Aunque todavía faltan unas semanas para Nochebuena, las comidas y cenas navideñas están a punto de plagar bares y restaurantes de amigos, familias y compañeros de clase o trabajo, que se reúnen para celebrar la llegada de las inminentes Navidades entre kilos de comida y más de una copita de alcohol.

Incluso los que pasan todo el año cuidando su alimentación y evitando el alcohol deciden tomarse una tregua en estas fechas para disfrutar con sus seres queridos de estos copiosos banquetes. Sin embargo, en algunas ocasiones una simple infección de garganta o una cistitis, por leves que sean sus síntomas, pueden dar al traste con ello, ya que el consumo de alcohol puede interferir en el efecto de los antibióticos o afectar peligrosamente a la salud del consumidor. Al menos eso es lo que suele decirse, ¿pero es realmente cierto? Para dar una explicación completa a esta pregunta hay que viajar muy atrás en el tiempo, concretamente hasta la Segunda Guerra Mundial.

Los mitos de la guerra

Durante la Segunda Guerra Mundial, la penicilina, descubierta hacía poco más de una década por Alexander Fleming, se utilizaba frecuentemente para tratar a los soldados afectados por enfermedades de transmisión sexual, como la sífilis. En esos casos no solo era necesario utilizar un tratamiento farmacológico para luchar contra las bacterias causantes de la enfermedad, sino que también era muy importante evitar que se expandiera. ¿Y cuál es el ingrediente perfecto para que alguien decida tener sexo a pesar de saber que podría estar contagiando su enfermedad? Efectivamente, el alcohol. Por eso, los médicos de la época optaron por difundir entre sus pacientes la mentira piadosa de que si se mezclaba el alcohol con los antibióticos su salud podría verse seriamente dañada. De este modo, evitaban beber y sus ansias por tener relaciones sexuales se mantenían a raya.

Otro bulo difundido en la misma época procede de la necesidad de extraer la penicilina de la orina de los enfermos que estaban siendo tratados con ella, con el fin de poder reutilizarla. El problema en este proceso era que si los enfermos se hartaban de cerveza para olvidar el dolor de sus heridas su orina quedaba mucho más diluida, por lo que era más complicado separar de ella lo que pudiera quedar del antibiótico. De nuevo, para evitar este contratiempo, se les hizo saber que si bebían alcohol junto al fármaco su salud podría verse afectada. Mano de santo.

La realidad más allá de los mitos

Hoy en día se sabe que las primeras alertas contra el consumo conjunto de alcohol y antibióticos eran bulos destinados a evitar problemas secundarios. Sin embargo, eso no quiere decir que aquellos médicos no tuvieran parte de razón. De hecho, aun sin saberlo, no eran para nada mentirosos, pues de una u otra forma, el consumo de alcohol junto a los antibióticos sí que puede ser perjudicial para la salud.

Esto depende de muchos factores, como cuál es el antibiótico que se está tomando o con qué frecuencia se consume el alcohol. El efecto adverso más común es el conocido como efecto antabus, que se da especialmente con el consumo de antibióticos como metronidazol, tinidazol, eritromicina o linezolida, especialmente cuando la ingesta de alcohol es abundante y continua. Los síntomas más característicos del efecto antabus son dolor de cabeza, enrojecimiento de la cara, sudoración excesiva, taquicardia, náuseas, vómitos e incluso en algunos casos hipotensión arterial y síncope. Además, los síntomas característicos de la resaca se incrementan notablemente.

Ahora bien, ¿significa esto que solo debemos evitar esos cuatro antibióticos? Para responder a esta pregunta, en Hipertextual nos hemos puesto en contacto con Marián García, doctora en farmacia, profesora de la Universidad Isabel I y autora del blog Boticaria García, que ha señalado la importancia de tener en cuenta la dosis de alcohol consumido:

“Las consecuencias del alcohol sobre los antibióticos y los medicamentos en general son variables y dependen de la dosis de alcohol ingerida. Por una lado, la ingesta moderada de alcohol podría favorecer la absorción de algunos fármacos (dando lugar en ocasiones a toxicidad) mientras que una ingesta excesiva disminuye su biodisponibilidad (el fármaco se absorbe menos) al provocar irritación o inflamación de la mucosa intestinal”.

Por lo tanto, sí que varían los efectos en función del antibiótico; pero, como señala la doctora García, “lo que va a tener un peso más determinante es si la ingesta de alcohol se realiza de manera ocasional o crónica”. Esto último sería especialmente peligroso en el caso de los alcohólicos crónicos, a los que los antibióticos podrían hacerles “menos efecto”, haciéndose necesario un ajuste en la dosificación de los fármacos.

Resistencia a los antibióticos: el peligro oculto

Podría ser que más de una persona mientras lee esto piense que una absorción más lenta del fármaco no sea algo malo si el premio es disfrutar del alcohol durante las Navidades a cambio de un poco más de dolor de garganta. Sin embargo, que el antibiótico no se absorba correctamente puede ir ligado a uno de los mayores problemas de salud pública del mundo: la resistencia a los antibióticos.

“En el caso de los antibióticos, una disminución de la dosis disponible, tal y como hemos comentado que puede suceder en alcohólicos crónico, puede tener consecuencias tanto a corto como a largo plazo”, explica Marián García. “A corto plazo, de forma más visible al no poder tratar debidamente la infección. Y a medio-largo plazo, por el desarrollo de resistencias. Si las bacterias no reciben la dosis adecuada de antibiótico durante el tiempo necesario, pueden aprender a defenderse contra los antibióticos generando las temidas resistencias. Por este motivo, durante el mes de noviembre el Ministerio de Sanidad ha presentado el Plan Nacional de Resistencia a Antibióticos proponiendo estrategias para frenar este problema”.

Esto puede parecer un problema menor, pero como también recuerda la doctora en farmacia, un total de 33.000 personas mueren cada año en toda Europa como consecuencia de infecciones provocadas por bacterias resistentes, 3.000 de ellas en España, según la AEMPS. Incluso algunos expertos afirman que la cifra es mucho mayor.

Sabido esto, no está de más recordar que para hartarse de comer, salir a bailar con los amigos, contar los mismos chistes del año anterior o desafinar villancicos como si no hubiera mañana no es necesario beber alcohol. Basta solo con pasarlo bien.