Se habla mucho sobre cómo ha reducido el coronavirus los niveles de contaminación atmosféricos desde que empezó el confinamiento. En realidad, no ha sido el SARS-CoV-2 el que lo ha hecho, sino la disminución en la cantidad de emisiones procedentes de los países confinados, en los que ciertas actividades contaminantes, como la industria o el transporte se han visto claramente reducidas.

Sin embargo, esta no es la única cuestión que relaciona a la COVID-19 con los niveles de polución. Desde que la epidemia se inició en China muchos investigadores, conscientes del daño que generan al sistema respiratorio algunas de las sustancias contaminantes más habituales, han desarrollado estudios que buscan una correlación entre la mortalidad de una zona y la calidad de su aire. La mayoría son preprints, aún sin revisar, por lo que sus datos deben tomarse con cautela, pero no por eso dejan de ser relevantes, especialmente porque toman conclusiones muy similares, todas apuntando a una misma dirección: que la contaminación atmosférica de una región podría afectar a la gravedad de los síntomas de las personas que enferman por coronavirus en ella.

Del dióxido de nitrógeno a las partículas finas

En un estudio publicado recientemente en Science of The Total Environment por Yaron Ogen, de la Universidad Martin Luther Halle-Wittenberg (MLU), se analiza la influencia de la concentración de dióxido de nitrógeno (NO2) en el aire en las tasas de mortalidad por coronavirus de una zona concreta.

Esta sustancia, que puede generarse tanto de forma natural como por la actividad humana, es conocida por provocar un amplio abanico de problemas de salud, como enfermedades cardíacas, hipertensión o diabetes. Todos estos son factores de riesgo de la COVID-19, por lo que no sería extraño que una mayor cantidad de dicho compuesto en el ambiente estuviese relacionado con una mortalidad más alta de la enfermedad.

Para comprobarlo, este geocientífico combinó una serie de datos recogidos a partir del satélite Sentinel-5P y el reanálisis NCEP / NCAR. El primero se encarga de mapear la distribución de dióxido de nitrógeno en la troposfera, la capa de la atmósfera que se encuentra en contacto con la superficie terrestre, mientras que el segundo evalúa la capacidad atmosférica para dispersar las sustancias contaminantes.

El objetivo era analizar la posible existencia de correlaciones entre los datos extraídos por ambos medios y las tasas de mortalidad de 66 regiones administrativas, distribuidas en Italia, España, Alemania y Francia. En total, se tuvieron en cuenta 4.443 casos mortales, de los cuales 3.487 (78%) se concentraban en solo cinco regiones, del norte de Italia y el centro de España. Y, efectivamente, estas eran también las zonas con una mayor concentración de NO2, además de un flujo de aire descendente que previene que la contaminación se pueda dispersar eficientemente.

Pero este no es el único contaminante que preocupa a los investigadores en lo referente a la gravedad de los efectos del SARS-CoV-2. También es importante tener en cuenta la influencia de las PM 2’5. Estas son partículas muy finas, con un diámetro de menos de 2’5 micrómetros, que forman parte de la buena parte de las emisiones contaminantes de origen antropogénico (procedentes de la actividad humana).

Es precisamente su tamaño el que las hace tan peligrosas, ya que son fácilmente respirables y pueden introducirse sin problema en el sistema respiratorio, causando multitud de síntomas, entre los que destaca la inflamación pulmonar.

Estas partículas pueden generarse en un gran número de actividades humanas, como las emisiones derivadas del combustible de los vehículos, pero también se encuentran en otros lugares, como el humo de los incendios. Es precisamente la razón por la que la llegada de la temporada de los incendios forestales en época de coronavirus preocupa a los expertos en neumología, por las posibles complicaciones que podría suponer.

No hay estudios concluyentes al respecto, pero sí un trabajo pendiente de revisión en el The New England Journal of Medicine. En él, investigadores de la Universidad de Harvard recopilan datos procedentes de 3.000 condados de Estados Unidos y analizan la mortalidad por COVID-19 en comparación con los niveles de exposición de su población a partículas PM 2’5. De este modo, concluyen que un pequeño aumento en dicha exposición conduce a un gran incremento de la tasa de mortalidad.

No es el único estudio en fase de revisión que se ha llevado a cabo sobre este tema. El pasado mes de marzo, por ejemplo, un equipo de investigadores chinos publicó una preimpresión sobre las muertes que se habrían evitado si se hubiesen disminuido las tasas de contaminación en algunas de las zonas más golpeadas por el virus hubiese sido menor. En su caso, tienen también en cuenta la mejoría que ha supuesto la cuarentena con respecto a los niveles de dióxido de nitrógeno y partículas finas en el aire. En concreto, observaron que el NO2 se redujo en 22’8 μg / m3 en Wuhan y 12’9 μg / m3 en el resto de China, mientras que las PM2’5 disminuyeron 1’4 μg / m3 en Wuhan y hasta en 18’9 μg / m3 en otras 367 ciudades.

Esto supuso una clara mejoría en la calidad del aire, que a su vez también pudo mejorar el pronóstico de los pacientes de coronavirus; que, según sus resultados, podrían haber experimentado una reducción en el número de muertes que superarían las defunciones notificadas en el país por esta enfermedad.

Queda mucha investigación al respecto, pero está claro que la contaminación ambiental es un factor que no debemos infravalorar. Numerosos estudios a lo largo de los últimos años han mostrado cómo la presencia de contaminantes en la atmósfera nos hace más susceptibles al contagio de algunas enfermedades. No podemos olvidar esto cuando nos enfrentamos a una pandemia como esta. Cada vez sobran más motivos para entender la urgencia de reducir las emisiones contaminantes, tanto ahora como cuando ya no nos veamos con el agua al cuello. Al fin y al cabo, la marea siempre puede volver a subir.