Las series de televisión sobre servicios médicos y hospitales, como las policiacas, a estas alturas parecen un subgénero temático en sí mismas; y de todas las que forman parte de él, sólo dos han resultado diferentes y destacadas de veras: por supuesto, House MD (David Shore, 2004-2012), un genial procedimental clínico, y aquella que nos interesa en este texto, The Knick, creada en 2014 por Jack Amiel y Michael Begler y dirigida por el conocido cineasta Steven Soderbergh, que nos traslada a las prácticas médicas de principios del siglo XX en el célebre hospital Knickerbocker de Nueva York.Atrapar a la sociedad estadounidense de principios del siglo XX, con toda su aspereza, es el objeto de 'The Knick'

Al contrario que la primera, esta serie dramática es fría, desapasionada, y a todos los horrores que nos cuenta, ya sean de saludes rotas o provocados por el orden o el desorden social y aunque ciertos momentos sean intensos o insufribles para los personajes y los intérpretes actúen en consecuencia, los recorre siempre la misma frialdad de la exposición y el punto de vista; y esta circunstancia, pese a que quizá haga a The Knick menos apasionante, menos sentida, redunda en su credibilidad, en su verosimilitud, algo sumamente importante para esta ficción, porque el mundo real no tiene una banda sonora emotiva, no hay música de violines y pianos que lo enfatice en los oídos de quienes lo contemplan sin autoengaños, y atrapar ese mundo real, con toda su aspereza, es el objeto de esta serie.

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'The Knick' - Anonymous Content

Y no hay piedad en la primera temporada para el antipático doctor Everett Gallinger (Eric Johnson) con su desgraciada esposa Eleanor (Maya Kazan), que protagoniza las escenas más espeluznantes, como en “The Golden Lotus” (1x09) y “Crutchfield” (1x10), ni para el inmoderado doctor John W. Thackery (Clive Owen), que se inspira en el innovador William Stewart Halsted, ni para un buen número de pacientes que son víctimas de una medicina prácticamente en pañales. Para cuando concluye la temporada, se han repartido todas las cartas y casi ninguno ha disfrutado de una buena mano, ya sean los anteriores o el doctor Algernon Edwards (André Holland), el también doctor Bertie Chickering (Michael Angarano), Cornelia Robertson (Juliet Rylance), la hermana Harriet (Cara Seymour), el vivo Tom Cleary (Chris Sullivan) o la enfermera Lucy Elkins (Eve Hewson), con la posible excepción del chanchullero de Herman Barrow (Jeremy Bobb).Al doctor Thackery le obsesiona comprobar sus hipótesis médicas a costa de la salud de los pacientes o de sí mismo

La segunda comienza con aquellos personajes que cayeron durante la primera tratando de levantarse con más o menos éxito o ninguno, aún muy influidos por lo que les ocurrió en el ciclo anterior; y si hay caídas lastimosas como las de Eleanor, otras nos resultan mucho más turbadoras cuando quien se precipita en un pozo de desgracia es alguien cuya fortaleza y osadía respetamos, como es el caso de la hermana Harriet, cuyo vínculo con Cleary es muy gratificante para los espectadores; o, en menor grado, la del propio Thackery, que sigue erre que erre con sus investigaciones médicas, por lo que, en ese sentido, tiene algo de la insensata audacia del gran Gregory House y de su obsesión por comprobar sus hipótesis a costa incluso de la salud de los pacientes o de sí mismo. Y existe en esta temporada un paralelismo entre cierta dinámica de Thackery y Chickering y la del mismo House y el doctor Eric Foreman, al margen de tan distintos caracteres.

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Aunque la frialdad se esfuma a veces, como al final de “There Are Rules” (2x06), vuelve el estilo crudo e implacable de rodar tan característico en esta serie por Soderbegh, con encuadres meditados, desenfoques y cámara lenta ocasionales, esa banda sonora de música electrónica que pudiera parecer que no cuadraría con la época pero lo hace a la perfección gracias a dicho estilo, y hasta un sencillo plano secuencia en “Williams and Walker” (2x07); y vuelven así los conflictos propios de la sociedad estadounidense de entonces, sobre todo los provocados por obtusos conservadores que se oponen virulentamente a la adquisición de conocimiento y al cambio y no pueden tolerar más moral que la suya: el racismo, la anticiencia y la pseudociencia, los abusos machistas y la represión sexual siguen presentes, y se le añade en esta ocasión, además, la falta de escrúpulos empresarial y la intolerancia, la hipocresía y el fanatismo religiosos en dos frentes.Aborda el racismo, la anticiencia y la pseudociencia, los abusos machistas, la represión sexual, la falta de escrúpulos empresarial, la intolerancia, la hipocresía y el fanatismo religiosos

Porque The Knick no es solamente la historia de este hospital neoyorkino y del estado de la medicina de entonces, ni un buen drama en el que un manojo de personajes competentemente construidos se enfrentan a sus particulares cuitas, sino también un vívido retrato social, en el que no se escatiman en absoluto las muestras de decadencia, penuria y corrupción. Y si en la primera temporada a los enigmas médicos, que derivan en avances con catastróficos pasos en falso, se le unió otro acerca de una alarma sanitaria real, esta segunda cuenta con el misterio de un crimen sin resolver que encara la decidida Cornelia.

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El último episodio de la temporada, “This Is All We Are” (2x10) es claramente más interesante, sorpresivo y absorbente que el de la primera y que el resto, con una escalada de tensión que coloca a cada personaje en una situación muy diferente a lo que podríamos suponer y que resulta algo inesperada, pero siempre con la crudeza presumible. A pesar de todo, hay algunos destellos de sincera felicidad a lo largo de esta temporada de The Knick, una serie fría bajo la cual lo que arde es la verdad de un mundo y de una época, sin paños calientes.