Durante todo el quinto capítulo de la cuarta temporada de Westworld, una historia se cuenta a la periferia. La del mundo perfecto, impecable y controlado a niveles de crueldad terrorífica por el orden nacido de la sublevación de los robots. La del William de Ed Harris, convertido en una criatura dual, sin propósito ni mucho menos sentido de la identidad. De la Charlotte Hale de Tessa Thompson, una diosa peligrosa, inquietante y violenta, que domina como un titiritero las vidas del mundo que ayudó a crear. Pero en especial, la historia de Dolores Abernathy, atrapada dentro de una cárcel construida a la medida de su imaginación. 

Westworld juega sus cartas más peligrosas. Sin misterio que resolver, pero sí acción que mostrar. La serie comienza a desarrollar su extraño argumento de temporada punto a punto. Y lo hace con una frialdad de pesadilla. William, convertido en guardián de una cárcel fortificada por el dominio invisible, comienza a hacerse preguntas en voz alta. Si antes, el hombre de negro, que fue un punto absoluto de la maldad moral, ahora se mueve con peligrosa lentitud hacia grises y espacios desconocidos. Por otro lado, Charlotte encuentra que el mundo que construyó a la imagen y semejanza de la justicia retorcida de su mente no es suficiente. O en el mejor de los casos, no es del todo satisfactorio. El guion, esta vez, llega al punto central lo que ocurrió después de la batalla de la inteligencia artificial contra lo humano.

Y es entonces cuando el capítulo encuentra su punto más refinado. Con los anfitriones convertidos en amos, Westworld da un giro para mirar a las criaturas atrapadas en la telaraña sofisticada de su red invisible. Una tan temible, retorcida y total, que la sola idea de escapar se convierte en una sentencia de muerte. La serie, que durante tres temporadas atravesó terrenos inciertos y una historia blanda, ahora se sostiene sobre la premisa que la vio nacer. "¿Cuestionas la naturaleza de tu realidad?", preguntan a Christina, que finalmente comprende el sentido del horror que la rodea, que construyó, que maneja. "¿Cuestionas el sentido de lo que eres?", responden. William, que se deja caer frente al hombre a cuya imagen fue creado, suplica una respuesta. "¿Me mentirías?", pregunta Charlotte Hale, fría y despiadada como el rostro de la revolución que triunfó. Ninguna de las preguntas tiene respuestas, ahora. 

Un largo horizonte vacío que, de pronto, no lo está en absoluto 

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Masahiro Mori llamó “Teoría del valle inquietante” a la reacción de rechazo que produce un artefacto artificial en exceso parecido a un ser humano. Ese ha sido el truco que Westworld utilizó en su quinto capítulo para replantear los horrores que se esconden en su argumento. El Teddy de James Marsden esta vez pasa de ser una víctima a un héroe discreto. El profeta que descubre la verdad a Dolores, de nuevo contenida, atrapada y arrasada por un juego cuyas reglas nunca han estado claras. 

En una escena de hermosa y terrorífica simplicidad, el personaje mira hacia el mar con los ojos muy abiertos y aterrados. “¿Qué ves?”, pregunta Teddy, que sabe que lo que Dolores no encontrará, el espacio vacío que es el más cruel de los trucos del guion. Y para cuando Dolores solo encuentra el vacío, la serie dio un ciclo completo. Uno que le permite cuestionarse el sentido del absurdo, el miedo y la desolación que se une a algo más amplio. La idea de la existencia humana bajo una violencia siniestra y total de la que no puede escapar, porque simplemente ignora su existencia. 

En Westworld, los robots dominan el mundo. También resultan repulsivos y espléndidos, desde la distancia. O eso parece sugerir, la mera posibilidad de inadaptados que se enfrentan al control como pueden en medio de todas las precauciones del sistema que los oprime. En el capítulo cuatro, el Caleb de Aaron Paul mostró el ciclo infinito que la Inteligencia artificial creó para destruir la voluntad humana. En el quinto, la serie explora sus consecuencias y también una serie de pequeños dolores construidos a la medida de los rehenes de la realidad. Una caja de horrores que envuelve a cada voluntad para dejar claro que la inteligencia artificial, ahora es el límite de un infierno personal.

Westworld, al fin, juega sus mejores cartas 

Para el final de su capítulo, Westworld de nuevo retoma la posibilidad de la mente bicameral como una conexión con algo más grande. Solo que ahora no se trata del Robert Ford de Anthony Hopkins el que crea las narrativas. O los anfitriones en el parque, los que llevan a cuestas sus terrores y dolores. Finalmente, Westworld es algo más que un Paraíso insular para violentos placeres. En realidad, es una criatura maligna, enorme y voraz que consumió a todos los que se le enfrentaron para crear una realidad nueva.

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Dolores, que mira el mapa del control bajo su poder, acaba de comprender el lugar al que le lleva su intuición sobre la realidad. La proyección de una ciudad en radiante rojo, que flota sobre una mesa de trabajo, es la imagen más dura de toda la temporada. Un valle de belleza impecable, una cárcel inexpugnable de la que nadie puede escapar. Charlotte creó el lugar ideal para el control de cada ser humano que no pudo comprender una guerra que ocurrió en secreto. William vigila que ninguna pieza esté fuera del tablero. Pero es Dolores, la trágica y ahora consciente Dolores, la que lleva sobre los hombros el peso de la realidad. Ya no cuestiona lo que es ni lo que crea. Ahora se pregunta hacia dónde conducen todos los horrores que ayudó a crear. La proeza más asombrosa y eficaz de Westworld desde su estreno.