Si hay una serie televisiva actual con la potencia dramática suficiente como para que los espectadores estén con su protagonista al ciento por ciento, sin fisuras, y que nos hurgue en las entrañas hasta el punto de que una rabia incontenible nos haga desear con ardor que triunfe sobre todos sus viles adversarios y que, por supuesto, los conduzca a una derrota sonora, definitiva y más allá de lo humillante, esa es El cuento de la criada (Bruce Miller, desde 2017).

Qué ridículos han sonado siempre, y ahora en mayor medida con cuatro temporadas estrenadas al completo, los desnortados que veían en ella un producto de misógino porno de tortura. Qué impresionante su absoluta falta de comprensión sobre los mecanismos narrativos del arte audiovisual para conseguir determinadas reacciones en el público. Y qué triste forma de creer que sus paranoias ideológicas sobrepasan lo evidente.

La potencia intacta de ‘El cuento de la criada’

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Tras los diez prometedores primeros episodios, los dignos trece posteriores y los otros trece de la interesantísima y superior tercera temporada, una nueva decena ha seguido tirando de los hilos de la historia con admirable convicción. Con una cohesión estilística en su barroca apuesta, respeto por el drama particular de cada uno de los personajes y valentía para continuar con coherencia hacia donde les había llevado su evolución en El cuento de la criada, por muy terrible que pudiera parecer a las sensibilidades maniqueas.

Así que vuelve el horror de esa indeseable teocracia que odia desde lo profundo de su podrido corazón totalitario a las mujeres; y nos atenaza como al principio. Porque la capacidad de esta serie imprescindible para conmocionarnos y conmovernos permanece intacta; y los vínculos personales que tan bien se han forjado en la adversidad no son de cartón piedra.

Vuelve al tiempo la fortaleza impresionante de la gran June Osborne, uno de los seres de ficción más cautivadores del panorama televisivo y pilar fundamental de El cuento de la criada, a la que continúa encarnando la impagable Elizabeth Moss (Mad Men), que incluso ha dirigido tres capítulos de esta cuarta temporada: “The Crossing” (4x03), “Testimony” (4x08) y “Progress” (4x09). Un paso más en su implicación creativa al margen del papel que también desempeña como productora; con la novelista Margaret Atwood, a cuya imaginación debemos la estremecedora distopía de la infame República de Gilead.

Más actuaciones antológicas e imágenes indelebles

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Pero lo que Elisabeth Moss consigue delante de las cámaras es de una energía interpretativa y de una credibilidad arrolladoras; merece cuantos elogios se le puedan hacer. En compañía del resto del reparto, que le proporciona la mejor réplica que podría necesitar, también en la temporada cuatro de El cuento de la criada, para unos personajes más o menos ambigüos pero siempre con la inquietud de la pesadumbre royéndoles las entrañas.

Desde Yvonne Strahovski (Dexter) y Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas) en la piel de Serenna Joy y Fred Waterson, pasando por la fantástica Ann Dowd (The Leftovers), Madeline Brewer (Black Mirror), Amanda Brugel (La habitación), Max Minghella (La red social) y Bradley Whitford (Esencia de mujer) como Lydia Clements, Janine Lindo, Rita Blue, Nick Blaine y Joseph Lawrence, hasta Samira Wiley (Orange Is the New Black), Alexis Bledel (Las chicas Gilmore), O-T Fagbenle (Doctor Who) o Sam Jaeger (El caso Slevin) dando vida a Moira Strand, Emily Malek, Luke Bankole y Mark Tuello. A los que se suma Mckenna Grace (La maldición de Hill House) como Esther Keyes.

El mimo en la planificación visual se mantiene, con los exigentes primerísimos planos, los curiosos cenitales o la sugestiva cámara lenta, y nos aporta de nuevo imágenes indelebles a nuestra memoria fílmica. Sin que la fórmula de El cuento de la criada se haya agotado en absoluto, como sugieren no pocos analistas. No solamente por su persistente vigor emotivo y escalofriante, sino porque hay aquí procesos psicológicos que debemos valorar como se merecen; por desmarcarse de los finales felicísimos, con sus perdices de rigor; y su apuesta por una verosimilitud dramática y emocional que no suele verse en el cine. Blessed be the fruit.