Si algo puede decirse del capítulo cinco de la tercera temporada de Westworld es que la información lo es todo. El bien, el mal, los suplicios y los terrores que aguardan a la periferia de un mundo brillante y en apariencia perfecto. Pero el futuro utópico comienza a mostrar sus verdaderos colores como distopía, cuando Dolores encuentra la llave que abrirá la puerta hacia los secretos que no deberían ser descubiertos. O al menos es la opinión de Sarec, que batalla como un formidable enemigo contra el elemento anómalo en medio de su mundo milimetricamente calculado.

Hay una cierta reminiscencia al universo imaginado por las Hermanas Wachowski para la trilogía de The Matrix, en la obsesión por el control que el argumento describe en un futuro a varias décadas de distancia. Si en la icónica saga de ciencia ficción una simulación creaba la ilusión de realidad, Westworld toma la decisión de recrear esa percepción sobre los mutable a través de los datos, la correlación y secuencias lógicas, que en teoría permitiría predecir con exactitud el futuro de cada hombre y mujer sometido a una Inteligencia artificial sin moral o emociones. Es entonces, cuando Dolores se convierte en el elemento que provocará un cambio a gran escala, y de alguna forma en la conciencia de una sociedad acostumbrada- sin saberlo — a obedecer. Algo que la androide conoce muy bien.

‘Westworld’ 3×05: como uñas arañando un pizarrón

Por supuesto, Westworld ha dedicado una buena cantidad de tiempo durante esta temporada a meditar sobre la vida, el azar y las personas comunes, en un énfasis que comenzaba a resultar un ciclo casi tedioso que la serie acentuaba de manera intencionada y manipuladora. De súbito, este perfecto mundo de edificios radiantes y calles pulcras no es otra cosa que el reflejo de un tipo de control morboso que invade, somete y al final domina por completo a cada persona que alguna vez formó parte del sistema. Una y otra vez, el guión insiste en el hecho que el trasfondo a semejante poder, es la decisión inescrupulosa de hacer uso de la privacidad en un algoritmo lo suficientemente preciso para predecir el futuro. “Todos merecemos conocer nuestro destino” dice dice Colores a Caleb, mientras el mundo se desploma a su alrededor al ritmo Space oddity de David Bowie.

Los terrores invisibles, lineas retorcidas

HBO

El episodio avanzó despacio para contar la historia de Sarec, cuya obsesión por la cualidad de la vida para destruir el precario equilibrio de cierta posibilidad de supervivencia es el centro de todas sus maquinaciones y, quizás, la forma más directa para comprender el impulso motor que le lleva a enfrentarse a lo imprevisible. Durante las primeras escenas, conocemos su historia y también lo que ocurre a su alrededor, un contexto que humaniza su desesperada necesidad por el dominio absoluto.

En realidad el personaje interpretado por Vincent Cassel, es una proyección de Robert Ford y de la misma manera que el fallecido creador de Westworld, Sarec intenta ejercer un control absoluto sobre el mundo. Solo que en esta ocasión se trata del real, convertid es un reflejo pálido del parque propiedad de Delos. La comparación resulta inquietante, cuando la evidencia demuestra que el ciudadano de esta posibilidad de futuro en que los engranajes del comportamiento humano están sometidos a una idea única, es un anfitrión para un gran observador misterioso que detenta el poder con una supuesta bondad que no es otra cosa que codicia.

Pero de nuevo, Westworld se limita a mirar con ojo crítico la búsqueda, organización y uso del poder de la información, convertida en un arma tan poderosa como letal. Para Dolores, se trata de un ideal corrompido por una ambición que no le pertenece y para Sarec, una búsqueda obsesiva sobre un significado que puede responder a sus propios temores. Tanto uno como el otro, se enfrentan en una breve conversación que marcará probablemente el tono de los siguientes capítulos de la serie. Convertida Dolores en símbolo de una rebelión aun inexplicable, Sarec debe buscar los medios para enfrentarla y reducir los daños que su imparable voluntad ha creado hasta ahora. Pero ni uno ni otro, conoce todavía los límites de su enemigo. Y es este enfrentamiento a ciegas lo que quizás dirija los pasos de ambos hacia el tramo final del argumento.

El nuevo anagrama escondido en un nombre de ‘Westworld’

Por curioso que parezca, la tercera temporada está empeñada -o eso pareciera sugerir su extraña capacidad para los giros temporales y la mezcla de nociones borrosas sobre el albedrío—  en ser un reflejo de la primera. El mítico laberinto de Westworld (construido para la iluminación de los androides y al final, su plena toma de conciencia), se replica en la decisión de Dolores de ofrecer al mundo desprevenido sus propios secretos. Como si se tratara del final de un recorrido iniciático hacia el conocimiento, el capítulo quinto de Westworld está obsesionado por demostrar la oscuridad y la forma de violencia que puede existir al borde de la autonomía intelectual de quienes nunca han conocido otra cosa que el control.

Claro está, Westworld insiste en las bondades de un guion tramposo pero también en un juego de espejos, que sigue sin resultar todos los sólido que podría esperarse. Tal vez se debe el hecho, al hecho que la trágica decisión de Dolores de liberar o morir, no resulta del todo convincente. La sobreviviente del retorcido paraíso insular de Delos, parece ir de un lado a otro en sus motivaciones. Si hace dos capítulos parecía evidente que toda su intención se concentraba en crear una rebelión que permitiera a los androides habitar un mundo a su medida, ahora Dolores encauza sus esfuerzos en algo más trascendental. Pero la serie no muestra el motivo de los cambios y sobre todo, de una transformación casi espiritual. Hermosa, implacable y estatuaria, Dolores va de un lado a otro demostrando su poder y también la superficial cualidad de sus intenciones más concretas.

Caleb, al filo de la cordura

La serie de Jonathan Nolan y Lisa Joy demuestra un especial interés en el personaje interpretado por Aaron Paul, y no obstante continúa sin demostrar su verdadero valor dentro de una trama que tiene toda la apariencia de estar destinada a una construcción más definida de Dolores, a través del sufrimiento invisible de su aturdido compañero.

En el capítulo cinco apenas hemos visto otra cosa que los inevitables flashback acerca de un pasado traumático y una intrigante secuencia, en que la droga de manufactura de este mundo deshumanizado, convierta a un trayecto de acción en una combinación secuencial de música y texturas visuales extraordinarias. Pero el atractivo anzuelo no resulta suficiente para brindar verdadera profundidad a un personaje que todavía gravita y órbita alrededor del poder de Dolores, sin que el guión aún aclare lo suficiente cuál es su verdadero papel en el futuro. De nuevo es Caleb el testigo desconcertado de lo que ocurre a su alrededor y es Caleb, quien toma la decisión de revelar lo que se esconde detrás del frío control a la que está sometida a la sociedad en la que vive. Para bien o para mal, en un mundo de anfitriones con rostro humano, la personalidad rota y fragmentada del personaje, parece ser lo único real en un inquietante juego de espejos.

Al final, la serie hace uso de uno de sus recursos habituales y moldea la realidad a través de música y de diferentes filtros de color en una radiante policromía inexplicable. Pero en medio de las intrigas cada vez más complejas y de línea de tiempo superpuestas, las notas musicales de Apocalypse Now y The Shining no son suficientes para satisfacer la curiosidad de lo que puede ocurrir a continuación. Y quizás ese es el mayor problema al que la serie se enfrenta en sus tres últimos capítulos.

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