Los que disfrutamos tanto de la serie británica creada por Julian Fellowes (2010-2015) sobre la familia Crowley y sus sirvientes en la country house del condado de Yorkshire, y sus dramas a lo Arriba y abajo (1971-1975), no nos oponemos a que insistan con Downton Abbey: Una nueva era, el segundo filme tras el dirigido por Michael Engler (2019) y firmado en esta ocasión por Simon Curtis (2022), que no había intervenido en los episodios pero sí en los de otras ficciones inglesas.

Se suele hablar a menudo, entre los cinéfilos o los críticos profesionales, de que lo mejor es poner fin a una historia cuando se encuentra en un buen momento, interesante en sus guiones y firme con su planteamiento audiovisual, y no permitir que se vaya hundiendo en la falta de energía escénica y en una triste irrelevancia. Y no es un planteamiento equivocado. Sirva comprobar lo ocurrido con The X-Files (desde 1993) y la obstinación de Chris Carter por no acabar nunca.

Pero lo difícil estriba en saber cuándo concluir una historia deliciosa como la de la Mary Crowley de Michelle Dockery, el Charlie Carson de Jim Carter y compañía, y no cortarle las alas cuando aún tiene la posibilidad de ofrecernos más satisfacciones. Porque, si Julian Fellowes y su equipo hubiesen optado por no continuar tras la primera película, nos hubiésemos perdido la gran contento de saber que Downton Abbey: Una nueva era podía superar a la otra. Y lo ha hecho.

‘Downton Abbey: Una nueva era’ existe para nuestro sincero disfrute

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Oír desde el comienzo las primeras notas musicales de la reconocible banda sonora compuesta por John Lunn, cuyo talento ya había estado al servicio de Casa desolada (2005) o Little Dorrit (2008) y, después, de The Last Kingdom (2015-2022), nos inunda la cabeza con endorfinas directamente. Porque su primorosa cascada sonora, igual que volver a encontrarse con unos personajes tan queridos, nos produce un gozo que únicamente sentimos con obras muy determinadas.

Obras que han logrado un hueco en nuestra memoria emocional como espectadores y que, gracias a capítulos como Downton Abbey: Una nueva era, nos confirman otra vez que no se había tratado de un espejismo y que lo siguen mereciendo. En mayor medida que el primer largometraje, además. Porque, no solo su trama tiene mucho más sentido en el conjunto y, así, justifica su propia existencia con una firmeza incuestionable, sino que nos emociona un montón.

Uno, aparte de pasárselo teta con los diálogos ingeniosos, vivarachos y tan bien escritos por Julian Fellowes en boca de un elenco british hasta el tuétano al que abrazaría de entusiasmo puro, se descubre en más de una escena con los ojos aguados y las lágrimas a puntito de derramársele por la cara. No porque el filme de Simon Curtis de revele como un dramón a lo Lars von Trier o Susanne Bier ni mucho menos, sino debido a que las emociones de los personajes son las nuestras. Un gran triunfo.

Así, ¿quién no quiere más de los Crowley y compañía?

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Por otro lado, Simon Curtis, al que le debemos también Mi semana con Marilyn (2011), La dama de oro (2015), Adiós, Christopher Robin (2017) y El arte de vivir bajo la lluvia (2019), se permite un alarde visual en el mismo plano secuencia trucado del principio de Downton Abbey: Una nueva era. Lo que, por la aparente sencillez de la planificación, parece un poco extraño pero uno se lo perdona. Máxime porque se ha traído a su habitual Adam Recht para el ágil montaje.

Y no podemos cansarnos de decir que la veteranísima Maggie Smith, oscarizada protagonista de Los mejores años de Miss Brodie (1969) y el rostro de la Bowers de Muerte en el Nilo (1978), de Minerva McGonagall en la saga de Harry Potter (2001-2011) o, aquí, de la inconmensurable Violet Crowley, es un tesoro nacional británico y, siempre que la condesa viuda abre su ácida boca, aumenta nuestro amor por Downton Abbey. Y, en estas condiciones, ¿qué insensato no quiere más?