de otras variables deberían haberse considerado para obtener una imagen completa de la importancia de la carne en la dieta humana”.

Otro aspecto clave es que los datos han tenido en cuenta la producción de carne de los diferentes países, pero no el consumo real de carne por parte de las personas: “Las variables del grupo de alimentos incluidas en este estudio deberían ser las cantidades reales consumidas, en lugar de su cantidad de suministro, ya que el desperdicio de alimentos no se consideró durante la recopilación de datos”. Un punto demasiado importante como para ser obviado.

Por otro lado, los propios investigadores detallan que “la disponibilidad de carne producida artificialmente puede brindar una solución para las personas que se oponen éticamente a matar animales”. Y acaban reconociendo que las dietas vegetarianas bien planificadas, incluidas las dietas veganas, son nutricionalmente adecuadas y son apropiadas para varias personas durante todas las etapas de la vida. Aunque al final la pifian: “pero es solo porque su composición nutricional imita y reemplaza adecuadamente la que comúnmente proporciona la carne”.

En resumidas cuentas, este estudio científico flaquea en demasiados aspectos. ¿El consumo de carne aumenta la esperanza de vida? Probablemente, al igual que lo hacen el resto de alimentos que aportan nutrientes esenciales para nuestro organismo. Pero destacar este aspecto como una bondad exclusiva de la carne es del todo errático. Solo muestra que los nutrientes aportados por la carne son necesarios para la salud, pero no olvidemos que también pueden obtenerse de otras fuentes alimentarias. Ningún alimento es imprescindible, para alegría de personas intolerantes, alérgicas o que simplemente deciden limitar el consumo de un alimento por el motivo que sea.