Dicen que la historia la escriben los que ganan en la lucha política, y cuando esta lucha es violenta, aquellos que ganan las guerras derrotando al otro ejército en el campo de batalla. Sin embargo, la historiografía es algo serio y, al margen de que los Aliados venciesen a las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), no debemos olvidar que la guerra es barbarie, y que ambos bandos cometieron atrocidades que los historiadores no deben pasar por alto y que nosotros no debemos olvidar.

Acerca de las potencias del Eje

Los nazis levantaron más de 15.000 campos de concentración y de exterminio en los países que ocuparon, pese a que sólo se ha generalizado el conocimiento de unos pocos, como Auschwitz-Birkenau, Mauthausen-Gusen y el de Varsovia, de los más terribles. Sólo en 57 de ellos se masacraron a más de 5 millones de personas, y los peores, además de los ya mencionados, fueron los de Belzec, Chelmno, Jasenovac, Sobibór y Treblinka. Y no hay que pensar que los llamados “campos de trabajo” eran mucho mejores: en los de Ravensbrück, Neuengamme, Kaufering-Las cámaras de gas se idearon para evitar el impacto psicológico de los fusilamientos en masa en los soldados alemanesLandsberg o Sachsenhausen, aproximadamente la mitad de los prisioneros murió por la brutalidad que reinaba allí.

En los campos de exterminio no sólo fueron asesinados judíos, sino también activistas políticos, opositores, testigos de Jehová, homosexuales y gitanos. Sus cámaras de gas se crearon para evitar el impacto psicológico que los asesinatos en masa a tiros producían en los soldados alemanes; la eficiencia de este método en la masacre de multitudes fue su ignominiosa consecuencia.

La Ustacha fue un grupo terrorista defensor del racismo religioso y nacionalista croata, aliado del nazismo. El Eje invadió Yugoslavia en 1941, y los terroristas se ofrecieron para dirigir un gobierno títere de los alemanes, que se dedicó a masacrar bestialmente a opositores, comunistas, judíos, cristianos ortodoxos, musulmanes y gitanos serbios, sobre todo. El arzobispo de Sarajevo, Ivan Šarić, y el monje franciscano Miroslav Filipović comandaron los escuadrones que asesinaron y saquearon a unos 300.000 serbios. El Vaticano se hizo con alrededor de 80 millones de dólares por este saqueo sistemático.

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Tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña hubo simpatizantes del Tercer Reich, ya fuese por su anticomunismo o por su antisemitismo, y hasta organizaron manifestaciones de apoyo que recorrieron las calles. Grupos de ultraderechistas europeos (franceses, belgas, holandeses, etcétera) se unieron a las tropas alemanas contra la URSS. La población de los Estados Bálticos ocupados por los soviéticos recibió a los alemanes como a libertadores y asesinaron a multitud de judíos, a los que acusaban de colaborar con los comunistas; en Ucrania ocurrió lo mismo, a pesar de la horrenda política de esclavitud que Hitler les impuso. Y las SS reclutaron a los cosacos en Rusia porque eran antisemitas.

La marina alemana estuvo a un tiro de piedra de Nueva York, ciudad que llegaron a divisar con los periscopios de sus submarinos. Cuando Venezuela era aún prácticamente neutral ante la guerra, buques alemanes e italianos recorrieron sus aguas e incluso fueron incendiados en Puerto Cabello por sus propios capitanes para que no cayesen en manos aliadas, y submarinos alemanes hundieron un petrolero venezolano, el Pedernales, y arrasaron una refinería en Aruba porque proveían de petróleo a Estados Unidos y Gran Bretaña.

La España franquista y la Alemania nazi mantenían muy buenas relaciones, y no sólo Franco dijo ante las Cortes Franco y la Iglesia ayudaron a los nazis para que huyeran a SudaméricaEspañolas que se había comprometido a entrar en la guerra con las fuerzas del Eje, sino que, ayudado por la Iglesia católica, propició que agentes de la Gestapo, la Abwehr, la SD y las SS huidos convivieran con familias bilbaínas en sus casas hasta que pudieran subir a un barco con destino a Sudamérica.

Argentina no fue sólo un destino predilecto para los nazis que se escondieron tras la guerra, sino que el presidente Juan Domingo Perón emprendió misiones específicas para rescatarlos, y tanto el Vaticano como Suiza estuvieron implicados en la fuga de nazis.

Al menos en 42 ocasiones se trató de acabar con la vida de Adolf Hitler, la mayoría después de que llegara al poder, siendo unas pocas las más recordadas: el 8 de noviembre de 1939, con una bomba que estalló en una cervecería cuando Hitler ya no estaba allí; el 17 de marzo de 1943, con unas bombas barométricas colocadas en su avión personal que no explotaron a causa de la temperatura; en distintos días de 1943 y 1944, con varios militares suicidas organizados por el coronel Stauffenberg, que no pudieron ni acercarse a Hitler; y el 20 de julio de 1944, con otra bomba que el mismo Stauffenberg colocó en una reunión, que estalló, mató a cuatro personas y sólo hirió de levedad a Hitler. Es destacable que estos atentados fueron planificados y llevados a cabo por alemanes.

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A pesar de los intentos de presentar a Hitler como un pagano o ateo oportunista y anticlerical, lo cierto es que era católico, tal como consta en su libro Mi lucha y en los diarios del ministro Albert Speer, al que consideraba “su único amigo”.

Japón llegó a controlar gran parte de las costas orientales del Pacífico. Entre sus ataques y los de los Aliados, Manila, la capital de Filipinas, fue la segunda ciudad más devastada en la Segunda Guerra Mundial después de Varsovia. Los australianos lucharon contra los japoneses en Nueva Guinea, ayudados por los papuanos; Japón pretendía desembarcar en la ciudad australiana de Darwin. Y muchos soldados japoneses se internaron en los bosques de las islas tras la rendición ante Estados Unidos; el último que volvió lo hizo en 1975.

Acerca de los Aliados

America First fue un movimiento que defendía la no intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, cuyos miembros eran pacifistas, personas que se oponían a enviar tropas por la experiencia de la Gran Guerra o incluso antisemitas como el famoso empresario Henry Ford, al que Hitler incluso menciona en Mi lucha y que fue condecorado en 1938 por el cónsul alemán en Cleveland. El aviador Charles Lindtberg, los escritores Sinclair LewisEstados Unidos metió a sus ciudadanos japoneses en campos de concentración y EE Cummings, el cineasta Walt Disney y la actriz Lillian Gish, el arquitecto Frank Lloyd Wright e incluso un joven John F. Kennedy apoyaron al movimiento.

Después de que Japón atacara la base naval estadounidense de Pearl Harbor, acabando con la vida de dos mil personas, y de que Estados Unidos entrara oficialmente en la guerra con el bando aliado, la prensa del país agitó la histeria antijaponesa y se montaron diez campos de concentración para japoneses en California, Arizona, Arkansas, Colorado, Wyoming, Idaho y Utah para unas 120.000 personas, en su mayoría japoneses que poseían oficialmente la nacionalidad estadounidense.

No se habla mucho de la masacre infame —con estas palabras— que provocaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que mataron a unas 220.000 personas, ni que el único país del mundo que las ha usado es Estados Unidos, el policía del mundo. Y tampoco se habla demasiado de que los soldados estadounidenses también perpetraron violaciones de mujeres durante la guerra.

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Suele decirse que la intervención soviética contra Alemania fue fundamental para que los Aliados ganasen la guerra, y es cierto. Pero no hay que olvidar que fue una reacción a la traición alemana, que cuando Hitler había invadido media Polonia, Stalin había hecho otro tanto con la otra mitad y con parte de los Estados Bálticos, y que el Führer había recibido un telegrama de felicitación de Stalin por la toma de París. Además, la producción industrial de guerra en la URSS se multiplicó por diez cuando fue atacada por Alemania, con las fábricas en marcha las veinticuatro horas, y muchas mujeres murieron de agotamiento en las mismas; miles de alemanas fueron violadas Stalin usó el campo de concentración de Buchenwald de cárcel para disidentes tras la guerrapor el ejército soviético tras la caída de Berlín, y después de la guerra, Stalin aprovechó el campo de concentración de Buchenwald, en el que los nazis habían asesinado a 50.000 seres humanos, como cárcel para disidentes políticos. Lo cierto, en cualquier caso, es que el 18% de la población de la URSS pereció durante la guerra, unos 20 millones de personas.

El gran George Orwell se mostraba indignadísimo por la política de silencio de los Aliados ante las atrocidades soviéticas pasadas y de entonces; y es que los estadounidenses y los británicos habían empezado a llamar a Josef Stalin “el bueno de Joe” y “el viejo Joe” desde que estaba en su bando. El Primer Ministro del país de Orwell, Winston Churchill, hundió los barcos de la Armada francesa en Argelia, a cargo del gobierno colaboracionista de Vichy, para que no pudieran ser usadas en favor de los alemanes, y con ello acabó con la vida de más de 1.200 soldados franceses. En represalia, el gobierno de Vichy bombardeó Gibraltar.

Los bombardeos aliados mataron a 600.000 civiles alemanes, y destruyeron lugares como Dresde, “la Florencia del Elba”, una bella ciudad medieval que ardió durante siete días con miles de personas en ella. Y no recuerdo quién dijo que muchos olvidan que el primer país que invadió Hitler fue la propia Alemania. No lo olvidemos nosotros.