Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, el jovencísimo Dario Fo descubrió un nuevo mundo donde el conocimiento científico iluminaba las zonas grises. En esos años se enteró de que el primer hombre y la primera mujer no surgieron en el jardín del Edén, entre el Tigris y el Éufrates, como dice la Biblia, sino en el mismísimo corazón de África.

Si los dos primeros seres humanos eran de piel negra y, según la Biblia, Dios los creó a su imagen y semejanza, Fo llegó a una conclusión. “¡Dios también tenía que ser negro!”. El Nobel de Literatura de 1997 refleja su admiración por la teoría de la evolución en Hijos de Darwin (2018), una biografía personal del legendario biólogo en la que inserta vivencias personales con su característico humor.

La obra, traducida ahora al castellano, fue publicada solo unas semanas antes de que el escritor falleciera, en octubre 2016, a los 90 años. Su sátira llevó a la academia sueca a concederle el máximo galardón de las letras “a quien emula a los bufones de la Edad Media al flagelar a la autoridad y defender la dignidad de los oprimidos”.

Precisamente esa atención hacia las personas más débiles es algo que admiraba de Charles Darwin. En los siglos XVIII y XIX los europeos trasladaron de África a las nuevas colonias de América del Sur entre diez y doce millones de esclavos, a los que consideraban de una raza inferior. Darwin se esforzó en demostrar que era falso, al revelar que todas las especies tienen un origen común.

Como las crías de chimpancé

Aunque pueda parecer que del biólogo inglés se ha escrito todo, lo cierto es que Fo consigue sorprender al lector con datos curiosos, como las 14.000 cartas almacenadas por el naturalista, fruto del intercambio de misivas con sus colegas científicos. “Una gran cantidad aún no se ha revisado”, destaca el escritor.

También llama la atención la cara más familiar del científico, que jugaba con sus hijos y los observaba con detenimiento, comparando su comportamiento con el de las crías de chimpancé. El amor que profesaba a su esposa Emma pasaba por alto que ella no aceptara sus teorías sobre la evolución de las especies, dadas sus férreas creencias religiosas.

De los diez hijos que tenían en común, tres murieron de niños, lo que supuso un duro golpe para el biólogo. Haciendo gala de su sátira, Fo recuerda un trastorno psicosomático que sufría Darwin y que comprendía fiebre, flatulencias y eructos que se convertían en vómitos.

La tensión que parecía originar este trastorno se debía a George Jackson Mivart, un antiguo colaborador del biólogo que no paraba de criticarle por sus teorías. “Darwin había tenido la osadía de atacar al último bastión efectivo de la Biblia y había logrado trastornar a toda una generación de creyentes incondicionales”, resume el escritor.

La chispa de la curiosidad

Si hay un elemento que une al Nobel con su admirado naturalista es la curiosidad. Fo nombra varias veces a su abuelo Bristìn, un “campesino científico” que le hechizaba con su sabiduría. Con unas descripciones exquisitas rememora cómo eran los encuentros con él, en los que tras un “por qué” siempre venía otro y otro más.

Un acierto del escritor es incluir ejemplos personales cuando habla de conceptos como la inteligencia animal. Que un perro de su infancia asocie una canción de Brahms con su dueño desaparecido es una muestra de lo sofisticados que son los sentidos de estos animales.

De hecho, el can sobre el piano protagoniza una de las ilustraciones que aparecen al final del libro, una sucesión de coloridas imágenes pintadas por Fo con la ayuda de Jessica Borroni. En ellas se resume de un vistazo la vida de Darwin, sus aportaciones a la ciencia y su pasión por la biodiversidad. El toque más personal para una biografía que se sale de lo habitual.