Las ideas en relación con la reencarnación puede que acompañen a la humanidad casi desde sus inicios. Más allá de las corrientes religiosas y filosóficas, soportadas en distintos formatos, la pregunta aparece tarde o temprano en la vida de todas las personas: “¿Crees en la reencarnación?”. Infinite, la más reciente producción de Paramount Pictures Studios, plantea de nuevo la cuestión en la gran pantalla. Lo hace a través de Mark Wahlberg, quien interpreta a Evan McCauley, parte de un selecto grupo que cuenta con una serie de habilidades especiales.

Ese grupo, en otros términos, se divide entre las élites dominantes que quieren salvar el mundo y aquellas que quieren destruirlo. Dentro del relato de Infinite, esta élite es definida como Los Infinitos, quienes se dividen en dos: Los Creyentes y Los Nihilistas. El segundo lote es representado por Chiwetel Ejiofor (12 años de esclavitud), quien interpreta a Bathurst. Aunque durante los primeros tramos de la película McCauley y Bathurst se cruzan por primera vez, esto no es tan exacto: ambos, al ser parte de Los Infinitos, se han cruzado múltiples veces en distintas vidas pero bajo otras apariencias y nombres. 

Los Creyentes y Los Nihilistas se disputan el control de un huevo, un artefacto a través del cual se puede destruir toda la humanidad. El nudo de Infinite se produce cuando una de las reencarnaciones de Heinrich Treadway, personificada en el personaje interpretado luego por Mark Wahlberg, esconde el huevo sin que unos y otros tengan noticias al respecto. Por tanto, cada reencarnación de Treadway termina siendo perseguida para, luego, extraer las respuestas sobre el paradero del recurso.

Infinite y el ritmo de la historia

Esa búsqueda es la excusa para desarrollar la acción en Infinite y una serie de teorías de ciencia ficción. Lo primero, la explosividad del relato, es estable y bien desarrollado; lo segundo deja algunas dudas porque carece de un fondo filosófico. Puede que esto, a ojos del espectador, no sea un inconveniente teórico puro y duro, sino de ritmo: todo parece transcurrir muy rápido, afectando la ampliación de algunas cuestiones.

No se trata de que cada película tenga que contener el entramado de Interestelar (Christopher Nolan, 2014), por citar un ejemplo contemporáneo. Pero, como todo relato, conviene dar tiempo a algunas cuestiones para que la narración se asiente y el espectador también entre en juego. Si no, Infinite solo queda como una nueva película de acción de Mark Wahlberg, quien esta vez va a caballo entre ser un samurái y un marine. Si esa es la opción sobre la que se desea apostar, adelante. Infinite funciona como un relato entretenido.

Los efectos especiales convencen y las actuaciones son estables. Evan McCauley, desempleado, presenta dificultades para conseguir empleo. ¿La razón? Sufre esquizofrenia. Por tanto, nadie se fía mucho de él. En cualquier momento puede romper un brazo o cortar dedos. Esa enfermedad se diluye a través del relato, dimensionando todo cuanto pasa por su mente a través de la tradición de Los Infinitos: aquello que condiciona su mente, en el fondo, son recuerdos de vidas pasadas.

Un reparto de viejos conocidos mal aprovechado

Infinite es dirigida por Antoine Fuqua, quien ya hizo películas como Training Day (2001), Tears of the Sun (2003) y King Arthur (2004). Cada una de esas películas tiene un punto de tensión (o varios) que en el caso de Infinite se extraña. No hay un equilibrio lógico o justificado entre acción y drama.

Fuqua, a través de su filmografía, ha trabajado con un puñado de los actores que se encuentran en Infinite. Dos de ellos son Mark Wahlberg y Liz Carr. Sobre Wahlberg, lo dicho: una película de acción más. Pero Carr sí permite profundizar en otras cuestiones. Ella es una humorista, actriz y activista en pro de los derechos de las personas con capacidades especiales.

La presencia de Carr sirve para profundizar en lo que pudo haber sido Infinite y no fue. Ella es una mujer que sufre artrogriposis múltiple congénita. Esa condición la llevó a pasar casi toda su vida en una silla de ruedas (debe usarla desde los siete años de edad). El guión de Todd Stein e Ian Shorr, en algún momento, puede darle otro tono a la presencia de Carr, quien interpreta a Garrick, haciendo un chiste sutil sobre su apariencia. Teniendo en cuenta que la actriz es humorista, esa ironía quizá pudo haberse aprovechado sin necesidad de hacer una burla sino apoyándose en el recurso para potenciar la transformación de sus personajes o invitar a la reflexión sobre distintas cuestiones. 

Esa dosis de humor parece sugerir que lo importante no son las circunstancias sino cómo son asumidas. Sin embargo, entre secuencias que en ocasiones carecen de sentido y diálogos sin mayor profundidad, Infinite desaprovecha un elenco con mayor potencial del mostrado. Puede que esa sensación se diluya a través de algunos minutos de entretenimiento, pero, cuando ya no hay balas ni explosiones, la sensación es que faltó algo. Quizá mucho.