Afrontamos la recta final de una de las pocas series españolas con la que sus responsables realmente han demostrado que comprenden lo que implica ofrecer al público un entretenimiento del séptimo arte: La casa de papel (Álex Pina, desde 2017), un clásico pero imprevisible thriller de atracadores que ha hecho las delicias del mundo entero a través de la plataforma de Netflix.

Y uno, por un lado, no puede evitar sentir cierta tristeza por que no continúe y que haya que ir despidiéndose de tan buen trabajo y de los personajes protagonistas, desde el Profesor (Álvaro Morte), Tokio (Úrsula Corberó) o Raquel Murillo (Itziar Ituño) hasta los inspectores Alicia Sierra (Najwa Nimri) y Ángel Rubio (Fernando Soto) o el coronel Luis Tamayo (Fernando Cayo).

Pero, por otro, entiende perfectamente que mejor es que una ficción televisiva concluya en un buen momento; y no que se alargue y corra el peligro de a caer en decadencia. Como la amada The X-Files (Chris Carter, desde 1993), gloriosa en otros tiempos, pobrecita nuestra.

La etapa más peligrosa de ‘La casa de papel’

Netflix

Sobre los primeros dos episodios que pudimos ver hace unos días del primer volumen de su quinta temporada en Netflix ya hablamos. Dijimos que nos reintroducen en la tensión y la dinámica propios de La casa de papel con prontitud y espabilo; que hay cierta precipitación al comienzo con algo de impostura que desaparece después, que regresa la estructura conocida con flashbacks para agregar contexto, las conversaciones sólidas y elocuentes y las composiciones elaboradas; y que, pese a todo ello, encontramos una introspección menor que de costumbre por lanzarse a saco a por el desarrollo de la intriga.

Luego tenemos secuencias de inicio ejemplares como las de “El espectáculo de la vida” (5x03) y el montaje vivísimo de siempre; con un aparato visual variado, unos primeros planos que exigen los suyo de los actores y paralelismos jugosos; los giros imprevistos de la trama y las emociones intensas que nos prometía y cumple, y unas tracas finales de órdago. Chapó por el trabajo de Álex Pina y su equipo.

Los espectadores saben muy bien que las situaciones peliagudas son lo habitual en La casa de papel, pero en esta tanda de episodios de cierre lo comprometido y la peligrosidad suben unos cuantos puntos. Y, por si no es suficiente un planteamiento de su género específico, el segundo en las tres pasadas temporadas, ahora nos obsequian con otro más, menos difícil y con una ligereza dramática mayor, semajante a la que tienen las películas de la saga de Ocean’s (Steven Soderbergh, Gary Ross, 2001-2018).

La virtud de lo impredecible

Netflix

El hilo narrativo principal de esta serie de Netflix no nos permite ni un respiro; entre los trucos ingeniosos, los volantazos y la acción apabullante con su ensalada machacona de tiros. Y es un logro que el reparto que empuña armas al completo nos resulte tan creíble en la habilidad para estos menesteres; y debemos reconocerlo sin resistirnos porque no podemos sugerir que se trate de lo usual en el cine español.

Volvemos a oír los ecos evidentes de la potente banda sonora que Tom Holkenborg o Junkie XL compuso para Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015) en la a ratos magnífica pero invariablemente oportuna de Iván Martínez Lacámara y Manel Santisteban (El embarcadero), pero ya no los de la hermosa partitura de Hans Zimmer para Interstellar (Christopher Nolan, 2014) en la tercera temporada.

Y si Álex Pina y sus compañeros pueden enorgullecerse por haber conseguido que La casa de papel se revelara desde el comienzo como una de las series más impredecibles, no solo de Netflix, sino de cualquier plataforma actual, el gran clímax del capítulo “Vivir muchas vidas” (5x05) no se lo espera ni el cinéfilo más resabiado, ni tan escalofriante. Así que decidme: ¿falta mucho para que estrenen los últimos cinco episodios?