Desde sus primeros episodios, la serie Westworld de HBO Max planteó preguntas sobre lo tangible, la realidad y la necesidad del dominio. En el penúltimo capítulo de la cuarta temporada, la producción deja claro que intentarán resolverlas lo antes posible. O en cualquier caso, que son de capital importancia para entender a este mundo engañosamente perfecto bajo el puño de los robots. 

Los anfitriones, una vez títeres de sueños frustrados y placeres violentos, son ahora los amos. Y con la suficiente conciencia de la crueldad como para especular acerca de un choque total, violento y definitivo contra la raza humana. “Nuestro cambio total se acerca”, dice Charlotte Hale, investida de un poder temible. “Lo que siempre estuvimos destinados a ser, es la respuesta”. 

¿Y a qué estuvo destinada siempre Westworld, como ambiciosa narración? A una exploración consciente sobre los horrores del dominio. Del poder de los creadores sobre sus criaturas. Y al final, a un recorrido hacia la destrucción inevitable. Westworld completó todos los caminos y llegó a un punto central que equilibró cada una de sus líneas narrativas para sostener una premisa. ¿Qué ocurriría si el mundo perfecto, ideado por la infalible inteligencia artificial, fallara? El penúltimo capítulo de la cuarta temporada muestra que la serie es una distopía, pero también una reflexión filosófica de la naturaleza humana. 

Los placeres violentos conducen a finales violentos

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“No estamos destinados a vivir o a sobrevivir”, dice el William de carne y hueso a su versión artificial. “Solo a la destrucción”, culmina. Y esa ha sido la principal idea del nuevo capítulo de Westworld que movió las piezas de su argumento para narrar su venidera conclusión. La producción, que basó su efectividad en sorpresas narrativas y en curiosos giros de guion, tiene una pulcra mirada a lo abstracto. La historia avanza hacia un espacio nuevo, que reconfigura el significado y comportamiento de cada uno de sus personajes.

Charlotte Hale, la mano que domina el mundo que construyó a la medida de la ambición de la inteligencia artificial, encuentra el error en su estructura. Los anfitriones mueren, escapan de ella. El cuerpo humano, incluso aunque solo se trate de su aspecto, lleva una carga sensorial que los androides no pueden soportar.

De modo que el cambio es necesario. O al menos, tal y como Charlotte lo explora. “No podemos llevar a cuestas este sufrimiento”, dice el personaje. Una curiosa paradoja cuando ella misma las muestra cicatrices que Maeve, renacida y consciente del poder de las historias, le señala como una debilidad.

Todos los silencios llegan a punto de inquietante belleza en Westworld

Los primeros diez minutos del episodio de Westworld dedican toda su atención a reflexionar sobre cómo robots y seres humanos se enfrentan a una probabilidad algorítmica. El concepto es parte de la mitología del programa y durante todas sus temporadas anteriores se reflexionó sobre ella de forma meticulosa. ¿Es posible un cálculo que conduzca a una respuesta viable, incluso en escenarios por necesidad devastadores? Es lo que Bernard, Maeve, Christina/Dolores e incluso William intentan responder. 

La crueldad en Westworld siempre estuvo envuelta en un brillo elegante y pulcro. Para el penúltimo capítulo de su cuarta temporada, la cualidad es mucho más directa y buena parte de la trama se basa en ella. Mientras Charlotte Hale toma la decisión de arrasar con toda su obra —inútil, a punto de desplomarse— William, el villano inevitable, regresa al dolor. Pero no al de la pérdida, la confusión, del absurdo o incluso, de la locura como una entidad autónoma.

“Hay una parte de mí en ti”, le recuerda el William sobreviviente a la debacle, carne viva sostenida en animación suspendida. “Ya sabes qué hacer. Lo que yo haría, lo que debes hacer”, añade. Y es justo la muerte del personaje — o en cualquier caso, su versión más antigua — la que deja claro que Westworld se mueve a un cierre definitivo. 

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La serie, que fue criticada con frecuencia por su incapacidad para recuperar la tensión de su primera temporada, lo hace en su nuevo episodio. Con la versión androide de William enfrentándose al plan de Hale de una solución total, el ciclo en el argumento se completa. William no desea rescatar, salvar o sobrevivir. Hale no desea el mundo humano que soñó dominar. De modo que entre ambos, solo está la muerte. Un enfrentamiento que tendrá una única resolución. Y sin duda, terminará por revelar el núcleo central del programa como idea sobre el dolor de la humanidad perdida y reconstruida. 

Todos los caminos conducen a Westworld

Convertida de nuevo en heroína, Christina/Dolores es ahora consciente de su poder. Pero más que su capacidad para influir en el comportamiento de los rehenes de los robots, es su recorrido consciente al centro del laberinto. Uno que vuelve a contener el misterio de su identidad. “No soy Hale, tampoco Dolores, ¿quién soy, en realidad?”, se pregunta el personaje.

A su lado, Teddy Flood la escucha en silencio después de poner en sus manos el siniestro regalo de una revelación inaudita. El mundo de los robots tiene grietas, tantas y complejas que es incapaz de sostener su integridad. De modo que la destrucción es inminente. La pregunta es cómo, cuando y quien echará a andar el mecanismo que hará sucumbir un sueño que se distorsionó hasta convertirse en una cárcel. 

Sin duda, se trata de un cuestionamiento que Westworld ha profundizado más de una vez. Pero, en esta ocasión, se hace mucho más amplio. Una onda expansiva que se extiende en todas direcciones a partir de un punto. El de la muerte inminente, verdadera o metafórica, de todo lo que existió en el mundo de la serie. Y es esa colisión con lo fatal lo que convierte al capítulo en una trampa. Una con menos respuestas que preguntas. A la vez, lo que resulta más angustioso, con menos opciones que esperanza. 

No hay respuestas sencillas

Renacida para morir, Maeve deberá enfrentar la eventualidad de ser un arma sofisticada contra su especie. Y también, la única manera de salvar — de ser eso posible — a la raza humana rehén de las que fueron sus creaciones. Pero la proeza es tan improbable que la simple admisión de un destino oscuro, resulta indefectible. 

Al otro extremo, Bernard es la respuesta. Desde Lo Sublime, fue capaz de analizar, una y otra vez, las posibilidades de los sucesos que esperaban después de cada una de sus decisiones. Convertido en un profeta involuntario, el espectro artificial del que fuera el arquitecto de Westworld, muere para dejar a su paso una mínima forma de fe.

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¿Sucumbirá el mundo humano a la total destrucción? ¿Podrá el postrero esfuerzo de Bernard conjurar el cataclismo final? No hay respuestas para ninguna de las preguntas. Y a un capítulo del final, ese es el mayor enigma que la serie lleva a cuestas. 

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