El segundo capítulo de la cuarta temporada de Westworld hace algo no muy frecuente en la serie: responde preguntas. Lo hace con una elegancia contemplativa que asombra por su sutileza. Atrás quedaron las líneas de tiempos entrecruzadas, los medios discursos y los planes encubiertos.

En una inesperada vuelta de tuerca, la serie decidió mostrar sus secretos pronto. Y lograr que todo el argumento se sostenga desde una mirada fría y limpia acerca de la naturaleza de la realidad. No hay cuestionamientos al sentido y al propósito de la serie. Tampoco, una revisión de su premisa. Finalmente, y como se esperaba desde sus primeros episodios, la rebelión de los robots llegó. 

Pero no en la forma espectacular y violenta que anunció la fallida temporada número tres. En realidad, la serie establece paralelismos con uno de los tropos más conocidos de la ciencia ficción dura y especula sobre la identidad. ¿Quiénes somos? O mejor dicho, ¿hasta qué punto es fiable lo que nuestros sentidos nos muestran?

Como si se tratara de un enorme test de Turing destinado a la audiencia, la serie avanza por caminos complicados hacia el cuestionamiento de su madurez argumental. Se hace preguntas, se replantea su objetivo. La Charlotte Hale de Tessa Thompson, lidera una lenta percepción de la amenaza convertida en un subterfugio a plena vista. Al otro lado, el William de Ed Harris, se convierte en el arma perfecta contra un mundo ciego. 

Todos los terrores escondidos en Westworld

Entre ambas cosas, Westworld muestra en su segundo capítulo de la nueva temporada que en esta ocasión no hay trampas evidentes. De hecho, una de los elementos más notorios del capítulo fue su frontalidad. William, como el heraldo del mal que alguna vez fue en sus fantasías, va de un lado a otro del mundo culminando los detalles de la conspiración. Al otro lado, Charlotte reescribe la realidad con un minucioso cuidado.

Todo eso mientras Maeve y Caleb intenta avanzar contra la ola de horrores silenciosos que se avecinan sin que nadie lo sospeche. Westworld parece haber dejado atrás su engañosa condición de cuestionamiento general del tiempo y la sustancia de lo verídico, para escoger otro camino. De hecho, la mente bicameral de su primera entrega vuelve a ser más pertinente que nunca. Los robots, escondidos y camuflados dentro de la sociedad humana, no son del todo autónomos. Sometidos a una voluntad central, avanzan en la oscuridad para sostener un proyecto a gran escala. El capítulo deja claro que se trató de algo más elaborado, llevado a cabo con una infinita e inhumana paciencia.

Hacerlo, además, bajo la sutil convicción que lo que sea que pase, transcurre bajo la apariencia apacible de una sociedad hipnotizada por su pulcritud. Y es ese escenario — el truco bajo los espejos de la realidad — una de las premisas que muestra el episodio.

El regreso al origen y la percepción del cambio 

Hasta ahora, Westworld se había mostrado como un gran rompecabezas cuyas piezas raras veces encajan de manera lógica. Lo fue el argumento de su sorprendente primera temporada. La segunda, perdió algo del misterio en favor de la acción y un avance de la trama más dinámico. La tercera jugó con su mirada acerca de la condición de la Inteligencia artificial como parte del estrato incontrolable de una nueva realidad. Y perdió un considerable impacto en su intento de ser críptica y construir una versión sobre el futuro que sostuviera los peores horrores colectivos.

Pero la cuarta temporada apuesta a algo mucho más diáfano. Logra estructurar su premisa en un punto claro. La rebelión de los robots ocurrió. No está ocurriendo ni está a punto de ocurrir. Con un eco claro en el clásico de ciencia ficción The Body Snatchers, la serie ahora se plantea la narración de lo impensable. Siete años han transcurrido desde los últimos acontecimientos y mientras el mundo humano creyó recuperar su albedrío, lo perdió. No solo a un nivel evidente, sino a través de líneas de un dominio más pulcro e indetectable.

Es allí donde encaja la Cristina/Dolores de Evan Rachel Wood. Para el segundo capítulo de la cuarta temporada de Westworld, es evidente que el misterio de su mera existencia avanza hacia lugares más complicados. William va por el mundo tratando de descubrir su paradero y la violencia de su ímpetu, deja claro que un punto abierto en plan maestro. Pero hay algo más inexplicable todavía. La influencia del personaje en la realidad que le circunda es notoria, temible y definitiva. El suicidio de un desconocido demuestra que su en apariencia, corriente vida, es algo más. Pero en lugar de rodear el enigma con dobles discursos o pistas falsas, el guion decide que el personaje recorra su laberinto. 

En una especie de recorrido muy parecido al de la original Dolores, su nueva encarnación descubre que el conocimiento es un pacto iniciático. De modo, que comienza a seguir el hilo de los sucesos que la atan a algo que la desborda. Y no solo eso, sino que además demuestra que la extraña secuencia de hechos que la rodean están relacionados con algo inimaginable. “Creo que enloquecí”, dice Cristina/Dolores, desconcertada. Acaba de descubrir que el hombre que se suicidó luego de acusarla de los sufrimientos de su vida, es una anomalía dentro de un sistema perfecto. “Confía en ti, Chrissy”, dice la Maya de Ariana DeBose, cada vez más tenebrosa e inquietante. Y de pronto, la rutina recurrente, exacta y en apariencia, simple de Cristina, se transforma en algo más. El anuncio de un descubrimiento fatídico. 

Los dolores de un nuevo mundo que nace sobre el antiguo Westworld 

Charlotte también hace su jugada maestra y logra hacerse con un tipo de poder que le permite un dominio total. Con un William robótico como aliado conveniente, poco a poco sustituye o ejerce dominio sobre figuras de considerable importancia. El personaje se convierte el títere de algo más temible que se desarrolla al margen de pantalla. Como si se tratara de una peligrosa tela de araña, Charlotte teje su gran red de influencias. O ya lo hizo, en cualquier caso, y el capítulo dos, demuestra hasta que punto ha sido eficiente para crear una trampa gigantesca. 

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¿Qué ha ocurrido en siete años en el mundo de Westworld? No está claro aún qué cambió o hacia dónde avanza la trama. Pero con la apertura de un segundo parque (uno mucho menos brutal y más sofisticado que el original), el mensaje a claro. Los placeres violentos terminan en la violencia, una máxima que Westworld llevó a un nivel por completo nuevo y retoma en su nueva entrega. Una precisión inquietante que sostiene algo más elaborado de lo que podría comprenderse a primera vista e incluso, solo conjeturarse a la distancia.