Uno siempre recuerda muy bien esos largometrajes con los que se lo pasó de maravilla en una sala de cine. No necesariamente deben ser peliculones, grandes obras de arte de las que realizan directores brillantísimos como Martin Scorsese, por ejemplo. Basta con que consigan atraparle a uno en su historia, que le provoquen sentimientos intensos y que, claro, no le traten como si fuese bobo. Con un aparato audiovisual y un guion decente, por supuesto. A la rara continuación que es El escuadrón suicida (James Gunn, 2021) podemos meterla en este satisfactorio saco.

Como la totalidad de las películas del irregular Universo Extendido de DC —o incluso el Cinematográfico de Marvel y su mayor cohesión—, no resulta de altos vuelos ni por asomo. Y no porque no disponga de Clark Kent (Henry Cavill).

Pero que esté el estadounidense James Gunn a los mandos parece, en los últimos tiempos, una garantía de diversión desfachatada y secuencias gloriosas; o, como mínimo, algo muy semejante a ellas. Se estrenó con la desagradable Slither (2006) y supo introducirse en la narrativa de superhéroes gracias a la fallida Super (2010).

No obstante, no levantó cabeza hasta que le dieron la oportunidad jugosa de entregarnos los dos primeros volúmenes sobre los Guardianes de la Galaxia (2014, 2017); acerca de los que también está preparando un especial navideño (2022) y el filme que completa la trilogía (2023). Y no hay duda de que, cuando los espectadores se sienten a ver El escuadrón suicida, reconocerán el estilo de intensidad popera que nos ha regalado con Groot (Vin Diesel) y compañía.

Enamorados de Harley Quinn

Warner Bros.

Porque James Gunn, autor asimismo del libreto, también nos ofrece aquí un despiporre de acción hilarante y brutal que, por su propio concepto dramático, rehúsa hacer prisioneros. Su compatriota David Ayer solamente logró un largo admisible (2016) en el que nos pudimos enamorar de la grillada Harley Quinn (Margot Robbie) hasta el punto de que le permitiesen luego el protagonismo de Aves de presa (Cathy Yan, 2020).

Y, pese a que la encontramos más graciosa en las otras dos películas, supone un auténtico placer volver a alternar con ella en la gran pantalla durante El escuadrón suicida. La célebre actriz que la interpreta (El lobo de Wall Street) se ha hecho al papel por pura repetición, aunque ya en el largo previo estaba pletórica. Y de los demás actores que la acompañan no hay queja ninguna.

Idris Elba (The Wire) es un buen Robert DuBois, áspero pero más sentimental que el Floyd Lawton de Will Smith; y tanto John Cena (Bumblebee), nuevamente Joel Kinnaman (House of Cards), Daniela Melchior (El cuaderno negro) y David Dastmalchian (El caballero oscuro) en la piel de Christopher Smith, Rick Flag, la Cazadora de Ratas y Abner Krill como Peter Capaldi (Doctor Who), Alice Braga (Ciudad de Dios), Juan Diego Botto (Silencio roto) y Joaquín Cosío (Quantum of Solace) encarnando a Cliff Carmichael, Sol Soria, Silvio Luna y Mateo Suárez desempeñan sus roles a la perfección.

En cuanto a la oscarizada Viola Davis (Solaris), es un gusto que retome a la implacable Amanda Waller. Y tampoco faltan en El escuadrón suicida habituales de James Gunn como Nathan Fillion (Salvar al soldado Ryan), Michael Rooker (JFK), Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) o su hermano, Sean Gunn (Las chicas Gilmore), con breves intervenciones.

La locura antiheroica de El escuadrón suicida al estilo de James Gunn

Warner Bros.

El elenco ha debido de pasárselo teta en el rodaje de esta locura antiheroica, que nos brinda las conversaciones disparatadas y el humor negrísimo de contrapunto que le conocemos a James Gunn por Guardianes de la Galaxia, pero sin melindres para todos los públicos, las coreografías de lucha y otras secuencias de acción espectacular, siempre tan sanguinaria como no podría serlo en Marvel Studios, pero con una destrucción a lo Capitán América: El Soldado de Invierno (Joe y Anthony Russo, 2014) o Viuda Negra (Cate Shortland, 2021) y, por otro lado, semejante a la del Monsterverse.

Sin olvidar su celebradísima afición por los montajes de escenas enérgicas que se convierten en arrolladoras por el entusiasmo de su musicalización con canciones de contraste. Y qué carcajadas a veces en El escuadrón suicida, amigos.