No parece muy discutible que la idea fundamental de The One (2021), la serie de Netflix que adapta la novela homónima de John Marrs (2016), no es demasiado fresca porque ya ha tenido recorrido en otras obras. La película TiMER (Jac Schaeffer, 2009), los episodios “Hang the DJ” (4×04) de Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) y “Matchmaker” (1×01) de la fallida Dimension 404 (Will Campos, Desmond Dolly, Daniel Johnson y David Welch, 2017) y los seis que conforman la primera temporada de Soulmates (William Bridges y Brett Goldstein, 2020).

Así, la pregunta de por qué pudo llegar a la posición más alta de visionados en la exitosa plataforma de streaming y a qué se debe que los espectadores hayan hablado tanto sobre ella resulta de lo más legítima.

El motivo no puede estar relacionado con la fama de su creador, el británico Howard Overman, porque no la tiene. Su trayectoria televisiva pivota entre lo interesante, como Misfits (2009-2013) o Future Man (2017-2020), cuya autoría y su falta de pretensiones comparte con Kyle Hunter y Ariel Shaffir. O series menos destacadas como Atlantis (2013-2015), de la mano de con Johnny Capps y Julian Murphy, y La guerra de los mundos (2019).

Por otra parte, The One se inicia, como tantos otros misterios cinematográficos, con un planteamiento espinoso para generar curiosidad en el público y que continúe zampándose capítulo tras capítulo para descubrir sus circunstancias. Y tal vez sea el relato de estas características que menos tiempo pierde en la exposición de su tesitura, a buen ritmo.

The One: una premisa ya bien conocida

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Pero, aunque sus diálogos se revelan creíbles y generalmente elocuentes, The One no puede evitar al principio que su premisa tecnológica y sus situaciones nos recuerden a otras ya vistas en las propuestas anteriores. Incluso hay escenas que nos traen a la memoria unas muy específicas de TiMER y Soulmates. Porque son iguales. Y la parte criminal de su argumento la aproxima al espíritu de entregas determinadas de la segunda.

La gran diferencia de esta serie de Netflix es, por supuesto, que la trama se prolonga en el conjunto de la misma, sin episodios autoconclusivos ni al modo de las antología previas. Y que, no obstante, hay comportamientos y decisiones de una de las protagonistas que vincula a la serie a otras tan alejadas como Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013) o House of Cards (Beau Willimon, 2013-2018).

Por otro lado, The One incluye algún giro diferente que lleva las cosas por otros derroteros para terminar en el sitio de costumbre, y ciertas sorpresas. Se distingue de las otras cuatro ficciones en la exposición de las conexiones amorosas entre sus pobres criaturas, mucho más viscerales en su determinismo, y en que carece de elementos verdaderamente futuristas. Su sociedad es la nuestra, sin el dichoso contexto pandémico, pero con el avance que ha permitido su premisa de ciencia alcahueta.

Y, conforme se suceden los ocho capítulos en la primera temporada de esta serie de Netflix, uno se pregunta si los dos hilos narrativos adyacentes al que suponemos principal o más jugoso —sin derroche— está previsto que determinen o converjan en este último de alguna forma.

Echando de menos Black Mirror

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El interrogante fundamental con The One es si estamos ante una serie que hiciera verdadera falta. Ninguna la hace por su argumento más allá de cubrir la necesidad humana de que nos cuenten historias a menudo, claro. Pero, si asumimos tal cosa y se sitúa el foco en lo oportuno de una obra fílmica, únicamente puede ser así debido a que combine ingredientes habituales de una manera rompedora. Porque su perspectiva resulte muy particular o las propias peripecias, extraordinarias, veraces o merecedoras de ser conocidas por el público en el caso de estar basadas en hechos reales.

La cuestión estriba en si esta serie de Netflix aporta algo nuevo que no se haya ofrecido o que no se pudiese ofrecer en un episodio de Soulmates, o si el fruto de esta aproximación a la premisa es mejor que el de sus antecesoras.

The One no es especialmente llamativa, nunca se luce en su planificación audiovisual, sino que se limita a una composición que funcione. La banda sonora de Ian Arber y Dave Rowntree (The Capture) no nos arranca escalofríos de gusto o emoción ni la recordamos más tarde, tampoco su selección de cancioncitas. Y su elenco cumple solamente, sea Hannah Ware (Boss) en la piel de Rebecca Webb, Zoë Tapper (Mr. Selfridge) como Kate Saunders, Lois Chimimba (Doctor Who) encarnando a Hannah Bailey o sus compañeros, hasta con lo mal que han dirigido en ocasiones a Jana Pérez (Fariña) como Sofía Rodríguez.

De modo que se habrá estado hablando tanto de The One, no por meritoria, sino quizá porque se echan mucho de menos series televisivas al estilo o con las implicaciones de Black Mirror.

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