Al acercarse en la narrativa de la literatura o el cine a una tragedia como el Holocausto judío perpetrado por los nazis, si uno quiere ofrecer una propuesta de cierta profundidad, no parece que sea posible eludir a los personajes ambiguos, humanizados, ni dilemas morales bastante difíciles. La serie de televisión Hunters (David Weil, 2020) no solo no los elude sino que se zambulle de cabeza en esta problemática con resultados muy satisfactorios. Pero no es ese el motivo de que el Auschwitz Memorial Museum la haya criticado.

Esta institución polaca se dedica a conservar el mencionado campo de concentración y exterminio, donde un millón cien mil personas fueron asesinadas entre 1940 y 1945; judíos en su inmensa mayoría —el noventa por ciento—, pero también gitanos, homosexuales, comunistas, disidentes o prisioneros de guerra. “Honramos a las víctimas preservando la exactitud de los hechos”, aseguran; pero no comprenden que esa no es ni tiene por qué ser la motivación de Hunters o de cualquier otra aproximación ficticia a los sucesos terribles de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial.

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En un tuit, el museo ha dicho que este lugar infame “estaba colmado de un dolor y un sufrimiento horribles, documentados gracias al relato de los supervivientes”, e “inventar un juego falso de ajedrez humano para Hunters, no solo es una tontería, sino también una caricatura peligrosa” porque “abre la puerta a que se niegue lo que realmente sucedió”. Hablan del enfermizo entretenimiento ideado por el oficial nazi Heinz Richter en la serie: obligaba a los cautivos judíos a colocarse como las fichas de un enorme tablero de ajedrez campestre y a degollarse unos a otros según transcurrían los movimientos de una partida normal.

Debemos entender que las virtudes de una obra cinematográfica y su validez artística no dependen de la fidelidad a los hechos históricos en los que se basa, sino de cuanto concierne a su composición audiovisual y la elocuencia de su guion. Pero la de Hunters ni siquiera es una trama verídica protagonizada por personajes reales, y uno de sus giros narrativos más gordos la hunde en la más pura historia contrafactual: es ficción libre. Y el ajedrez viviente apunta a la metáfora clarísima del estratégico enfrentamiento durante la caza de nazis, tal como plantea la composición visual en los mismísimos títulos de la serie.

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Por si todo esto fuera poco, su creador ha respondido a las críticas del Auschwitz Memorial Museum de esta forma: sintió que la escena del ajedrez era importante para el guion “para contrarrestar más poderosamente la narrativa revisionista que encubre la perpetración nazi, al mostrar el sadismo y la violencia más extrema, y representativamente veraz, que los nazis llevaron a cabo contra los judíos y otras víctimas”. Pero, si cometieron tales crímenes e incluso organizaron “juegos crueles”, David Weil “simplemente no quería representar estos actos específicos y reales de trauma”.

Y, por si hay dudas de su respeto para las víctimas de ese sitio abominable, ha contado lo que sigue: “Hace años visité Auschwitz y vi las puertas que mi abuela se vio obligada a atravesar décadas antes, y los barracones donde se vio obligada a vivir como prisionera”. Pudo contemplar los “vestigios del mundo de pesadilla en el que había sobrevivido”, y creyó entonces que “tenía una responsabilidad, como nieto de una de las supervivientes del Holocausto, de mantener sus historias vivas”. Porque, si bien la ficción es soberana, la memoria emocional que transmite puede ayudar a comprender la esencia de un pasado tan estremecedor.

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