Westworld, en HBO Max, siempre fue un juego de espejos. En todas sus temporadas, el argumento utilizó la idea de una engañosa forma de narración para sostener su historia. En el sexto capítulo de su cuarta temporada profundiza en esa idea fundamental. También, reconstruye la raíz misma de la premisa hasta llevarla al siguiente nivel. 

¿Que hace al ser humano ser imperfecto, incorregible, terco y lleno de trágica esperanza? La Charlotte Hale se plantea la pregunta en voz alta más de una vez. En particular, cuando debe lidiar con la terquedad vulnerable del Caleb, convertido en el símbolo de los lugares más siniestros que el guion quiere recorrer.

Sobreviviente a su propia historia y una pieza en un complejo mecanismo cruel, Caleb recuerda su pasado, el motivo para aferrarse a la vida. Ya no es un hombre, pero es más que un esclavo. Menos que una réplica, pero superior a una prueba fallida. El personaje muestra los alcances de la crueldad del mundo de los robots. Atrapado en un laberinto de copias a su imagen y semejanza, Caleb debe atravesar un camino doloroso hacia una supuesta redención. 

Y es, quizás, esta magnífica y pesarosa secuencia, la mejor de Westworld desde su celebrada primera temporada. El Test de Turing eterno, interminable y violento al que eran sometidos los anfitriones, ahora es un arma para el sufrimiento. La mente bicameral, una trampa de extremos con infinitas aristas que recorrer y evitar. Una y otra vez, la serie contempla el vacío de la existencia humana a merced de la inteligencia artificial. La ruptura cruel de la idea de la conciencia colectiva para crear una muralla fortificada en la que el mundo es un rehén ciego.

Caleb, el arma, el rehén, la víctima, la prueba viva de la persistencia en Westworld

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Caleb, que protagoniza lo que es probablemente la noción más brutal sobre el control enajenado de Charlotte Hale, es una víctima. También es una incógnita. ¿Por qué desobedece en medio de un control absoluto? Es la pregunta que Hale se hace, después de que el William pareciera incapaz de encajar en el gran esquema de las cosas. Es lo que obsesiona a la artífice de todos los horrores, mientras el mundo que creó, se desploma con lentitud a su alrededor.

“Quieren huir de ti”, dice Caleb para explicar los incomprensibles suicidios de robots. La grieta en la quietud plácida de un mundo sin cambios ni nuevas preguntas que responder. Pero Caleb persevera, insiste, sigue, continúa, muere cada vez. “Y esto es toda la revelación”, responde Charlotte, una vez que cree descubrir el secreto de su rehén, adversario y némesis. “La terca e insignificante naturaleza humana”.

Los recuerdos que se unen en el 6º capítulo de la cuarta temporada de Westworld

Pero si quedaba duda de que en esta ocasión, la temporada imita el diagrama de la búsqueda de la autoconciencia de sus primeros capítulos, el más reciente las disipa. Lo hizo al brindar peso y sustancia al Bernard de Jeffrey Wright. El personaje, convertido en el último vestigio de un mundo derrotado, es ahora un improbable profeta y aliado incomprensible de la rebelión. “Tienes que confiar en mí”, implora Bernard, artífice del centro medular de la historia a su alrededor. “He visto todos los finales posibles y eso es una esperanza” dice, en medio de los escombros que fueron el parque que su versión humana ayudó a levantar.

Bernard, más que cualquier otra criatura de Westworld, es la esencia misma de su propuesta. El primer robot que tomó el lugar de un ser humano. La prueba exitosa de control de la conciencia y la realidad engañosa. Y también, la versión de una genuina conciencia, sostenida por un reflejo de la realidad desdoblada y retorcida en innumerables facetas distintas.

“El algoritmo probabilístico analiza el futuro”, dice Bernard mientras intenta encontrar la variable correcta para salvar el mundo. El guion utiliza el personaje como un tránsito que va desde el pasado hasta un futuro que se construye desde la urgencia. “Así puedo adivinar qué ocurre”. El robot que ayudó a crear a otros, ahora debe liberar a su especie del control de Charlotte Hale y a la vez, devolver a la raza humana el libre albedrío.

Bernard, una pieza en una estrategia mayor que Westworld todavía no revela

Hay un elemento sin duda mitológico en este Bernard capaz de relatar la realidad a medida que ocurre. Caleb es la línea que conduce a Charlotte hacia el centro de sus sospechas de la falla en su plan. Bernard es el triunfo de la posibilidad de liberación. Y ahora la Maeve resucitada como un arma veintitrés años después de su aparente muerte, es la herramienta para la destrucción. 

La intersección entre lo que ocurrió — y de lo que Bernard fue testigo — y entre lo que pasará, crea una paradoja que lleva a una sola resolución. O la muerte total de un mundo que falla o el renacimiento de lo antiguo. Westworld se prepara para un final en su historia en la que la percepción de la identidad lo es todo. También, el sacrificio mayor por una construcción elaborada sobre la mente humana, como último reducto en medio de una guerra que aún se libra en terreno dispar.

El posible final de la historia

Westworld, como premisa, siempre analizó al ser humano desde su codicia y su vanidad. Y el sexto capítulo de su cuarta temporada deja claro que el posible final será un cataclismo sostenido en ambas ideas. El argumento, que siempre analizó la naturaleza humana como predecible y fragmentada en comportamientos proclives al análisis, explora una dimensión nueva de la premisa. Esta vez, Westworld justifica sus desconcertantes decisiones de guion y para narrar uno de sus puntos más complicados. Y hacerlo, desde una eficaz elegancia que deslumbra por sus capas de simbolismo y significado esencial.

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¿Qué es la realidad? Es una pregunta que Westworld se planteó varias veces en el pasado. En el sexto capítulo la responde. Además, desmenuza la concepción sobre la noción de la razón y la sustancia de lo comprensible como una idea novedosa. La serie de Jonathan Nolan y Lisa Joy prescinde de narraciones al fondo y avanza con pie firme a través de un ciclo complejo. 

Pero la sucesión de ideas no necesita en esta ocasión de trucos de artificio o juegos temporales. El corazón — mecánico, cruel, retorcido — de Westworld quedó al descubierto a dos capítulos para su episodio de cierre de temporada. Y quizás, señala el inevitable final de una narración que encontró en su propia mitología, todas las respuestas.