El misterio y los dilemas morales de Hunters (David Weil, 2020), la serie televisiva sobre un grupo de cazadores de nazis que se enfrentan a una peligrosa conspiración y que está disponible en Amazon Prime Video, pueden hacer correr ríos de tinta. Pero también los dos sobrecogedores giros argumentales que se producen en el último episodio de la primera temporada, titulado “Eilu v’ Eilu” (1x10), merecen que les dediquemos unas cuantas líneas. Aunque solo sea porque a unos espectadores tan resabiados como los actuales no resulta nada fácil que les dejen con el culo tan torcido como nos lo deja Weil aquí.

Una de las subtramas que se desarrollan es la de la búsqueda de Wilhelm Zuchs (Christian Oliver), un oficial médico nazi del campo de concentración y exterminio de Auschwitz al que se conoce como El Lobo. Tal como se narra en los capítulos “While Visions of Safta Danced in His Head” (1x03) y “The Pious Thieves” (1x04), este sujeto se fijó en la prisionera judía Ruth Heidelbaum (Annie Hägg) cuando se interpuso entre un guardia del campo y una jovencísima compañera con el riesgo de perder la vida. Le ofreció trabajar como su secretaria, con lo que podría salir de los barracones e instalarse en un lugar cómodo.

Pero Ruth rechazó su propuesta porque “ninguna comida ni ninguna cama caliente compensaría la vergüenza que habría sentido si hubiera aceptado la oferta del diablo”. Y, cuando el infame Zuchs se percató de lo que sentía esta mujer con la que estaba obsesionado —como el oficial de las SS Amon Göth (Ralph Fiennes) con su criada Helen Hirsch (Embeth Davidtz) en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993)— por Meyer Offerman (Zack Schor), el cautivo que le había hecho el tatuaje con el que se identificaba a los recluidos en los campos, se ensañó brutalmente con él.

hunters primera temporada final
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Como vemos en el episodio “At Night, All Birds Are Black” (1x05), lo humillaba y lo sometía a tortura y, en una ocasión bárbara que se nos muestra en “The Jewish Question” (1x08), le obligó a decidir entre disparar a los prisioneros que le ponía delante o permitir que le pegase un tiro a Ruth. Pese a las súplicas de su amada en sentido contrario, asesinó hasta a once pobres inocentes, por eso aseguraba haberse convertido “en una criatura distinta” y no ser digno de ella, así que se mantuvo alejado durante treinta años. Pero no se trataba de tal cosa exactamente según descubrimos en el capítulo final.

Jonah Heidelbaum (Logan Lerman), nieto de la difunta Ruth (Jeannie Berlin), deduce que el pretendido Meyer anciano (Al Pacino) no es quien dice ser sino El Lobo, en una de esas revelaciones sensacionales a lo Greg House (David Shore, 2004-2012) o John Nash en Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001). Había leído en cartas de su abuela que Meyer quería rezar el kadish por Zuchs antes de matarlo “porque son los monstruos que están entre nosotros por los que más debemos rezar”. Pero, por lo visto, el viejo Meyer parece no recordarlo, y no ora antes de liquidar al supuesto Lobo (William Sadler) que le ha traído el joven.

Ese hombre, el doctor Friedrich Mann, era el cirujano de las SS que le había vendido un nuevo rostro después de que escapase de la celda en la que le habían confinado los soviéticos, asesinara al verdadero Meyer mientras dormía en su tienda del campo de desplazados, le enterrara en el bosque y le robase sus documentos de identidad. “El Lobo siempre quiso ser Meyer”, había escrito Ruth. “Aprendió todo lo que había que aprender de él, excepto las cosas que no se podían enseñar”. De modo que se transformó en el judío muerto a quien tanto odiaba, y una organización hebrea lo trajo a Estados Unidos.

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“Al final desperté del coma del odio y vi el mal que les había causado a tus abuelos, y me di cuenta de que era el malo de mi propia historia”, le explica a Jonah. Y de su reencuentro con Ruth Heidelbaum, lo que sigue: “Me hizo ver la luz e inspiró la caza. Y, desde ese momento, se convirtió en mi salvadora porque me dio la oportunidad de hacer lo correcto por fin, de acercarme por fin un poco más a la luz”. Y remata, poco antes de que Jonah rece el kadish y lo asesine: “¡No quiero redimirme! ¡No busco eso! ¡No lo merezco! La caza es mi penitencia porque al fin me da un objetivo: me he encontrado a mí mismo en la caza”.

Con la muerte de Zuchs, uno se pregunta si volveremos a ver al jugoso personaje de Al Pacino en Hunters como al doctor Robert Ford de Anthony Hopkins en Westworld (Jonathan Nolan y Lisa Joy, desde 2016), aprovechando las apariciones de los fallecidos como en A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001-2005). No obstante, hay otro gran golpe en la secuencia de cierre, ambientada en Argentina, país sudamericano al que huyeron no pocos nazis en la historia real, como los conocidos Adolf Eichmann y Josef Mengele, además de Eduard Roschmann, Erich Priebke, Josef Schwammberger o Walter Kutschmann.

Allí, la Coronel (Lena Olin) recibe al secuestrado Joe Mizushima (Louis Ozawa) y lo acomoda a la mesa en la que van a comer, junto a los clones rubísimos que habían estado jugando con una pelota roja en un maizal: los nazis continúan con sus experimentos de eugenesia para “la mejora de la raza”. Y entonces acude un viejecito con un bastón y con un canoso bigote cuadrado, que llama Eva a la Coronel, y esta última, a él, Adolf. Es decir, en la historia contrafactual de Hunters, Hitler y su esposa, Eva Braun, no se pegaron un tiro en aquel búnker de la Cancillería berlinesa en abril de 1945, y aún viven y conspiran.

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