A muchos analistas de cine o de literatura ni se les ha pasado por la cabeza o directamente rehúsan aceptar con obstinación que la ideología no es un valor artístico evaluable en absoluto, algo que pueda influir en la consideración de una película o de una novela como obra de arte; y no importa lo más mínimo de qué ideología se trata ni si es provechosa, perjudicial o deleznable en grado sumo. Sólo la manera en que se ha realizado, las herramientas expresivas de las que sus autores se han servido para elaborarlas, debe tener interés para la labor diaria de un crítico profesional; si no nos referimos a una obra de tesis, por supuesto. Sin embargo, esta circunstancia no quiere decir que la ideología de un producto narrativo no pueda analizarse.

Y esa es la razón de que la esencia feminista de una serie como The Handmaid’s Tale, creada por el yanqui Bruce Miller en 2017 para Hulu y triunfadora en los Premios Emmy con ocho galardones y en los Globos de Oro con dos, haya hecho correr ríos de tinta desde su estreno por lo candente del asunto en general durante los últimos años. Como adaptación de la reconocida novela homónima que fue publicada por la estadounidense Margaret Atwood en 1985, quizá sea oportuno comprobar qué dice la autora sobre ella en su introducción diáfana para la nueva edición con motivo de la serie, ya que una de las preguntas que le hacen a menudo, según cuenta ella misma aquí, constituye precisamente el quid de la cuestión: “¿Es El cuento de la criada una novela feminista?”

Y responde lo que sigue: “Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos —con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica— y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí”. Ciertamente, su novela no es ningún tratado ideológico porque no se trata de una obra de tesis, y la variedad de los personajes femeninos y su trascendencia en el desarrollo de la historia es un hecho, pero la actitud de Atwood sobre el feminismo parece demasiado chata.

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Ruven Afanador, 'Time'

Y añade a continuación: “En ese sentido, muchos libros son «feministas»”. No cabe duda de que las ideas que entraña una narración no pueden calificarse como ejemplo de feminismo, con las mujeres en toda su complejidad personal, si las mismas no desempeñan el papel robusto y variopinto correspondiente; pero esto no implica que, aun así, no pueda entrañar actitudes conservadoras y esencialmente no feministas por incluir tópicos rancios en sus personajes femeninos o en sus roles e incluso una representación misógina, si un análisis sensato y perspicaz no admite incertidumbre sobre ello. Es preciso, además, que el drama de estas mujeres y sus decisiones ante él contenga elementos que hundan sus raíces en la materia feminista.

Para clarificar sus pensamientos, Atwood ya había publicado en enero de 2012 un artículo en The Guardian sobre un ángulo específico de este tema: “En una distopía feminista pura y simple, todos los hombres tendrían más derechos que todas las mujeres. Sería una estructura en dos capas: los hombres arriba, las mujeres abajo”, escribió. “Pero Gilead es el tipo de dictadura común: piramidal, con los poderosos de ambos sexos en la cima, generalmente los hombres por encima de las mujeres del mismo nivel”. Muy de acuerdo con que el régimen de Gilead no es una distopía feminista, pero no con que sea el tipo de dictadura común: la oligarquía que mantiene a la población bajo su bota ha erigido una teocracia cristiana, bíblica, y por ello, discriminatoria de por sí con las mujeres.

Que los textos religiosos con ideas de la Edad de Bronce rezumen un estomagante menosprecio por el sexo femenino y una misoginia pasmosa no puede discutirse, y es en los que Gilead cimenta su terrorífico régimen, así como el entorno en el que vive la protagonista, Offred (Elisabeth Moss en la adaptación de Miller), donde las mujeres no son más que objetos al servicio de los hombres y con una única misión: concebir hijos unas, atender las tareas de hogares ajenos otras, enseñarle su posición a las primeras como hace la temible Tía Lydia (Ann Dowd), administrar su casa y atender a su marido las Econoesposas y las de poder mayor como Serena Joy (Yvonne Strahovski), satisfacer sexualmente a los hipócritas en locales ocultos o trabajar hasta una muerte cercana en las Colonias pútridas.

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Hulu

El régimen que constriñe a las mujeres de este modo, o a cada persona de diferentes, es indudablemente maligno, y su organización en lo que a ellas respecta, antifeminista de facto. Así que Atwood puede opinar lo que desee y tener los reparos que más le gusten, pero El cuento de la criada, sin ser obviamente ningún discurso sobre feminismo por género literario y por carecer de propósito ideológico y de tesis, esconde una esencia feminista por oposición a lo que muestra tanto como antitotalitaria o, tal vez, lo primero obligatoriamente por esto último si observamos lo que explica la autora. Y lo mismo vale para la serie de Miller porque reproduce la novela con bastante fidelidad, si bien su relato sólo ocupa la temporada uno y, a partir de la segunda, se extiende más allá de él.

Pero el verdadero disparate ha surgido al cuestionar el trasfondo feminista de la serie por unas razones que, como mínimo, hay que reconocer de lo más peregrinas. Ya desde el comienzo, H. J. Darger cuestionó en El País el aparato visual de The Handmaid’s Tale con estas palabras: “Ninguna serie posproducida con etalonajes verdosos, planos generales a modo de ejercicio publicitario esteticista como anuncios de Audi o Mercedes, hombres trajeados e incluso violaciones a cámara lenta tiene mi beneplácito para encumbrarse como serie feminista del año”, asegura, y se cuestiona “qué habremos hecho mal todos estos años de narrativa fílmica para que todavía al cine y a las series se las etiquete llanamente por el guion”.

Lo que algunos nos preguntamos es cómo se puede concluir que una obra de cine no pueda ser feminista porque su planificación visual se revele académica, y no más o menos revolucionaria, si en ningún momento se utilizan sus recursos para sugerir otra cosa que no sea el horror indescriptible del totalitarismo antifeminista, precisamente con esa cámara lenta para las secuencias terribles y angustiosas sobre las peores costumbres y ritos sociales del régimen de Gilead. También aduce Darger que “los papeles de verdaderas villanas recaen sobre aquellas mujeres en posiciones de poder y enemigas de las criadas”, lo que ya encuentra réplica en lo dicho por Atwood de las mujeres solamente victimizadas o “con toda la variedad de personalidades y comportamientos” humanos.

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Hulu

Y ya que después se refiere a “la mirada masculina hilando cada plano” de los capítulos —como si la visión del mundo estuviese ineludiblemente determinada por la pertenencia a un sexo porque sí—, uno recuerda que, si bien Miller está al frente de la adaptación, la mayoría de los episodios de ambas temporadas los han dirigido mujeres: Kari Skogland, Reed Morano, Kate Dennis, Floria Sigismondi y Daina Reid, y el resto, Mike Barker. Pero las dudas acerca del feminismo de The Handmaid’s Tale se están centrando ahora en lo que expone Lisa Miller en The Cut: “¿Es feminista ver a mujeres ser esclavizadas, degradadas, golpeadas, amputadas y violadas?”. Y prosigue: “¿Ha derrapado The Handmaid’s Tale en su segunda temporada pasando de ser un producto cultural elevado a porno de tortura?”

Según la redactora, “todo parece muy gratuito, como una paliza que no acaba nunca”, sensación que comparten Arielle Bernstein en The Guardian o Laura Hudson en The Verge. Y sigue Lisa Miller: “la violencia contra las mujeres en la temporada dos es indulgente y busca satisfacer como respuesta física y visceral”, con lo que la serie “ha pasado de ser un show de terror feminista a entretenimiento misógino de lo más convencional”. Pero The Handmaid’s Tale no es, pongamos, la saga cinematográfica de Saw (2004-2017) y su sanguinolencia pueril; la serie de Bruce Miller, con el prestigio intelectual de la novela de Margaret Atwood de fondo, todavía busca enseñarnos la brutalidad a la que conduce el totalitarismo teocrático que desprecia y odia a las mujeres.

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